Cuando era un niño me encantaba observar la bandera de México ondear fastuosamente desde las astas monumentales, aquellas que como política pública implementaron los ayuntamientos de casi todos los municipios importantes del país para magnificar la identidad nacional.
Recuerdo que siempre quise ser abanderado en los homenajes que se realizaban en mi primaria y en mi secundaria, pero pocas veces lo logré. Aquello era un motivo de orgullo y algo que otorgaba cierto estatus estudiantil.
Ya más grande, me llenaba de orgullo al escuchar a los militares o marinos entonando el himno nacional en ceremonias oficiales. Todo mundo a pararse, a saludar con el rigor y la seriedad que se debía ante el lábaro patrio.
También hago memoria, y recuerdo los estadios a los que he asistido, cuando abarrotados por algún evento deportivo importante, se llenaban con las voces de los miles de asistentes para cantarle a México, primero con su himno, después con alguna canción popular que nos identificara: “¡Ay, ay, ay, ay! canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”, o con alguna otra, ranchera por supuesto, que hiciera una sentimental mención a la patria: “México Lindo y Querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí”.
Cuando algún deportista o equipo nacional gana una competencia, muchos mexicanos nos exaltamos y nos sentimos orgullosos. Los políticos y las autoridades en turno, se aprovechan de la situación para hacernos ver la grandeza del país: todo la gracia de un pueblo recae en la gloria de la victoria de uno o de un puñado de mexicanos.
Si vamos a un concierto de algún cantante extranjero y éste, que habla otro idioma, nos canta en un mal “masticado” español, pero nos dice “¡viva México”, nos volcamos en vítores y aplausos para el susodicho que reconoció brevemente a la patria.
No digamos más, el 16 de septiembre todos nos esponjamos orgullosos, vestidos de rojo, verde y blanco, celebrando nuestra independencia como nación. La noche del 15, cuando se da el tradicional “grito de Dolores”, muchos festejamos con un fuerte: “¡viva México cabrones!”.
Cuando un mexicano gana un premio literario o es galardonado como científico, como músico, como artista, como periodista, como actor, pues es un mexicano de oro, un mexicano que debemos colocar en un altar para que nadie lo alcance ni lo contamine. Ya ven que dicen que los mexicanos somos como unos cangrejos en cubeta, los que quieren salir de la misma son jalados por los otros cangrejos que están abajo.
Pero todo cambia cuando se trata de elecciones presidenciales, no es necesario decir que en este escenario, muchos de nosotros no estamos orgullosos de nuestra nación.
Tampoco nos da orgullo la corrupción, el hambre, el narco, los decapitados, la anarquía, las devaluaciones monetarias, la indolencia, el racismo, la intolerancia, entre tantos factores negativos que afectan nuestro país, y por supuesto, a su gente.
Allí muchos no somos mexicanos, culpamos al otro, a los demás, al mexicano huevón, al mexicano dejado, al mexicano violento, al mexicano que no le importa el destino de sus paisanos, al mexicano que se fue y no le quiere devolver nada a su patria.
¿Cuál fue el momento en que nos dividimos entre los mexicanos que estamos orgullosos de nuestro México y los que están “hasta la madre” de nuestra patria?
La dualidad incluye también a nuestra propia identidad personal. Amamos y odiamos a México, oramos por él y lo mandamos a la chingada, con la misma facilidad con la que podemos armar una oración y soltarla como una ráfaga de palabras.
¡Viva México!, ¡Chinga tu madre México! La luz y la oscuridad de un pueblo cuya identidad cultural no acaba de cuajar y cuyo amor no está suficientemente demostrado.























