Cuando se trata de justificar una actuación pública para evadir una responsabilidad que no es popular o que el hecho de cumplirla puede acarrear riesgos, estamos ante una acción que maquilla la verdad.
Me refiero a la IMPUNIDAD, estamos viviendo una etapa en nuestra vida social muy peligrosa, porque negociar para supuestamente conservar la paz y la tranquilidad a costa de la legalidad, es como tratar de simular que vivimos en una realidad distinta a la que cotidianamente sufrimos.
Públicamente criticamos la corrupción, pero cuando se termina cediendo a ese señorío de los impunes y sus argumentos populistas, lo que se esta logrando es estimular y aceptar que la violencia, afectando derechos de terceros, seguirá persistiendo. El dialogo es un instrumento efectivo para llegar a los acuerdos que la sociedad esta demandado, pero hacerlo posteriormente a los hechos de ilegalidad es tanto como reconocer que los grandes acuerdos se logran a través de la violencia y del atropello constante al estado de derecho.
La estrategia anterior puede resultar para quien la aplica, satisfactorio, considerando que se tiene la capacidad de creer que esta en lo cierto. Creemos justificada la seriedad con que nos tomamos la impopularidad, no sólo por motivos pragmáticos, por razones de promoción o supervivencia, sino, lo que es más importante, porque ser objeto de burla o de un desgaste en imagen pública muy preocupante para los servidores públicos, sin embargo la sociedad está preparada para justificar la aplicación de la ley ante todos los eventos en que ha sido victima.
Vencer esa cultura de la ilegalidad practicada desde hace mucho tiempo por la clase política es el reto más importante que tiene nuestro Gobierno, a quienes lucran con la impunidad se les tendrá que demostrar que a través de la violencia y el chantaje no se puede lograr mas que la sanción legal correspondiente, que la ilegalidad no puede ser la vía para lograr el dialogo y los acuerdos, es exactamente lo contrario, seguir aceptando ese método es fomentar la violencia, premio a la agresión como la verdadera credencial de la política.
























