El corazón te late con violencia, escuchas un ruido extraño en la penumbra nocturna. ¿Será una rata? ¿Un fantasma? ¿Un ladrón? ¿Un ser monstruoso? Nada.
Recordando un viejo poema, hecho a propósito de nuestros temores y surgido de una pregunta de un estudiante, “¿a qué edad ya no se tiene miedo?”. ¿Hay un momento en nuestra vida que dejamos de temer?
Cuando somos niños te llenan la cabeza de miedos y prejuicios, que si te portas mal no te traerá juguetes o Santa Claus o el Niño Dios o los Reyes Magos, que si dices malas palabras te va a salir La Llorona, la mano pachona, el señor del costal, los roba-chicos y hay uno especialmente que me decía mi muy querida tía July, “La Guachanga”. ¿Qué es o era eso? No lo sé, pero todavía al escuchar ese nombre se me enchina el cuerito. Luego surgió por ahí a final de los años ochentas Chucky, el muñeco diabólico, la cual sirvió para aterrorizar a cuanto niño la llegaba a ver —todavía conozco algunos que escuchan el nombre y les da pánico— Luego ese payaso llamado Esso (que se alimentaba de tus miedos), que provocaron el miedo —infantil y adulto—. Hay adultos que aún le temen a los payasos.
¿Pero qué es el miedo? Los seres humanos, desde que tenemos conciencia, hay en nosotros una serie de sentimientos y uno de ellos, quizá el más fuerte, es el miedo.
El miedo se encarga de estar revisando información del entorno dada por los sentidos, incluso cuando dormimos, para poder alertarnos en caso de peligro.
Cuando tenemos miedo se activa la amígdala, que se encarga de desencadenar todo el sistema del miedo, y entonces nuestro cuerpo pasa a sufrir las siguientes reacciones: nos aumenta la presión arterial, la adrenalina, se tensan nuestros músculos, los ojos se abren más y las pupilas se dilatan. Y en un momento determinado del miedo se puede pasar al pánico, que hará que se desactiven nuestros lóbulos frontales, retroalimentando el miedo y haciendo que se pierda la noción de la magnitud de éste y en muchas ocasiones el control sobre nuestra conducta. ¿Recuerdan al espantapájaros de Batman?
El miedo, que comenzó como algo positivo en grupos sociales de la prehistoria, que ayudaba a nuestros antepasados para estar al pendiente de los peligros como los depredadores, las inclemencias del tiempo y otras amenazas, ha cambiado, pues a medida que la sociedad avanza, las teorías sobre los temores fueron creciendo, siendo —ahora— utilizado en muchas ocasiones por los grandes poderes fácticos para controlar a las masas a su antojo.
Un ejemplo de esto fueron las grandes políticas autoritarias, que se apoyaban en el terror para asentar sus mandatos, como el nazismo alemán o el totalitarismo italiano, que basaron gran parte de su poder en el miedo. Por supuesto que las religiones tienen mucho que decir al respecto de los miedos que te inculcan, pues también fueron y siguen siendo utilizadas para acendrar nuestros miedos, sobre todo a ese infierno prometido con todo y sus nueve círculos —según Virgilio—, para aquellos que, en una forma u otra (tenemos penas corporales para todos los gustos, aunque el alma sea incorpórea) pecaron contra las leyes de Dios. (Me lo imagino dictando su libro de leyes, éste sí, éste no, éste sí…).
Ahora, nuestros miedos son distintos: a la pobreza, los asaltos, las balas, a un choque, a cualquier enfermedad de esas que prolongan tu agonía, a los meteoritos, las inundaciones, la corrupción, los impuestos, los malos gobernantes, las injusticias sociales, el desamor, el abandono, el no tener a alguien junto a ti, a amar y no ser correspondido, a odiar y ser correspondido al doble, a los zombis, a las mujeres malas, a las buenas, a que le pase algo malo a algún familiar, a quedarte sin empleo, a no tenerlo, a la vejez, a los buenos, a los malos, a los malos que se dicen malos pero no son pero hacen malos. Le tememos a los terremotos, a los ciclones, a la soledad, a la angustia, a la oscuridad, a no saber vivir pero, sobre todo, a la muerte.
Como pueden ver, la respuesta a esa pregunta del inicio es esta: nunca dejamos de temer, no es la edad, ni el dinero, ni los estudios lo que nos quita los temores; quizá éstos cambien, pero habrá otros nuevos que los sustituyan y eso, mis amigos, es inevitable.
Aquí lo verdaderamente importante no es que no tengamos miedos, sino que, a pesar de tenerlos, los enfrentemos y los podamos vencer. Ese, mis amigos, es el quid del asunto.























