Hay cosas que se dejan para después. Para luego. Cosas que uno preferiría no hacer aunque sabe que llegará el tiempo en que tenga que enfrentarlas. Cosas que se pueden retrasar. Procrastinar. Evadir. Hasta aquí pareciera que este es un texto hecho para demostrar que ante la inevitabilidad de tales cosas lo mejor es poner manos a la obra, terminarlas para poder seguir avanzando. Para tener más tiempo que invertir en más actividades. ¿No es eso lo que todos dicen? Que al mal paso, darle prisa. Que se debe acabar con, por ejemplo, la tesis antes de que ella acabe con uno. Que más rápido es mejor. Que la vida no te espera, se va entre los dedos y no puedes recuperar el tiempo que malgastaste. Que la muela a la que se le ha caído la amalgama debe ser atendida pero justo encontraste algo mejor qué hacer, como sentarte a ver una película que hace mucho no ves, tipo Ferris Bueller’s Day Off (un film que definitivamente enmarca la idea de lo que es tratar de llegar a ese Luego), o quedarte acostado pensando en cómo hacer precisamente lo que deberías estar haciendo ya.

Pero no. Por el contrario, voy a defender ese Luego que todos aplicamos alguna vez en la vida. No es un Luego que signifique nunca, es uno que asume que habrá el tiempo en que sea necesario, pero no ahora, sino luego. Todo tiene su propio tiempo, dicen. Lo que no dicen es que nosotros podemos decidir cuál es. Tenemos la capacidad de prolongar o acortar la espera para empezar a actuar. Luego es una forma de posponer tareas que no queremos hacer. Es como un ahorita pero más honesto.

Si lo piensan bien, no le va tan mal a quienes dejan las cosas para luego; ahí tienen un gran ejemplo en la literatura de Melville: Bartleby desconcierta a todos en una sociedad en que la gran maquinaria burocrática suele no fallar, e incluso trabaja con formalidad y precisión, pero él no está dispuesto a ser parte de ello, al menos no por un tiempo, y por eso llega a una frase casi profética para todo procrastinador: preferiría no hacerlo; no es que no pueda, no sepa o incluso que no quiera hacerlo, simplemente preferiría que no. Ese preferiría es algo que sólo el individuo puede entender, es una manifestación de la subjetividad, es tomar la opción que todos tenemos desde el nacimiento, la opción de decirle no a lo que queramos, pero no un no que surja de la terquedad o del miedo, no un no que sea parte de un capricho, sino un no provisto de toda la seguridad de la que seamos capaces. Un no que sepa hacerse valer. En este sentido, el Luego surge de ese no que interrumpe el desenvolvimiento de las cosas, sólo que su diferencia reside en que el Luego sí regresará para hacer lo que se debe y el no nunca lo hará. El Luego no es un puente como el no que salta el río a nadar, pero es una brecha con un final sin salida por la que se puede dar un paseo ida y vuelta antes de tener que quitarse la ropa y echarse al agua.

Yo soy un partidario del Luego porque, entre sus ventajas, estimula la creatividad, despeja la mente, logra que cuando uno se da a la tarea de posponer el luego y empezar a hacer lo que se debe, todo salga mucho mejor porque no se está preocupado sino que se viene de disfrutar las delicias de actividades que recrean y permiten el descanso adecuado. Mientras escribo esto, pienso en como evadirme de muchas ocupaciones más, ocupaciones entre las que estaba escribir esto. Lo escribo para posponer tareas caseras, como lavar trastes, para posponer el tercer capítulo de mi tesis, para posponer ir a preparar la cena. Todo eso lo tengo que hacer. Pero Luego.