La anterior afirmación le escuché hace ya muchos años, en voz de un distinguido maestro universitario, ya para entonces retirado, al opinar sobre aquellos profesionistas que, habiendo terminado, o casi terminado, una carrera como Leyes, Ingeniería, Medicina, etcétera, optaban por abandonar esa profesión para dedicarse a la docencia, a tiempo completo, en alguna escuela de enseñanza media, secundaria, preparatoria o incluso en alguna universidad.
El fondo de la cuestión se hacia evidente al arañar la epidermis del asunto. Se trata de personas que intentaron trabajar en determinada carrera, se prepararon para ello, o cuando menos lo habían intentado, pero al final de cuentas terminaron dando clases en algún plantel de enseñanza media, a tiempo completo, abandonando en forma definitiva el consultorio, despacho o lo que hubieran puesto inicialmente.
La hipótesis a demostrar es que, el motivo que los orilló a abandonar una carrera y buscar refugio en el magisterio fue su fracaso en el intento de triunfar o cuando menos sobrevivir en el competido medio privado. No “dieron el ancho” como abogados, médicos, ingenieros, arquitectos etc. y terminaron incrustándose en el magisterio simplemente para no morir de hambre.
Cualquiera que haya cursado una carrera universitaria recordará a sus maestros, unos buenos, otros mediocres y algunos muy buenos, verdaderas luminarias, tanto por su experiencia profesional como por su capacidad para transmitir conocimientos. Y con poco que haga memoria se dará cuenta de que esos maestros estaban contratados por la Universidad como maestros de una o dos asignaturas, no eran, ni por equivocación, maestros de tiempo completo.
No es así en el caso de las carreras “blandas” que es una de las denominaciones de las también llamadas carreras de “humanidades”. Aquí si abundan los maestros de tiempo completo, entre otras razones, por que nadie los contrata en la iniciativa privada (¿quien contrata a un “filósofo”?) ni tienen otra opción para sobrevivir, salvo que decidan poner una tienda de abarrotes.
Aquellos jóvenes que, en su bendita ignorancia, decidan cursar carreras tales como Antropología, Historia, Filosofía y otras similares deben de saber que, salvo que cuenten con un progenitor millonario y dadivoso, se verán en la incomoda situación de sobrevivir como parásitos en alguna espectral e inútil dependencia estatal, escribir ocasionalmente en algún suplemento cultural de un periódico o, en el mejor de los casos, buscar una plaza de maestro de tiempo completo para transmitir sus “conocimientos” a los nuevos y despistados alumnos. En cualquiera de estas opciones tendrán un salario mortecino. Está bien que quieran vivir como “neo hippies”, pero ¿su familia, sobre todo los hijos, estarán también de acuerdo?
Otro cantar es el magisterio egresado de la normales, o sea los maestros de las primarias y secundarias. Aquí hay de todo, aunque un primer y superficial vistazo nos muestra que abundan personajes lombrosianos, de cultura menos que mediocre, muchos de ellos alérgicos al trabajo (y al jabón y rastrillo), de temperamento irascible, altamente politizados y por lo tanto receptivos a un discurso vindicatorio y finalmente con una enorme carga de rencor social. La vida, a juicio de ellos, no ha sido justa y les debe casi todo.
Es perfectamente posible que alguno de ellos haya escogido ser maestro por tener una autentica vocación magisterial, cierto, puede ser, así como también pueden existir personas que por si mismas decidan ingresar a un seminario para terminar como misionero en el África subsahariana o como mártir en Somalia. Otros ingresan a la normal por ser esta una carrera fácil, corta, con trabajo garantizado, plaza a perpetuidad, buenas prestaciones y que además la puede heredar o vender. Otros ingresan sencillamente por que su dotación neuronal no les da para más y deciden no complicarse la vida.
¿Cuál es el resultado mensurable, tangible que nos arroja la existencia de unos “maestros” como estos? ¿Que resultados nos han dado las comaladas de maestros que año con año egresan de las normales mexicanas? No hay que investigar mucho. México ocupa, desde hace años, los últimos lugares en calidad de educación. ¿Y que estados son lo peor de lo peor en educación en México? La respuesta también es fácil, Michoacán, Oaxaca, Chiapas y Guerrero, curiosamente los mismos donde tiene gran peso esa facción denominada CNTE. Saquemos las conclusiones.
¿Remedio para lo anterior? Existe, pero nadie desea aplicarlo. Se necesita gobernantes que tengan, sobradamente, las tres C. Y de momento no hay uno solo.
Es cuanto.
























