C.P. Manuel Montes y Arroyo

 

 

Hace unos días, platicando con unos amigos sobre los grandes avances tecnológicos de esta época, surgió una conversación que me dejó pensando. Al llegar a casa, me puse a recordar mis propias experiencias con la tecnología y me trasladé mentalmente a 1973, cuando ingresé a trabajar a la Comisión Federal de Electricidad.

 

Lo que más me impresionó al llegar fue encontrarme con una computadora que ocupaba un área enorme, con aire acondicionado especial. Había trabajadoras a quienes llamaban “capturistas”: ellas trasladaban la información a unas tarjetas de 80 columnas y 12 campos, otras revisaban esas tarjetas, y todo ese material se procesaba en aquella máquina tan peculiar.

 

Curioso por saber más, me puse a investigar y descubrí que en todo Michoacán solamente existían dos computadoras: una en el Gobierno del Estado y otra en la CFE. Eso me impresionó profundamente y despertó en mí una gran fascinación por la tecnología.

 

Pasaron los años y yo seguía escuchando noticias de continuos avances en el mundo de la computación. Mientras tanto, en mi despacho todo lo llevábamos a mano: usábamos máquinas de escribir eléctricas y calculadoras, que en ese momento eran lo más moderno a nuestro alcance. Hasta que llegó un día que cambió mi perspectiva: mi hijo mayor en 1991 entró a estudiar al Tecnológico de Morelia y, al acompañarlo, me di cuenta de que iban a iniciar un curso de computación porque ya existían computadoras que podían utilizarse en despachos y oficinas. Cabe mencionar que eran muy distintas a lo que hoy conocemos: eran máquinas personales, bastante limitadas en comparación con las actuales, pero en aquel momento las veíamos como un salto enorme, porque permitían automatizar tareas repetitivas y almacenar información de forma digital, lo que nos facilitaba el trabajo y nos abría la posibilidad de atender a más clientes.

 

Por esa razón decidí inscribirme al curso, que se impartía los viernes durante cinco horas y los sábados durante seis. Al terminarlo, mi socio y yo adquirimos tres computadoras para el despacho. Claro que si las comparamos con las de hoy, eran muy lentas y más difíciles de manejar, pues el sistema operativo era MS-DOS.

 

Para no extenderme demasiado, daré un salto hasta 1998, año en que mi hijo comenzó su doctorado en Computación en el Instituto Politécnico Nacional, en la Ciudad de México. Él me platicaba sobre los avances en Inteligencia Artificial de aquella época, pero también sobre algo que me resultó muy revelador: muchas tecnologías que ya usábamos en nuestra vida cotidiana eran en realidad producto de la Inteligencia Artificial, aunque no lo supiéramos. cámaras digitales que detectaban y corregían los ojos rojos automáticamente, un detalle pequeño que en realidad escondía un sistema de reconocimiento de imágenes bastante sofisticado. Todo esto ocurría sin que nos diéramos cuenta, mientras la Inteligencia Artificial se iba metiendo poco a poco en nuestra vida diaria por ejemplo, videojuegos como Pac-Man (1980), que ya usaban lógica programada para que los fantasmas tomaran decisiones distintas en cada partida y se volvieran más difíciles de vencer. Algo parecido pasaba con el corrector ortográfico de Word, que no solo detectaba errores sino que analizaba el contexto de la oración para sugerir la corrección pertinente. Y ya para 1998, las plantas automotrices operaban con robots que ajustaban su trabajo según lo que detectaban en la línea de producción; ese mismo año apareció Google, el primer buscador que aprendía de lo que la gente buscaba para dar mejores resultados cada vez. A principios de los 2000 comenzaron a venderse las cámaras fotográficas que quitaban los ojos rojos.

 

Hoy, mucho tiempo después de aquellas conversaciones con mi hijo, la Inteligencia Artificial ya no es solo tema de doctorados ni de fábricas automotrices. Está al alcance de cualquier persona, desde la palma de la mano, y lo más sorprendente es la variedad de usos que podemos darle en nuestra vida cotidiana.

 

Considero necesario señalar que los chatbots de Inteligencia Artificial son herramientas de gran utilidad para acceder al conocimiento y apoyarnos en múltiples actividades del día a día. Sin embargo, sus respuestas no son infalibles. Fueron diseñados para generar texto a partir de patrones aprendidos, lo que significa que pueden cometer errores, y a veces incluso dar por buena una corrección aunque no estén seguros de ella. Por eso, conviene usarlos con sentido crítico y verificar la información cuando el tema lo amerite, sobre todo si se trata de datos recientes o decisiones importantes.

 

Considero muy importante detenerme a hablar sobre los Chatbots de Inteligencia Artificial, porque en mi caso personal han sido una fuente constante de aprendizaje. A través de ellos he profundizado en temas muy diversos, aunque los que más me ocupan — como quienes me leen ya saben — son las finanzas públicas y las finanzas en general. Les hago muchas preguntas, y la mayoría de las veces las respuestas son claras, bien estructuradas y me abren camino para seguir investigando.

 

Sin embargo, como ya lo mencioné, no son infalibles. En algunas ocasiones he detectado que un dato no era correcto o que la información no correspondía a la realidad. Lo interesante es lo que ocurre cuando uno se los señala: los Chatbots lo reconocen, aceptan el error y — algo que encuentro muy valioso — en varios casos me han indicado en dónde puedo verificar o consultar la información correcta, ya sea una fuente oficial, un sitio especializado o un documento de referencia. Eso, para mí, habla bien de usarlos con sentido crítico: no como una verdad absoluta, sino como un punto de partida inteligente que uno mismo va afinando.

 

Para orientar a quienes apenas se inician, considero útil compartir brevemente en qué destaca cada uno de los Chats que yo mismo he utilizado.

 

ChatGPT, de OpenAI, es el más popular y versátil — ideal para redactar, resumir, explicar temas, responder preguntas de todo tipo e incluso generar imágenes. Es una excelente puerta de entrada para quien empieza.

 

Claude, de Anthropic, se distingue por su claridad al manejar textos largos y temas complejos, con un enfoque muy cuidadoso y ordenado en sus respuestas. Es especialmente útil para investigación, redacción de artículos y análisis detallados — y es el que me ha acompañado principalmente en la elaboración de mis escritos.

 

Gemini, de Google, tiene la ventaja de estar conectado directamente a internet y al ecosistema de Google — Gmail, Drive, YouTube — lo que lo hace muy práctico para búsquedas avanzadas e información actualizada.

 

Copilot, de Microsoft, está integrado en las herramientas de oficina que muchos ya usamos — Word, Excel, Teams — lo que lo convierte en un aliado natural para el trabajo diario y la productividad.

 

Meta AI, desarrollado por Meta, la empresa detrás de Facebook e Instagram, tiene la gran ventaja de estar integrado directamente en esas aplicaciones que millones de personas ya usan todos los días, lo que lo hace muy accesible y cercano.

 

Modo AI es una opción más reciente, de interfaz sencilla y conversación directa, pensada para quienes buscan respuestas rápidas y prácticas sin complicaciones.

 

Todos tienen versión gratuita y funcionan desde cualquier computadora o teléfono celular. Como siempre digo: la mejor manera de encontrar el que más le conviene es simplemente atreverse a probarlos.

 

Para orientar tanto a quienes apenas se inician como a quienes ya utilizan alguno de estos ChatBots y desean conocer otras opciones útiles para su trabajo o sus estudios, ya les mencione los que yo he usado y que me han resultado de gran utilidad. Es importante aclarar que existen muchos más Chatbots de Inteligencia Artificial disponibles y siguen apareciendo nuevos constantemente — pero los que no menciono es sencillamente porque aún no los conozco. Con el tiempo, estoy seguro de que iré descubriendo más opciones, y cuando eso ocurra, con gusto las compartiré también. Por ahora, lo que aquí les presente es mi experiencia personal con los que he tenido oportunidad de usar, y confío en que les serán de utilidad.

 

Lo que sí tengo claro es que el conocimiento nunca sobra. Acercarse a estas herramientas con curiosidad y sentido crítico es, hoy más que nunca, una forma de estar a la altura de los tiempos que vivimos 

 

 

 

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