Han pasado bastantes años desde su llegada a la capital italiana, (1966) cruzando dos continentes. Donde su destino sería viajar desde la exótica Centroamérica, de la cuál su creatividad fue envuelta en  esa exuberante vegetación propia de su patria que lo vio nacer, Honduras. Sus óleos parecen recopilar desde su mente las encantadoras añoranzas de infancia, igualmente de adolescencia, de su tierra generosa, en la cuál los  protagonistas son los campesinos, no obstante comparecerán los volantes caballos para ya proyectarlo sobre la tela texturada recreando un deslizamiento jubiloso del color de la vida.  Precisando aplicar está la autenticidad espiritual que aflora de Efraín Portillo, el poeta-artista que detiene el tiempo recordando los pasos en su inolvidable tierra. Son sus sueños que nos transportan en la conversación, son los vocablos de un encuentro casual en una típica cafetería del barrio de San Lorenzo, en las proximidades de la Universidad de la Sapienza, en Roma. Se muestra encantado de retroceder años de esfuerzos y de cambios en esta capital del arte, de un gran imperio , donde confluyeron todos los estilos y él hizo su residencia. Es el artista que entre sus exposiciones es presentado al Santo Padre, es ella su pintura que abre puertas, entrando casi silenciosamente sin preámbulos en Vaticano, donde los ángeles, el edén y los cielos fueron pintados por los maestros renacentistas que él ha admirado, es ello que lo vuelca a aprender en  esta escuela del arte,  y es su público que se deleita de espaciosidad entre apolíneos de formas, todo es parte de todo en la tela, procreando el estilo del artista centroamericano. La pintura de este trabajador de las alegorías con la identidad de los tintes, de las tramas de las figuras que son presentes, están ahí, rescatadas de la tierra , en sus personajes, en su nación. Su esposa presente  no solo en su vida sino imprescindible en su obra, su musa predilecta , su anhelo de completar con ella su labor , es eso un amor unido a una vida, sobretodo es eso un amor para siempre . La conversación, se desarrolla, en eso, en los años que han trascurrido, pero no por su piel ,  ni por su rostro, en sus cuadros se ven las etapas, que van  representando una no edad,  la juventud eterna proyectada en los lienzos.

Sus personajes entran en el lienzo casi entregándose en las manos del pintor , invitados imprescindibles ingresan, mágicos caballos, rostros fatigosos, sigilosos, cuerpos que se desplazan  casi aglomerándose a un mundo de fantasía, de fábulas en el cuál son sueños de un colorido ,  donde el predominio es el sol , y esas gotas de aire que merecen ser tramados en una espátula mágica de óleo, tranquila, calmada , como su placentero carácter. Es el verde como un motivo recurrente , ese de las hojas de los bananos , país de grandes latifundios, del azúcar , de las plantaciones de café, camaroneras , de los campesinos con sus expresiones de cansancio, de esfuerzo, amar a su pueblo es homenajearlo en su pintura como lo realiza Portillo. Su ciudad de origen es Choluteca,

( Nació allí el 18 de Diciembre, 1941), fue uno de los 7 departamentos en que se dividió Honduras en su independencia 1821, ahora una de las ciudades más importantes del sur de esta nación.

El café se ha consumido , pero nos hemos sumergido gratamente vislumbrando

el cosmos de Efraín Portillo Salinas

descubriendo pinturas definidas entre  vegetación , hombre y optimismo,

es un verdadero viaje por la Honduras hechizada … encantada.

En un             apolíneo de formas.