– Me llamo Karla Deez -dijo-. Ésta es mi hija Mareta.
La niña también sonreía, y por encima del respaldo del pasajero [en el vehículo] nos examinaba con grandes e inquisitivos ojos. (…)
Cuando Karla giró a la derecha, Mareta resbaló hacia la izquierda y tuvo que agarrarse al asiento para no caer. Volvió a reír. Marjorie la contemplaba con admiración.
– ¿Qué edad tiene Mareta? -preguntó a la madre.
Karla pareció molestarse, aunque el tono de su respuesta fue amable:
– Por favor, no hable de ella como si no estuviera aquí. Si mi hija fuera una persona adulta, usted se lo habría preguntado directamente.
Redfield, J. (2004). Las nueve revelaciones. Barcelona: Ediciones B.
A menudo solemos hablar de Educación sin tener en cuenta a uno de los actores protagonistas de esta historia: el alumno. El sistema educativo ha invisibilizado al alumnado hasta el punto de concretarse en algo totalmente ajeno a la realidad que las niñas y los niños de hoy viven en nuestra sociedad. El mundo de hoy es un mundo de constante cambio, de multitud de estímulos, veloz… y, sin embargo, cuando los alumnos entran por la puerta de la escuela se les exige que apaguen sus cerebros, que durante ocho horas estén quietos atendiendo un único estímulo proveniente del maestro. Ocho tediosas horas que ni siquiera nosotros, los adultos, seríamos capaces de soportar.
Por si esto no fuera poco, además, creamos enfermedades como el trastorno por déficit de atención, problematizamos y patologizamos comportamientos que, en realidad, no dejan de ser coherentes con las necesidades reales de las criaturas a estas edades y en este contexto. Hemos construido un sistema educativo de lo más aburrido, sin ningún atractivo, que les obliga a estar quietos y, en caso de no cumplir con lo que esperamos de ellos, los castigamos haciéndolos sentir culpables, como si realmente el problema lo tuvieran ellos.
Sin embargo, para que una educación sea realmente efectiva, todos los actores se tienen que sentir partícipes. Educar a personas se ha de hacer, fundamentalmente, alimentando el ejemplo de unos valores de fraternidad (comprensión, compasión, generosidad, cariño, …), igualdad (respeto, oportunidad, mirada atenta, justicia, equidad, …) y libertad (responsabilidad, asertividad, empatía, …). El modelo educativo debería ser justamente eso, un modelo. Un claro ejemplo de aquello que pretende para los educandos.
Hoy más que nunca, debemos empezar a hacer visibles a los más pequeños, hablar con ellos directamente, preguntarles, aceptarlos, reconocerlos… Hoy más que nunca, la nueva escuela y las familias deberían empezar a cambiar su forma de actuar para dejar un espacio a las criaturas. Porque sólo desde ese espacio se puede fomentar un desarrollo sano en todas las dimensiones (físico, intelectual, académico, emocional, social, artístico, espiritual…). Hoy más que nunca debemos reconocer nuestros propios errores, aprender de ellos, y rectificar sabiamente. Y para eso no es necesario esperar a que la Administración actúe, podemos empezar desde nuestra aula, desde nuestro hogar.
























