Los viejos dogmas, al igual que algunas costumbres, se resisten a morir; y los dogmas de la “izquierda” son particularmente resistentes e impenetrables a todo razonamiento. Incluso a estas alturas, después de conocerse los horrores del “socialismo real”, podemos encontrar personas, en apariencia sensatas y documentadas, que se obstinan en negar la realidad.

En un libro relativamente reciente, “Suecia después del modelo sueco”, cuyo autor es el chileno avecindado en Suecia Mauricio Rojas, se analiza a profundidad que fue lo que pasó con el modelo sueco, considerado mucho tiempo como paradigma de un estado benefactor de corte socialista. En dicho libro analizan sus características, sus fallos y el motivo de su estrepitoso fracaso

El modelo sueco, que fue durante décadas el rumbo a seguir por la izquierda no comunista, ha sido finiquitado. Se evaporó, junto con sus promesas de igualdad, empleo y grandes beneficios sociales. El llamado “modelo escandinavo” de Estado de bienestar era idealizado por países de América Latina castigados por recurrentes crisis económicas y profundas desigualdades. Pero como lo atestigua la obra de Mauricio Rojas, ese modelo falló y ahora Suecia mira al futuro pensando como una auténtica sociedad abierta y apostando, incluso de manera radical como en el caso de la educación, por la descentralización de la administración pública, la privatización de las empresas estatales y la libre competencia en el sector privado.

Ciertamente en países pésimamente administrados, como México, donde reina la corrupción y la ineficiencia, existe la tentación de creer que puede haber una suerte de “varita mágica” que repentinamente nos dé todo lo que nos hace falta. Muchos desean creer que por medio de un “Estado benefactor”, con un poderoso aparato redistributivo, tendremos lo que nuestra pésima conducción económica no nos ha podido dar; asegurar por decreto a cada uno de nosotros comida, buenas escuelas, hospitales de primera, universidades de excelencia y jubilaciones espléndidas. Todo por la voluntad de un político que haya encontrado el atajo mágico.

Pero eso no es posible, estas ilusiones solo crean grandes expectativas y luego, al estrellarse con la implacable realidad vemos que no hay atajos mágicos, que si deseamos progresar será por medio del duro camino del esfuerzo empresarial y la creatividad industrial. Triste despertar de la trampa de la demagogia populista.

Ya no hay vuelta atrás al Estado benefactor del pasado. El espejo de España es muy reciente y lo tenemos muy cerca, la entelequia socialista contribuyo decididamente a su ruina. El “Estado benefactor” no era, ni fue, la culminación del desarrollo humano. Como producto histórico terminó por hacerse incompatible con el desarrollo mismo de la sociedad que un día lo vio nacer y hoy pertenece al mundo de los recuerdos y de los mitos.

El economista sueco Sven Rydentfelt, como muchos otros economistas, calculó que la tasa de desempleo real en Suecia llegó al ser, en tiempos socialistas, entre cuatro y cinco veces superior a la cifra oficial, si se tiene en cuenta el desempleo encubierto mediante “empleos fantasma” contabilizados por el Estado. La cuarta parte de las pequeñas y medianas empresas desaparecieron en una década. Por esas épocas, en el impersonal sistema médico estatizado, para una cirugía no urgente de vesícula biliar había que esperar 3 años por término medio. Por ese motivo, el economista y premio Nobel Gunnar Myrdal, ideólogo del modelo sueco y patrocinador de la socialización de la medicina, prefería atenderse siempre en un hospital privado. Afortunadamente eso ya ha cambiado radicalmente.

La lección del socialismo en Suecia es doblemente valiosa, pues muestra ambas partes de la moneda, lo que debe hacerse y lo que no, al evidenciar la fantasía del “Estado benefactor”, entelequia que aún subsiste en mentes que se resisten a pensar, como esas que gritan sin conectar las neuronas: “El petróleo no se vende, se defiende”