Hace ya 105 años, el 11 de abril de 1908 nació en el rancho El Agostadero, sus padres la registraron con el nombre de Ma. Piedad del Sagrado Corazón de Jesús Hernández, ante la parroquia de Santiago Apostol, en la Villa de Ario de Rosales, nueve años antes de la reforma a la entonces Constitución Política de la República Mexicana de 1857. Enviuda a los 33 años de edad, su esposo Salvador Banderas Suárez, dejaba en la orfandad a seis niños, en 1953 llega con sus hijos a la villa de Ario, entre ellos mi madre.

Abuelita Piedad: muchas gracias por tus cuidados que siempre me prodigaste, aún recuerdo cuando al mediodía llegabas por mí al kínder “Luz María Serradel”, entonces tendría 4 o 5 años, me llevabas a la casa del Administrador de Rentas de la Tesorería General del Estado donde laborabas, cómo me entretenía buscando lo que después supe, eran casquillos de cartuchos percutidos por una pistola accionada cada noche por el funcionario estatal, al calor de las copas.

Cuando llegaste un día de un largo viaje, te recibí en la parada del autobús en el que arribaste, traías consigo un regalo para mí, un juguete que siempre atesore, un superhéroe del que nunca pude saber su nombre, nunca lo he visto más. Tengo siempre presente cuando me obsequiaste unos pantalones de tus hijos que tenias colgados en tu casa, siempre los atesore, me parecían muy “in” en mi época de estudiante de preparatoria, la verdad es que eran los únicos que entonces tenia.

Ayer te fuiste, mi última fotografía contigo fue en noviembre pasado, cuando llegue a casa a poner un altar a mi papá por el día de muertos, tú completamente lucida me diste la bendición en compañía de muchos besos, recordaste a mis hijos, tus bisnietos, entonaste la canción que siempre le cantaste a mi hija.

Abuelita, te fuiste en paz, tu petición finalmente nuestro Señor la escuchó, te quedas en nuestro recuerdo, te reconozco como una gran mujer ejemplar, descansa.