Herrero y Colom (2006) afirman que las personas que presentan una personalidad antisocial son las que cometen un alto porcentaje de actos de violencia. En los casos más extremos se convertirán en psicópatas, aunque también se pueden identificar delincuentes con una personalidad normal, pero que han sido expuestos a deficientes procesos de socialización (sociópatas). En teoría, aquellos que se encuentren en el extremo superior de la distribución de los rasgos impulsividad, ausencia de miedo y búsqueda de sensaciones, serán más vulnerables al comportamiento antisocial. El resultado final dependerá de una compleja relación entre su vulnerabilidad y las oportunidades que les ofrezca el ambiente. Estas personas buscan problemas crónicos, cuyos síntomas varían. Pueden ser los que constantemente piden dinero prestado, (las ovejas negras de la familia), los mentirosos patológicos, los criminales de cuello blanco, los que golpean a sus parejas, o bien, en el extremo grave, los asesinos seriales.
El resultado final dependerá de una compleja relación entre su vulnerabilidad y las oportunidades que les ofrezca el ambiente.
Al hablar de este tipo de comportamiento, no nos referimos a quienes padecen de arranques de enojo o que consumen crímenes pasionales. Hablamos, más bien, de aquellos que presentan, desde un punto de vista psiquiátrico, un patrón continuo de rompimiento de reglas y de violación de los derechos de otros, que normalmente inicia antes de los 15 años de edad (OSTROSKY–SOLÍS, 2008).
En el caso de las personas que presentan algún tipo de trastorno de personalidad, éstas han sufrido experiencias traumáticas de abandono o abuso en la niñez. El origen de esta forma de comportamiento puede ser diverso y va desde una alteración neurológica, como un traumatismo craneoencefálico, hasta los estímulos recibidos en el medio en el que viven, los modelos paternos con los que se cuenta o la interacción de todos los factores (OSTROSKY–SOLÍS, 2008).
Si bien es cierto que existe toda una serie de comportamientos identificados para designar la conducta antisocial, es importante mirar este fenómeno desde perspectivas más profundas que permitan la comprensión del fenómeno en todas sus dimensiones. Esta conducta tiene que ver con la capacidad de un crecimiento emocional de las personas. Es por ello que en esta investigación nos interesa mirar el fenómeno desde el modelo Gestalt, pues desde esta perspectiva se afirma que el individuo tiene una tendencia natural a completar su existencia, pero cuando no lo logra se da un desajuste, el cual es un proceso de alienación que niega las necesidades o deseos legítimos de la persona. Esta persona insatisfecha continúa elaborando en su actividad presente asuntos del pasado que han quedado inconclusos, generando así un conflicto que es expresado de diferentes formas, siendo las más comunes los desórdenes de personalidad (LATNER, 2007).
Conducta antisocial
El término de la “normalidad” se entiende como un comportamiento aceptable dentro de las normas sociales. Sin embargo, a menudo no coinciden nuestras necesidades personales con las demandas del ambiente; por ello la sociedad se dedica a actividades que tienen por objeto fomentar el desarrollo personal, las aptitudes personales, el desarrollo espiritual y la comprensión del mismo. En este escenario, los conflictos y la conducta social inadecuada se ven como señales dolorosas creadas por polaridades. Estos pueden ser de naturaleza interna del individuo o por medio de las manifestaciones en sus relaciones interpersonales. La utilización de este enfoque se ocupa de la existencia total de individuo y sus relaciones, que incluyen también al ambiente con el que interactúa afectando y siendo afectado por el mismo (SALAMA, 2007).
Esta persona insatisfecha continúa elaborando en su actividad presente asuntos del pasado que han quedado inconclusos, generando así un conflicto que es expresado de diferentes formas, siendo las más comunes los desórdenes de personalidad.
Si bien no hay información completa acerca del número de eventos violentos que se registran en México, ya que muchos de ellos no son reportados o denunciados por las víctimas, se sabe que estos ha incrementado en los últimos años y se ven reflejados en el incremento del índice de violencia. El Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC) estableció en su ranking más reciente que México se encuentra en el lugar 16 de entre los 115 con mayor índice de violencia en el mundo (CIDAC, 2009). Si bien estas son cifras extraoficiales, la mayoría de los expertos indican que las tasas de criminalidad son cada vez más altas, especialmente en centros urbanos.
En fechas recientes, las primeras planas de los periódicos, las notas informativas de los noticiarios y los encabezados de última hora de los portales de Internet se han teñido de rojo. Información proveniente de la delincuencia que ha venido a exceder a las notas que regularmente ocupan las primeras planas de los periódicos (CASAS, 2011). Ante esta situación surge el cuestionamiento: ¿Qué origina que los individuos presenten este tipo de conductas agresivas que tienen como consecuencia cometer los actos de violencia? Ostrosky – Solís (2008) mencionan que el origen de la conducta agresiva de estos individuos se ha explicado desde diversos paradigmas que enfatizan el papel de las frustraciones, la falta de control, la ausencia de patrones de conductas alternativas, la atribución causal externa, el modelado en la adolescencia o el estrés situacional, entre otros, mismo que nos ha llevado al interés de comprender las características de los individuos que presentan este tipo de conductas, los cuales son los que comenten en un alto porcentaje dichos actos de violencia.
El objetivo de la presente investigación es realizar un análisis de las conductas que se presentan como parte del trastorno de personalidad antisocial, desde el enfoque gestáltico, tomando como referencia el ciclo de la experiencia Gestalt y la persona enferma.
























