En estos días es común ver a las personas con su celular en mano, unos redactan mensajes, revisan sus redes sociales, ven algún video o foto, juegan con alguna aplicación, escuchan música o ya en raras ocasiones hablan por teléfono.

El celular es la navaja suiza del siglo XXI, pues con ella se puede salir adelante de situaciones adversas, así lo consideran más de 90 millones de usuarios en México que le dan el visto bueno a esas navajas tecnológicas. Así mismo, los celulares poseen una gran cantidad de características que son específicas para cada situación, motivo por el cual no se necesita más. Las navajas más acabadas son los smartphones, pues ellas tienen la sencilla, pero fascinante característica de conectarse con la red de redes: internet.


Si bien los celulares, y en especial los smartphones son artículos con grandes bondades tecnológicas, su uso se ha fetichizado a tal grado, que para muchos es un objeto de primera necesidad, y sin el cual la vida pierde gran parte de su sabor. Así es común ver a las personas con celular en mano, y al lado otra igual, ambas ni siquiera se miran a los ojos y ni se hablan, pero lo raro es que están en una “reunión”.

La fetichización del celular se puede comprobar de una manera algo sencilla, pues sólo basta con ir a un lugar especializado en la venta y reparación de navajas suizas del siglo XXI, como la plaza de la tecnología en el Centro del D.F., —por ejemplo— y compararlo con un lugar donde se venda algún tipo de bien, como una librería, en el primer caso no hay momento de quietud, pues a toda hora está lleno de gente en busca de un celular mejor, con más memoria, más pixeles en la cámara, pantalla más grande —lo cual es válido y completamente respetable—, y en el segundo caso, raras veces está llena una librería, sólo cuando hay alguna presentación o evento similar.

Con esta comparación se puede ver el porqué del éxito de los celulares, porque ofrecen la posibilidad de estar siempre en comunicación, y así se llevan la soledad, ese fantasma que a muy pocos les parece grato. Lo raro es que, paradójicamente, la fetichización de los celulares puede volver a las personas solitarias, pues por ese afán de estar siempre en comunicación caen en la enajenación y ya no pueden sostener una conversación de más de dos minutos sin voltear a ver su teléfono, así prefieren relacionarse a través de las navajas suizas y poco a poco hacen de lado lo esencial de la comunicación humana: el diálogo cara a cara.

Si bien reconozco y aplaudo las ventajas que tienen los celulares y en especial los smartphones, considero que el uso social que se hace de ellos ha caído en una enajenación que en algunos casos entorpece las relaciones humanas. Quizá sea un poco anticuado por pensar que los celulares y las posibilidades que ofrecen son un complemento de las relaciones humanas, pues su uso es un “además de”, no un “en vez de” —la vida social—.