Los Estados Unidos de America es uno de los muchos países que mantiene vigente la pena de muerte como castigo para diversos delitos de alto perfil y singular crueldad, y dentro de los EUA el estado de Texas uno de los que con mayor frecuencia la aplican. Se da el caso de que Texas es uno de los estados que cuenta con mas inmigrantes mexicanos, tanto legales como ilegales, lo cual da por consecuencia que un buen numero de los condenados a muerte sean precisamente mexicanos de origen. La prisión de Huntsville, sitio donde esperan turno para ser ejecutados, se ha vuelto famosa entre los connacionales.

Siempre que se aproxima una ejecución de un mexicano en los EUA, los medios de comunicación nacionales nos saturan de información sobre el condenado a muerte, su nombre, su origen, quienes son sus familiares, relatan al detalle los esfuerzos que las autoridades mexicanas y diversos organismos de derechos humanos, tanto nacionales como internacionales hacen para que la ejecución no se realice. En cuando a las causas que llevaron al delincuente a merecer la pena de muerte por lo general los medios guardan un prudente silencio. Si mató y violó o masacró a varios de una manera cruel y terrible no nos lo informan. Si se desea saber el motivo de su condena debe uno hurgar en medios no usuales en México, ahí encontraremos espeluznantes relatos que registran la violencia con que las inocentes víctimas fueron asesinadas. Pero eso a las comisiones de derechos humanos no les importa, igual que los sentimientos y sufrimientos de los familiares de las víctimas.

¿Sirve de algo la pena de muerte? ¿O, como afirman algunos de sus detractores es solo simplemente el ejercicio de una venganza?. Las opiniones se dividen y si nos ponemos a buscar encontraremos una gran cantidad de argumentos tanto de un lado como del otro; razonamientos religiosos, filosóficos, económicos, psicológicos, psiquiátricos, políticos etc. Tal parece que casi todas las disciplinas tienen algo que decir de la pena de muerte.

Los que rechazan la pena de muerte alegan fundamentalmente desde razones religiosas hasta argumentos económicos de que sale muy caro ejecutarlos por lo largo de estos juicios y los inacabables recursos de apelación, otros dicen que al ser una pena irreversible no hay manera de corregirla si ha existido un error en el juicio, otros por que piensan que es lo mas parecido a una venganza y para ellos la venganza es inaceptable, otros por que afirman que diversos estudios muestran que la existencia de la pena de muerte no inhibe la futura conducta delictiva de otros criminales, otros por que consideran el derecho a la vida como algo supremo e incuestionable, así sea el mayor criminal que hay existido. Los más candorosos argumentan que si el Estado se lo propone estas personas pueden ser reeducadas y redimidas hasta convertirse en seres útiles a la sociedad.

Los que apoyan la pena de muerte afirman con igual convicción que, similar a un contrato social básico uno pierde su derecho elemental a la vida propia cuando incumple su deber humano elemental de respetar la existencia ajena. Estas personas están muy de acuerdo con la pena de muerte para todos aquellos (violadores de niños, homicidas, terroristas, cabecillas del narcotráfico y secuestradores) que atacan con violencia atroz los valores que más se deben proteger en la sociedad (integridad del niño, vida del prójimo, tranquilidad, salud pública y libertad individual). Apoyan sus afirmaciones también con estadísticas que muestran que por cada criminal ejecutado se salvan en promedio siete vidas humanas. También sostienen su posición recordándonos algo evidente, muchos criminales son absolutamente irrecuperables, totalmente irredimibles y si por algún azar del destino son liberados inevitablemente volverán a delinquir. También tienen razones económicas pues a este grupo de personas les repugna la idea de que con sus impuestos se esté financiando la manutención de los grandes criminales por el resto de su vida.

Ponerse de acuerdo en este tema es difícil. En el caso concreto de México quizá a lo único que lleguemos a ponernos de acuerdo es en que aquí la justicia no es confiable. La tradición de fabricar culpables por parte de nuestras autoridades imposibilita confiar en ellas. Sencillamente no les creemos. En México la pena de muerte siempre tendría una gran sombra de duda.

Alejandro Vázquez Cárdenas
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