El reciente fallecimiento de Gabriel García Márquez, gran periodista, genial novelista y uno de los mayores exponentes de la literatura mundial de todos los tiempos, aparte de hacernos recordar sus grandes libros, ha vuelto a poner en primer plano ese extraño matrimonio entre el Poder y la Intelectualidad. Nadie pone en duda la enorme estatura de García Márquez como escritor, eso esta fuera de toda discusión; pero al hablar de el, resulta imposible ocultar su cercanía con algunos hombres y estructuras del poder de discutible calidad; desde su cercanía al Gral. Omar Torrijos, dictador de Panamá, hasta la incondicional amistad, rayana en la subordinación, con Fidel Castro, “amistad” que mostró ser a prueba de bombas. No importaban asesinatos, encarcelamientos, persecuciones de adversarios políticos, fusilamiento de los mismos, hambres, racionamientos, la prostitución y miseria de la isla, etc. García Márquez siempre defendió y justificó a su “Amigo” el dictador Fidel Castro. Esta defensa a ultranza incluso le costó severas críticas de otros intelectuales, como la que en un congreso en Colombia le propino Susan Sontag, escritora esta sí de la izquierda real, no la izquierda de “pose”. Para muchos mexicanos resulta imposible olvidar su cercanía y benevolencia con el PRI, estructura que jamas fue criticada por García Márquez, a diferencia de ese otro grande de la literatura mundial, Mario Vargas Llosa, que con certera precisión bautizó al PRI como “La dictadura perfecta”, aunque el decirlo en ese momento (el salinato), le costo una veloz y prematura salida de México

Recordemos lo evidente; muchos gobiernos, sobre todo los de corte dictatorial de “izquierda” sienten la necesidad de arroparse en el prestigio de los intelectuales, y vaya que en muchos casos lo logran con facilidad, ya que no resulta difícil comprar a muchos de estos individuos, todos tienen un ego inmenso y un precio que para una dictadura es fácil pagar, y van desde galardones diversos, dinero, posiciones académicas etc.

Es innegable que la Revolución Cubana despertó grandes simpatías en sus primeros años. La indefendible dictadura de Batista y las tradicionales buenas relaciones de los pueblos cubano y mexicano abonaron un terreno fértil para el desarrollo de una excelente relación entre los dos pueblos; aunque pronto comenzaron a llegar inquietantes noticias sobre gran cantidad de juicios y ejecuciones sumarias en la Isla a todo opositor o crítico del régimen. Posteriormente el progresivo alineamiento y la dependencia de Cuba con la URSS se hicieron totales, al grado de convertirse la isla en un país satélite.

La caída de la URSS dejó sin recursos a Cuba, y la falta de dinero en la isla ha condicionado un mayor deterioro en el nivel de vida del pueblo cubano, evidentemente no de sus jefes ni de las personas de la “nueva clase” como la describe Milovan Djilas, esta “nomenklatura” tiene asegurado todo; comida, hospitales, servicios. El resto tiene que avenirse con un horario limitado de energía eléctrica, servicios asistenciales simbólicos, sueldos miserables, cartillas de racionamiento insuficientes y lo peor, soportando la omnipresente estructura parapoliciaca de los Comités de Defensa de la Revolución. Desde finales de los 90s los derechos humanos y las libertades de asociación y de transito en la Isla llegaron a su mínima expresión, la intolerancia creció y surgen nuevamente los fusilamientos por causas ideológicas.

Lo anterior llevó a una gran parte de la intelectualidad de izquierda mundial a retirar su acrítico apoyo a Castro. Muchos ya admiten la realidad, simplemente en Cuba no hay ciudadanos, hay súbditos. Pero para García Márquez y parte de la “izquierda” mexicana, personas que viven en el pasado, la personalidad de Fidel Castro aún resulta cautivante. Víctimas de una fascinación similar a la ejercida por una serpiente con las ranas y ratones, se niegan a ver la realidad cubana.

El autor de “El otoño del patriarca”, novela que retrata a un cruel y anciano dictador; no quiso, o no fue capaz de identificar al protagonista de su novela, con el tirano en la vida real. El dictador descrito en su genial novela no era Marcos Pérez Jiménez o Pinochet; era y es Fidel Castro.

Ni modo, algún defecto debería tener el gran Gabo.