MALA EDUCACIÓN PUEde significar la falta de enseñanza de los buenos modales —es decir, las acciones externas de cada persona— y de cortesía, o sea las demostraciones para manifestar respeto, atención y afecto a alguien. No es este el significado al cual se refiere este artículo. La mala educación puede constituir la carencia o la escasez de la enseñanza otorgada a los niños en la escuela, a mi juicio sobre todo en la primaria. Puede, además, ser el resultado de tratar de educar, aunque sea de manera eficiente, a alumnos cuyas capacidades intelectuales se han reducido como consecuencia de una nutrición igualmente deficitaria en los primeros tres años de la vida humana. El concepto, pues, es por lo menos un círculo vicioso de tres partes.
EN LA EDUCACIÓN, entendida como el paso de los estudiantes por las escuelas de párvulos, primaria y secundaria, se manifiesta también en la calidad de los maestros. Y esta, a su vez, a la calidad de la educación recibida por ellos, la cual, si también es deficiente, se convierte en un círculo vicioso cuyo inicio debe ser buscado en las últimas cinco decenas de años; por ejemplo, 1965. En ese año habían pasado cuatro lustros después del inicio del gobierno encabezado por el doctor Juan José Arévalo, doctor en Educación y sin duda alguna el mejor presidente de Guatemala desde esa fecha. En ese tiempo también ya tenían unos 20 años de experiencia los maestros cuyos estudios fueron realizados durante los 14 años de Jorge Ubico.
MI PASO POR LA ESCUELA parvularia, primaria y secundaria ocurrió entre 1954 y 1965. Es decir, justo al final de la etapa posrevolucionaria, del período liberacionista y del comienzo de los regímenes encabezados por militares, con el gobierno de Ydígoras Fuentes. En ese tiempo era indudable la calidad de los maestros —hombres o mujeres— graduados del INCA, de Belén, del Instituto de Varones y del Rafael Aqueche. Lo mismo ocurría con los grandes colegios privados de la época, y como consecuencia, la calidad de los estudiantes de la Universidad de San Carlos también era aceptable. Por ejemplo, los médicos sancarlistas tenían facilidad para ingresar en las universidades extranjeras para especializaciones y otros estudios.
ALGO OCURRIÓ EN TODO el sistema educativo preprimario y primario y, por tanto, secundario. De alguna manera, comenzó a disminuir la calidad de la enseñanza, a aumentar los feriados, a aumentar las ausencias de los maestros, sobre todo en los departamentos, donde otrora había centros educativos de primer orden. Cambiaron los programas de las asignaturas así como los objetivos de la educación, y esa calidad se convirtió en una excepción, no en una regla. Los maestros comenzaron a descuidarse y el producto educativo desmejoró. A nadie debe sorprender la baja calidad de los estudios universitarios en general, sobre todo los sancarlistas, pues los catedráticos —para colmo— eran escogidos por razones ideológicas, no por capacidad.
POR SUPUESTO, TODOS esos años no pueden ser resumidos en pocas líneas, ni es ese el objetivo del artículo. El tema me vino a la mente a causa de lo expresado por dos representantes universitarios, uno de la Universidad del Valle y otra de la Universidad Landívar. A lo largo de ese tiempo ocurrió un cambio fundamental en la autopercepción de los maestros: ya no serlo, sino ser “trabajadores de la educación”, un concepto con el cual, a mi juicio, se elimina la idea de la dedicación, del apostolado, del trabajo realizado con amor. Estas cualidades aún persisten, pero son una excepción. En ese maremágnum, lo peor: la actitud de los alumnos, para quienes el maestro es visto sin el respeto otorgado por las generaciones de hace cinco décadas.
























