La no muy actual, pero si renovada y agudizada emigración de habitantes de pueblos del oriente medio y norte de África, que huyen de las deplorables condiciones que existen en su países, ha tocado profundas fibras sentimentales de Occidente singularmente con la foto de un niño ahogado en una playa de Turquía, tras el naufragio de dos embarcaciones de refugiados sirios, dicha foto generó conmoción en Europa, enfrentada a una creciente presión para gestionar la llegada de miles de migrantes. Los dos barcos que naufragaron habían salido de la localidad turca de Bodrum con destino a la isla griega de Kos, puerta de entrada de la Unión Europea.

Imposible no sentir pena, tristeza y conmiseración al ver la foto del niño ahogado; y fácil es extender esa pena a todos los refugiados procedentes de esos atrasados y violentos países islámicos. Sin embargo no todos los habitantes de Europa y América reaccionan igual ante esta situación.

¿Razones? Básicamente una, religiosa, son refugiados musulmanes, seguidores del Islam y con una visión del mundo muy diferente a la de Occidente. Personas que difícilmente se adaptan a países con tradición democrática, laica y con leyes que penalizan la discriminación, el odio racial y que dan el mismo valor al hombre que a la mujer. Una rápida revisión de los grandes asentamiento musulmanes de Francia, Holanda y España muestran evidentes señales de la escasa o nula integración de estos personajes a la cultura del país que los ha recibido, No tan solo en costumbres, vestimentas y ritos, sino incluso en cosas tan comunes como la televisión abierta. En los barrios musulmanes se observan enormes cantidades de antenas de televisión, pero orientadas para recibir las emisiones de Al Jazzera y sus virulentas predicas anti occidentales. Ahí las madrazas (escuelas teológicas) suplantan en buen parte a la educación laica estatal.

Lamentablemente las muestras del odio musulmán a Occidente y a la tradición judeocristiana son pan de todos los días. El rencor, el resentimiento y la intolerancia de algunos segmentos fundamentalistas islámicos se puede constatar con facilidad.

La génesis del odio islámico hacia Occidente ha sido analizada desde varias perspectivas, desde las puramente religiosas hasta las más complejas que involucran razones culturales, económicas, históricas, políticas y geográficas. Rencor ancestral acumulado que no admite el simplismo de justificar todo a partir de la creación, en 1948, del Estado de Israel. Ejemplos reales del odio islámico los tenemos no tan sólo en las agresivas declaraciones de los líderes del terrorismo sino también en boca de sus jeques y mullahs al predicar en diversas mezquitas. Ejemplos tenemos varios: Sermón relativamente reciente del imán Al-Azhar Sheikh Muhammad Sayyid Tantawi, líder musulmán de mayor rango en el mundo sunita (una de las dos divisiones más grandes dentro del Islam). Este señor es equivalente al Papa para los católicos. En su sermón dijo: «Los sionistas y cruzados (cristianos), los enemigos de Alá, los descendientes de monos y puercos, son la escoria de la raza humana, las ratas del mundo, los violadores de los pactos y acuerdos, los asesinos de los profetas, y sí, son descendientes de puercos y monos».

Imagine a alguien, ya no digamos a un obispo, sino a un simple cura del rito católico, pronunciando semejante sermón, la prensa mundial lo acabaría.

Que los fundamentalistas islámicos son intolerantes hasta con ellos mismos lo vemos en la diaria violencia de el sanguinario “Estado Islámico” (ISIS) , grupo terrorista de naturaleza yihaidista sunni singularizado por su violencia brutal en contra de quienes no piensan como ellos.

Ahora bien, no todos los musulmanes son radicales intolerantes, pero si, innegablemente, muestran gran dificultad para integrarse y aceptar la totalidad de las normas que los occidentales consideramos normales y necesarias. Un ejemplo sencillo, en Riad, Capital de Arabia Saudita, en los McDonald’s existe obligadamente segregación entre hombres y mujeres. Recordemos que “Islam” significa “sumisión”, algo que no a todos convence.

En fin, uno llega a pensar, por momentos, que quien dijo que el Islam, más que una religión, es una enfermedad tiene algo de razón.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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