En México, como en otras partes del mundo, existe una buena cantidad de personas para las que cualquier evento, desde un asesinato hasta una elección presidencial, solo es explicable mediante una conspiración; conspiración que no se queda en la mera teoría, sino en una absoluta realidad. Incluso se ha acuñado un neologismo, “conspiranoico” para denominar a esas personas que pretenden justificar todo por medio de una oscura maquinación de un individuo o mejor, de un grupo de personas, eso sí, con gran poder económico, político, religioso etc. que se juntan para manipular, o dañar, a un grupo o una nación entera.
Para tratar de explicar ese afán de hallar conspiraciones donde no las hay, se ha investigado mucho. A lo largo de la historia estos hombres han encontrado una forma muy sencilla de explicar los conflictos, y esta explicación la encuentran en una conspiración, o un complot como diría algún político. La existencia de un complot, a fin de cuentas, lo que hace es simplificar la realidad para encontrar culpables. Dado su potencial dramático, las conspiraciones son un tema popular tanto en novelas como en películas, en ellas hay gente buena y gente mala y una enseñanza moral. En estas teorías el complot encaja en las necesidades dramáticas de la historia.
Un escritor y analista, Julio Patán, ha escrito un libro con el titulo de “Conspiraciones” (México Paidos 2012) Donde, en una prosa sencilla y con tono irónico se hace un recuento de la conquista del mundo por extraterrestres, judíos, masones, oscuras elites financieras etc. Básicamente es una síntesis de las principales teorías acerca de las conspiraciones que supuestamente se han usado para dominar el mundo. En una reciente entrevista para una revista nacional, Patán amplia sus datos. “Las teorías de la conspiración casi siempre emergen en ambientes de eso que se llama “la periferia lunática”: sectarios, marginales, pero también se convierten en políticas de Estado; para Hitler era la conspiración judía, para Franco la masónica”
Se ocupa una buena dosis de cultura y autocrítica para entender que uno de los lastres que tienen muchas naciones es el “nacionalismo” mal entendido, pues analizándolo detenidamente, ser “nacionalista” no necesariamente significa solo defender o querer a tu país; significa profesar una forma de la fe que se inspira en la absoluta certeza de que lo tuyo, tu identidad es superior y que está amenazada por el exterior. El nacionalismo siempre necesita un enemigo externo al cual se le achacan todos los males.
Ejemplos de nacionalismo patológico, aparte de los muy conocidos de Hitler y Mussolini, los tenemos en el peronismo en Argentina, Fidel Castro en Cuba, Evo Morales en Bolivia, Chávez y Maduro en Venezuela. Lugares y países donde la política inspiró una especie de religión nacional donde si se fracasa se tiene a la mano el socorrido recurso de culpar a las fuerzas del exterior, a la economía mundial, al FMI, a la OCDE, a los “poderes fácticos”, a la Iglesia, a los EUA, a la ONU o a los marcianos.
Una realidad. Los discursos basados en conspiraciones pueden ser muy peligrosos, ya que van dirigidos, en un lenguaje elemental y tono vindicativo, a los estratos más incultos y resentidos de una población, esos que mal cursaron su enseñanza y se les endilgó una fantasiosa “Historia de Bronce”; discursos donde se maneja una visión maniquea, buenos contra malos, una especie de lucha entre el bien y el mal, donde obviamente, el bien lo representa el caudillo en turno.
Un ejemplo de lo anterior lo tenemos en el Islam fundamentalista. En el mundo árabe, Ahmed Rami, golpista y fundador de Radio Islam, en su página web presenta, como si fuera cierto, ese invento zarista que es “Los protocolos de los sabios de Sión” y otros textos de odio. En México tenemos algunas publicaciones que más que informar promueven el odio entre los ciudadanos usando la mentira, el insulto, la burla y la descalificación. Esto plantea un problema: ¿Tiene límites la libertad de expresión? ¿Debe ser irrestricta a pesar de estos discursos de rencor, mentiras y resentimiento? ¿Se deben establecer límites?
Interesante pregunta
























