El famoso “pacto por México” no es otra cosa que una agenda común de temas prioritarios a tratar durante el presente sexenio, no es garantía de que tal cual redactado el documento se apruebe en todos sus puntos.
Nuestra democracia tradicionalmente reducida en la arena política a protocolo, ha dado muestra una vez más que las formas están muy por encima de los fondos, el decálogo de buenas intenciones tendrá que pasar un filtro legislativo en el cual los más diversos intereses confluyen, sobre todo los de aquellos “poderes fácticos” de los que tanto se habla y que sin embargo se encuentran instalados en ambas cámaras.
El “pacto por México” nace muerto, si bien su intención es generar certidumbre entre los diferentes actores proclives a ejercer la llamada oposición leal y dar muestra de civilidad política ante la opinión pública, dicho “pacto” pretende actuar sobre aquello que hoy nos tiene en este punto de la realidad política nacional: el clientelismo político, los poderes fácticos, los monopolios intocables, la violación de los derechos humanos, políticos y sociales, la impunidad, la corrupción.
Un error recurrente que podemos observar en el documento firmado por los tres principales partidos políticos es confundir progreso económico con mayor democracia, no es regla que a mayor democracia mayor desarrollo, es menester separar y progresar en ambas direcciones pero no combinarlas retóricamente antes de ver frustrado nuevamente el sueño guajiro de que “con la democracia todo cambiaría y que por lo tanto viviríamos mejor”.
Más allá de los retos imaginarios, es un hecho que el Estado puede incidir para equilibrar el acaparamiento del mercado por parte de los monopolios tradicionales y también proyectar aquellos ramos estratégicos (todavía en su poder) como lo son los hidrocarburos y la generación de energía eléctrica, pero es de dudarse que bajo esta inercia conservadora de “cambiar para que todo siga igual” se pueda concretar alguna propuesta que genere una verdadera revolución en sectores como las telecomunicaciones o el transporte.
Es indudable que a pesar del debilitamiento del poder presidencial en la etapa de alternancia partidista, este sigue siendo el referente de transformación política y económica por excelencia, irónicamente aunque se diga que no se volverá a los tiempos de antaño, el pacto por México alude a un presidencialismo fuerte.
En materia democrática, los mexicanos tenemos que dar un salto cualitativo, no podemos quedarnos solamente con las jornadas electorales y delegar completamente la formulación de la agenda a nuestros “representantes” tenemos que aprender a convivir con el poder y acostumbrar al poder a convivir con nosotros, ser inteligentes en la conducción del manifiesto de nuestras diferencias, generar propuestas, reconocer que dirimir el conflicto en el sentido agonista es la manera de dar solución pacífica a nuestras divergencias, y sobre todo recordar que –parafraseando a Odilon Barrot- la legalidad conviene al pueblo, ya que de su estricta aplicación depende su emancipación, querido lector, sólo piénselo por un momento retrospectivamente, cómo sería México si la ley en verdad se respetara, créame que los “pactos” saldrían sobrando.
























