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Por: Samuel Maldonado Bautista.

Los mexicanos, contrario a lo que puedan  pensar las más altas autoridades del país, no somos tontos y no nos tragamos las mentiras. Podemos si, ser indolentes en muchos casos, soportar los constantes saqueos que se han hecho del patrimonio nacional y hasta podemos aguantar sin vomitar a los titulares y representantes actuales de los diferentes poderes en todo el país, como lo hemos hecho con los últimos representantes del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, que se debaten en la inoperancia y en la fatuidad .

Pero no solo por lo anterior sino por la degradación y alta corrupción tenida y soportada estoicamente, es que seguimos recordando a nuestros héroes con mucho cariño y nostalgia principalmente a uno de los mexicanos más insigne por su nacionalismo y amor a México y creo, sinceramente, que en los últimos cien años no ha habido ningún representante del Poder Ejecutivo Federal que se le rememore con tanto cariño y respeto, como al presidente Lázaro Cárdenas del Río, quien falleciera el 19 de octubre de 1970, sobre todo en los momentos en los que se intenta, también una vez más, entregar dadivosamente al capital extranjero, los recursos energéticos por él expropiados.

Por este incesante acoso de las transnacionales petroleras, ahora si pareciera cierto  que el niño Dios nos escriturara un establo y que el petróleo nos lo hubiera heredado el Diablo (Ramón López Velarde) pues tan estratégico es este energético que desde siempre ha sido ambicionado poseerlo por las grandes corporaciones que representan al capitalismo mundial.

El General, al expropiar la industria petrolera en 1938, le dio al país dos herramientas muy poderosas para construir el futuro nacional: El Instituto Politécnico Nacional con su formación de técnicos al servicio de la Patria y la empresa mexicana conocida comúnmente como PEMEX, que aún con toda la corrupción que haya tenido Petróleos Mexicanos, esa acción expropiatoria ha permitido, hasta la fecha, tener un desarrollo que si bien no es lo satisfactorio que quisiéramos no se debe al desconocimiento que se debe tener de la industria petrolera o por la falta de la tecnología y de técnicos sino por la corrupción oficial que ha imperado en su administración, fundamentalmente en los últimos sexenios, la que ¡aun con esta lacra ha sido exitosa!

Permanentemente las empresas petroleras extranjeras han estado al acecho  de esta industria, de la que ya han absorbido parte de la petroquímica básica, pero no quitan el dedo del renglón de tenerla nuevamente toda.

Su avaricia les lleva, como en Honduras recientemente, a expoliar los campos petroleros, sin importarles absolutamente nada los destrozos ecológicos que causan; no tienen el interés de darle un uso racional como recurso no renovable y sólo ambicionan su control que les permitirá en un futuro tan cercano éste como las reservas del mismo vayan decreciendo, para dominar el mundo entero. Su estrategia utilizada es repartir dinero y canonjías a manos llenas a mexicanos desnacionalizados, que desafortunadamente son muchos que luego aparecerán como socios de las transnacionales.

No obstante la amarga experiencia que los mexicanos hemos tenido cuando países extranjeros han intervenido en México, mexicanos desnacionalizados participan efusivamente con ellos en encontrar la ruta más corta para permitir su privatización. El principal impulsor de este acto de desnacionalización, se encuentra atrás de la figura presidencial, misma que reiteradamente insiste en que su proyecto de reforma Constitucional no es de ninguna manera privatizadora.

Ante esta afirmación, el orador oficial del acto recordatorio del deceso del ilustra General realizado en el obelisco erigido en su honor, el Secretario de Cultura del Gobierno del Estado, Lic. Marco Antonio Aguilar Cortes y orador oficial, en la tribuna, señaló que si efectivamente no es la intención del presidente Peña Nieto de vender el sector energético a capitales extranjeros no se entiende cuál sería la razón que lo impulsa a modificar los artículos 27 y 28 constitucionales, que rigen en esta materia.

¡Más claro ni el agua!