La demonización es una de nuestras simplificaciones favoritas. La inquina es un gozo que se disfruta colectivamente. Satanizar es un desahogo gratificante y divertido. Al encontrar al villano todopoderoso, el mundo se aclara. Todos los problemas que padecemos derivan de su maldad. No necesitamos mucho esfuerzo para comprender lo que sucede y para sentirnos libres de cualquier responsabilidad. Basta con concentrarnos en los abusos del villano. Contarnos una y mil veces las anécdotas de su ruindad. El malvado siempre hace de las suyas y tiene al mundo como rehén. La solución por ello puede exigir heroísmo pero es elementalmente simple: sacrificar al malévolo. Una vez que el villano haya sido eliminado, las cosas encontrarán automáticamente su sitio. Esa es la fantasía de la demonización: antes que el arreglo, la expiación. El sueño que cultiva nuestra afición por los diablos es la fiesta que celebraremos al prenderles fuego.
En esa clave se ha tratado de leer el anuncio reciente de reforma educativa. Más que un cambio político notable, la reforma ha sido vista como un escarmiento a Elba Esther Gordillo. Un acto cuyo significado principal sería mortificar a la intocable. Visto en esos términos, la reforma es, ante todo, un acto de valentía. Un acto de fuerza que es celebrado como tal, como desplante de valor, antes que como decisión sensata. Naturalmente, al poder le viene bien el cuento de los malignos antiguamente omnipotentes porque realza en este caso su imagen de entereza. Todos temblaban ante ella, ahora es ella quien teme.
A pesar de que la atención se dirija a la suerte de Elba Esther Gordillo, que nos entretengamos en especulaciones sobre su reacción futura, el cambio en la política educativa es sustancial y trasciende los conflictos personales. Vale advertir que la complejidad del problema educativo en el país no es culpa de una persona y que nada ayudaría su desaparición súbita. Si Elba Esther Gordillo desapareciera hoy por la noche, los alumnos no mejorarían sus calificaciones en la próxima prueba Enlace.
Lo que las fuerzas políticas del país han decidido cambiar es el régimen de gobierno de la educación. Se trata apenas del primer paso, pero del paso indispensable para darle contenido a la reforma educativa que hace falta. Si desde hace décadas vivíamos una diarquía donde sindicato y gobierno compartían autoridad; si desde hace un par de sexenios esa diarquía se convirtió en docilidad del gobierno ante las presiones del sindicato, ahora se pretende recuperar, para el Estado, el mando único de la política educativa. Desde todos los ángulos se ha manifestado esa voluntad de terminar la connivencia.
La reforma no se presenta como el fruto de la negociación entre gobierno y sindicato, sino como resultado de la negociación entre el gobierno y los partidos políticos. El cambio no es menor. Que la rectoría de la política educativa alcance consenso de los tres partidos tiene sentido como acto de fundación de un nuevo régimen en el sector educativo. Si el Pacto por México se justifica como un acuerdo entre las tres principales fuerzas políticas y el gobierno es precisamente en este ámbito. La reforma educativa, en efecto, transforma las reglas del juego político en el sector. Es un acuerdo para fundar un magisterio profesional y resolver los conflictos con autonomía de las presiones partidistas y sindicales.
Veo la reforma educativa como un golpe al corazón del régimen educativo. Un cambio, pues, al sistema político de la educación en México. Lejos de buscar la defenestración de la malquerida dirigente magisterial, la clase política reivindica a la escuela como un institución pública que no puede subordinarse a las parcialidades sindicales. La iniciativa arrebata al sindicato el poder que tenía sobre la carrera profesional de los maestros. No niega, por supuesto, su importancia como representante gremial, pero la borra como autoridad educativa al constituir como órgano plenamente autónomo al Instituto Nacional de Evaluación Educativa: un promotor de Estado de la calidad en la enseñanza. La autonomía constitucional de este órgano puede transformar la política en la escuela. Si durante décadas, la suerte del maestro dependía en buena medida de sus relaciones con el sindicato, ahora podrá confiar en sus capacidades profesionales. El maestro podrá escapar del control del sindicato para dar clases, para ascender, para dirigir un centro escolar. Un nuevo centro de gravedad para el proceso educativo.
























