El asesinato, hace días, de dos adolescentes, en respuesta a una burla, ha desatado obvias preguntas y preocupaciones. Creo que todos, en la adolescencia, nos moqueteamos más de una vez en la escuela por diferencias o desencuentros con los compañeros. En primaria y secundaria era frecuente aquello de “nos vemos a la salida”. El anuncio de una pelea se esparcía luego y, a la salida, siempre había público expectante. En el Colegio Unión, donde terminé la primaria, el prefecto tuvo la luminosa idea de ordenar que los pleitos fueran en el patio, en un ring acondicionado para el efecto: nos dábamos unos puñetazos, con guantes, y… la vida continuaba como si nada.
Dejo a sociólogos y pedagogos el análisis profundo de lo ocurrido en días pasados; pero es más que obvio que padecemos una descomposición social alarmantemente grave cuyas causas son múltiples y complejas. Me ha sorprendido, desde hace años, la insensibilidad juvenil ante la violencia y la tragedia. Hace años, cuando apareció la última versión cinematográfica de Titanic, sufría yo con la vista, en la pantalla claro, de la gente que se ahogaba, mientras que a mis espaldas, los adolescentes comentaban muertos de risa: “mira, se están ahogando, ja ja”. Yo en alguna forma revivía la tragedia, pero los adolescentes se reían. No olvido en la Prepa 2, en mis clases de Historia de México, presentaba yo a mis alumnos escenas de la telenovela Senda de Gloria, donde muy realistamente veíamos la matanza de Pancho Serrano y sus compañeros en Huitzilac, octubre de 1927, me sorprendía que los adolescentes festejaran con risotadas lo que veían: cómo ametrallaban a la gente, cómo morían.
Si desde los jueguitos electrónicos presentan la muerte y la violencia como diversión, como entretención, no es posible que el adolescente se vaya formando en la idea de que la violencia, la muerte son indeseables. De los planes de estudio, en primaria, han desaparecido el civismo y la urbanidad. No es raro en el CUCSH que casi me atropellen. Yo aprendí de niño que había que dar el paso a los ancianos: que había que ayudarlos a subir una escalera, a cargar sus bultos, a cederles el paso. Me enseñaron de niño a ofrecer asiento a las mujeres y ancianos en el transporte público. Todo eso lo aprendía uno en las clases de civismo y de urbanidad.
Me repugna la preocupación de “los derechos de los niños”. Más de una vez, cuando mis alumnos me invitan a su casa, me sorprendo de que nunca se llama la atención, o se reprenda, a los niños: todo se centra en tolerar y consentir al mocoso majadero y egoísta: nada se le exige; se privilegia y se festeja todo lo que hace, aunque ofenda o moleste a los mayores o a otros niños. Toda represión y toda corrección se destierra de la educación para “no traumar” al mocoso indisciplinado e intolerante. No hace mucho terminé mi relación amistosa con una familia porque permitió que una adolescente me faltara al respeto: ¡una mocosa que se permite ofender a un anciano ochentón! En esa familia nunca se le enseñó a respetar a los demás, en especial a los ancianos. Se educa (¿¡?) sin enseñar a respetar a los demás. Todo se hubiera arreglado con que la adolescente o la familia hubieran ofrecido una disculpa, pero eso hubiera “traumado” a quien faltó al respeto.
Al niño y al adolescente se le “educa” en la cultura de “primero yo, después yo y luego yo”, porque los demás no existimos. Y luego nos extrañamos de que por un insulto en la escuela un mocoso “no traumado” se desquite matando a dos compañeros. Me extraño de la extrañeza de las familias que dejan que el mocoso, o la mocosa, hagan siempre lo que les da la gana, que ejerzan sus “derechos de los niños”, sus derechos de adolescentes.
Está de moda culpar de todo lo malo al gobierno y a la escuela, cuando la familia, el padre y la madre, son los principales responsables de la educación, o deseducación, del niño y del adolescente.
Con razón estamos horrorizados de lo que vivimos cada día: decapitados, descuartizados, robos, violencia. El asunto es sumamente sencillo y complicado a la vez: la responsabilidad de cada uno de nosotros: todos responsables de todos.
























