El origen de un genocidio, el que sea, se encuentra en la existencia de una ideología de odio previamente establecida y difundida. Se explota la debilidad, o la ignorancia, de un pueblo, para explicarles los “verdaderos motivos” de la crisis de una sociedad. Para incubar un genocidio, lo primero que se hace es generar fuertes sentimientos de odio hacia él o los que se les tildará enseguida como “enemigo”.
Todos los genocidios del siglo XX, incluidos el nazi, el estalinista y el maoísta, fueron organizados por gobiernos que se beneficiaron de la pasividad de sus sociedades y de la opinión internacional. Ningún genocidio se ha dado dentro de una democracia. Son planeados y patrocinados por gobernantes totalitarios. Y sólo un Estado, el alemán, ha reconocido su culpa en un genocidio. Ningún otro, aun después de un siglo, reconoce que su país haya practicado un genocidio.
Un problema que nos aparece cuando se intenta definir algo de manera concreta es que nunca queda satisfecha la totalidad de los interesados y menos aún los supuestos “expertos” en ese tema. En el caso del genocidio el problema es evidente. Si nos concretamos a la definición más aceptada y por lo tanto más difundida, genocidio es: El exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. Hasta ahí suena bien, pero el problema inicia cuando las circunstancias no son muy claras, los límites son nebulosos y aparecen matices y variables no previstas. El problema empeora cuando el que intenta juzgar es, inocultablemente, un integrante de la fracción beligerante que resultó triunfadora (la historia la escriben los vencedores).
En México se da la discusión de sí existió o no un verdadero genocidio durante la llamada “guerra sucia” de los años 70s y se centra el alegato en los crímenes atribuidos al expresidente Luis Echeverría y sus empleados (Moya Palencia, Nazar Haro, de la Barreda etc.). Los juristas a cargo de la defensa del expresidente Echeverría han sostenido, con argumentos legales, que genocidio como tal no aplica, pues no se cumplen los requisitos para catalogarlo como tal, en todo caso, explican, existió una represión violenta, sangrienta, con lesionados y muertos, que se debió castigar, pero evidentemente no hubo la decisión de un exterminio nacional.
Solo para ubicarnos recordemos algunos genocidios fuera de discusión; el mas promocionado y en el que prácticamente todos están de acuerdo, es el genocidio realizado por la Alemania Nazi en contra del pueblo judío, durante la II Guerra Mundial con el resultado de 6 millones de muertos. Digo que casi todo mundo está de acuerdo, pues varios países islámicos como Irán y gente como el gurú de la “izquierda” Noam Chomsky y diversos analistas notoriamente antisemitas no comparten la idea del Holocausto. Otros genocidios ampliamente reconocidos son los de Stalin con los ucranianos, mas de 7 millones de muertos; Mao con su “Gran salto adelante”, y su “Revolución cultural” con un costo superior a los 20 millones de muertos; Pol Pot y su Khmer Rouge exterminando a la cuarta parte de la población de Camboya, Milosevic y su “limpieza étnica” en la ex Yugoslavia, Fidel Castro y sus “tribunales revolucionarios” y otros. Eso sí, todos bendecidos y amparados por la entelequia marxista-leninista. Frente a esas terribles cifras los muertos por las bombas de Hiroshima y Nagasaki resultan una nimiedad.
Evidentemente en los casos de la represión a un grupo de estudiantes el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio de 71 hubo un crimen severo no castigado, que contó con una inocultable complicidad del Estado, pero de eso a genocidio hay mucho trecho, aunque para la parte ofendida, que actúa con más pasión que raciocinio, no existe duda alguna pues para ellos, poseedores absolutos de la verdad, el asunto del genocidio es ya un sólido dogma de fe. Ejemplos vivientes: La monotemática Rosario Ibarra de Piedra.
Genocidio o no genocidio una cosa es cierta; el sistema del PRI-Gobierno de esas épocas funcionó como una maquina de eliminación física y castración intelectual, burda, brutal, pero efectiva. Ya tenemos de nuevo al PRI en la Presidencia, pero ¿Cual PRI tenemos en la actualidad? ¿El represor y autoritario de Echeverría? ¿El populista, superficial y megacorrupto de López Portillo?, ¿O Peña Nieto inaugura un nuevo estilo de gobernar?. Como dice un conocido periodista: “Al tiempo”.























