Ha llegado septiembre y con él las “fiestas patrias”, y junto con ellas lo que para muchos es lo importante; el “puente vacacional” y el abundante consumo de bebidas alcohólicas en la ceremonia del “Grito”.  Muchos mexicanos desempolvan su epidérmico patriotismo para gritar: “Viva México”, frase en ocasiones rematada con un: “como México no hay dos”, expresión vacía y sin sentido,  pues también como Somalia no hay dos, o como Paraguay y Francia  tampoco hay dos.

Estas fechas deberían ser propicias, para repasar y analizar el pasado y el presente de México, su historia, la verdadera, la real, no la llamada”Historia de bronce”,ese conjunto de leyendas que nos endilgaron en las escuelas, maniquea visión para adoctrinar mentes simples; analizar  las causas de su larga cadena de derrotas “gloriosas” y por qué veneramos a un catálogo de “héroes” derrotados. Conveniente resulta el repasar la larga lista de bienes con que dotó la naturaleza a nuestro país, su extensa geografía, sus enormes recursos naturales, litorales, fronteras, clima etc. para después tratar de explicarnos el por qué de la lamentable situación en que nos encontramos.

Veamos: En México la educación, por donde se le mire, es un desastre; la productividad laboral es baja, en empresas paraestatales se necesitan muchas más horas-hombre para producir “X” bien o servicio que en cualquier país del Primer Mundo; tenemos un impresionante 60 por ciento de población que vive a niveles que van de la pobreza a la más lacerante miseria; la dependencia en materia de alimentación es  preocupante, y no se diga la dependencia tecnológica. En el colmo de las tragedias, nuestra segunda fuente de divisas está constituida por remesas de mexicanos expulsados por hambre  de nuestro país.

En México la desigualdad en el reparto de la riqueza es terrible: tenemos un pequeño número de mexicanos que son dueños de más de 80 por ciento de la riqueza nacional. Para ser un país pobretón tenemos porcentualmente más millonarios que los países europeos y que los mismos Estados Unidos. Basta caminar unos cuantos cientos de metros en cualquier ciudad para ver los dolorosos contrastes entre una riqueza insultante y la miseria más espantosa.

Ahora bien, ¿De quién es la culpa? Van primero algunos antecedentes para no caer en el fácil expediente de señalar culpables ajenos cuando aquí tenemos excelentes candidatos. Recordemos que aquí, en la entonces Nueva España, en 1551 se fundó la Universidad Real y Pontificia de México (la actual UNAM) por decreto de Felipe II de España; en comparación, la primera universidad de los Estados Unidos, la de Harvard, se fundó apenas en 1636, ni más ni menos que 85 años más tarde, y la de Yale en 1701 ¡150 años después!

Resulta también que la primera imprenta de América se estableció en México, en 1539, y en los Estados Unidos apenas en 1628 ¡89 años después que nosotros! En cuanto a la solidez del peso mexicano, ni hablar: en la época de la Colonia era confiable a nivel mundial.  A la fecha de nuestra Independencia, en 1821, México ocupaba un territorio que iba desde California hasta Texas, pasando por Utah, Nevada, Arizona y Nuevo México.

¿Que pasó? ¿Por qué terminamos con apenas la mitad del territorio original y a la cola del desarrollo educativo, industrial y tecnológico? Las respuestas hay que buscarlas en muchos lados, desde un nocivo centralismo heredado de una potencia decadente como lo era España, una religión que glorifica la conformidad, la reconocida enemistad del rito católico con la ciencia, la corrupción; el influyentismo y la tolerancia con los ineficientes; reelegimos a Antonio López de Santa Anna más veces de las que podríamos creer; la Revolución iniciada por Madero, terminó quitando a unos para poner a otros, sin mayor ventaja para México. Y ya en el siglo XX, la implantación, por la fuerza, de una dictadura priísta que corrompió, al parecer de manera irreversible, a la totalidad (si, la totalidad) de la clase política y a generaciones completas de mexicanos; eso sí, no solos, sino ayudados por una prensa y una televisión serviles hasta la abyección.

Una realidad; repetidas encuestas muestran que el mexicano no está particularmente orgulloso de su país, salvo en sus expresiones meramente folklóricas y por supuesto en ocasión de los mundiales de fútbol.

México no saldrá de su atraso gritando “vivas”, agitando banderitas ni lanzando loas a los “Héroes que nos dieron patria”, ni saldremos del subdesarrollo si solo nos concretamos a lamentarnos  de nuestra “mala suerte” y continuamos permitiendo la existencia de las corruptas estructuras  políticas, educativas y sindicales dedicadas a la protección de ladrones e incompetentes.

Si no cambiamos, dentro de 50 años seguiremos lamentándonos de lo mismo.