Lorena Cortés
Julián Quiñones nació en 1997 en Magüí Payán, municipio enclavado en la costa del Pacífico del departamento de Nariño, Colombia. Una región conocida como el Triángulo de Telembí, históricamente golpeada por el conflicto armado, el narcotráfico y la presencia simultánea del ELN, las disidencias de las FARC y bandas del crimen organizado.
En ese municipio, el rezago escolar afecta a la mitad de los niños; nueve de cada diez viviendas carecen de agua potable y alcantarillado, y los homicidios figuran entre las principales causas de muerte.
Su representante, Fabio Marín, lo resumió con una brutalidad que ningún eufemismo puede mejorar: en Magüí Payán, “solo tienes tres opciones: convertirte en futbolista, unirte a la guerrilla o convertirte en narcotraficante”. Tres opciones. La primera requería talento, disciplina y mucho más. Las otras dos estaban siempre disponibles, mejor pagadas a corto plazo y peligrosamente atractivas para muchos adolescentes. Julián eligió la primera. Una historia que, con todo en contra, parecía pronosticar a un joven más enlistado en las filas del crimen.
Desde la perspectiva de la criminología y la prevención del delito, el perfil de riesgo de Quiñones en su infancia era prácticamente completo, pobreza estructural en territorio de alta incidencia criminal, ausencia paterna, comunidad con presencia permanente de grupos armados, rezago escolar y ausencia del Estado en sus funciones básicas.
En cualquier manual de factores de riesgo para el reclutamiento criminal, Julián Quiñones era un candidato perfecto. Y, sin embargo, no lo fue. La razón está en los factores de protección que operaron a su favor: una familia presente, el deporte como comunidad y una iniciativa ciudadana apartidista como Fútbol Paz, nacida desde la sociedad civil en Cali, Colombia, no desde una oficina de gobierno, para abrirles a niñas, niños y jóvenes una ruta distinta al crimen.
El factor de protección más poderoso que tuvo Quiñones fue su familia. Él mismo lo ha dicho: “mi familia está conformada por mi mamá, mi abuela, que ha sido como mi padre, y mis tres hermanas”. En territorios donde el Estado llega tarde o no llega, una madre, una abuela y una cancha pueden convertirse en la primera política pública de supervivencia.
“En ese entonces no tenía sueños, solo jugaba por jugar porque era la felicidad que había allá”, recordó Quiñones sobre su infancia, cuando jugaba con unos tenis de los que se le asomaban los dedos. Esa frase explica lo que los gobiernos no han terminado de entender: no basta construir canchas por todas partes ni repartir balones como si fueran política pública. El deporte previene el crimen solo cuando construye comunidad, disciplina, identidad y acompañamiento; cuando se basa en método, no en torneos de relumbrón para la foto.
Eso es lo que hace la iniciativa ciudadana Fútbol Paz de Cali, Colombia. No es solo una escuela formativa, es una casa hogar que ha recibido a jóvenes de contextos de extrema violencia y pobreza para ofrecerles entrenamiento, alojamiento, acompañamiento y oportunidades deportivas.
Nacido en Colombia, Julián decidió naturalizarse mexicano y vestir la camiseta de la Selección Nacional de México. No fue solo un cambio de pasaporte, fue una elección de gratitud de aquel niño Magüí que buscaba alcanzar su sueño. Eligió representar al país, Méxic, que le abrió una puerta cuando su historia todavía buscaba una cancha donde triunfar.
El reloj del Estadio Azteca marcaba apenas el minuto 9 cuando Julián Andrés Quiñones Quiñones tomó un balón suelto en el área de Sudáfrica y lo colocó entre las piernas del portero Ronwen Williams. Se convirtió así en el autor del primer gol del Mundial 2026.
Lo que la pantalla no mostró, lo que nunca cabe en una retransmisión, fue la distancia real que ese disparo recorrió. No fueron los veinte metros que separaban a Quiñones del portero. Fueron veintinueve años, una selva, una madre sola, un padre ausente, unos tenis con los dedos asomándose por la punta y un territorio donde los únicos caminos disponibles para muchos jóvenes tenían nombre de fusil o de cocaína.
Esa es la verdadera distancia del gol. Por eso, la historia de Julián Quiñones merece leerse más allá del marcador.
























