Al día de hoy, México tiene un problema educativo el cual no tiene solución pronta en buena medida debido al actuar de la misma población.
En primer lugar, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la escolaridad promedio de todo aquel que se dirige a buscar algún empleo es de 9 años, es decir, secundaria concluida. Un nivel demasiado bajo para tratarse de un país con un índice de desarrollo humano medio, aunque tal vez la cifra real sea mucho más alarmante si hacemos un análisis serio sobre el tema, ya que datos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) dan cuenta que para 2010 la mitad del total de escuelas de educación superior se encuentran en manos de privados.
A pesar que el siguiente comentario puede molestar a más de uno, si somos críticos y reflexionamos sobre la realidad educativa mexicana, no existen más allá de diez escuelas de educación superior capaces de formar capital humano de alto nivel, entre las que podemos citar al Instituto Tecnológico de Monterrey, ITAM, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Autónoma de Guadalajara y Universidad Iberoamericana.
Si para la SEP el 50% de las universidades en México son privadas lo que equivale aproximadamente a 2 536 escuelas, debemos preguntarnos de forma urgente qué ocurre en esos centros educativos distintos a los citados en el párrafo anterior, qué están enseñando y cuándo se permitió que se extendieran por todo el país.
Más de uno en este punto afirmará que ante la ineficiencia del Estado para brindar educación superior se debe recurrir a la inversión privada, la cual es deseable, pues de algún modo ha logrado formar cuadros para ciertos sectores de la economía, aunque la gran desventaja de todo esto radique en las universidades montadas con mínimos o nulos estándares de calidad.
Ya en este punto vale la reflexión sobre las cifras de escolaridad en México, pues al contar con un elevado número de universidades en el país, el dato central sigue siendo de 9 años de escolaridad como promedio para la población. La pregunta obvia es referente a que de no existir esas universidades, los nueve años de escuela en nuestro país podrían caer a niveles por debajo de la secundaria terminada a otros de primaria completa o secundaria trunca, ya que de alguna manera las encuestas se ven mermadas al tener cierto número de egresados de escuelas de muy mala calidad o de institutos reconocidos nacional e internacionalmente debido a que ambos grupos son contabilizados con 17 años de instrucción aproximadamente.
A muy pocos beneficia el contar con un elevado número de centros de estudio de educación superior de baja calidad, ya que no están siendo formadores de capital humano y los posgrados que ofrecen sirven de muy poco para solucionar problemas en el mundo real y casi nunca van encaminados a la investigación y desarrollo que tanto necesitan las empresas hoy día para triunfar.
Otro asunto desalentador y que es muy característico de ese tipo de escuelas, son los empleos a los cuales pueden acceder sus egresados, debido a que se integran a trabajos que puede realizar cualquier persona con el bachillerato trunco o terminado, los cuales se centran en su mayoría en procesos de ventas y labores de oficina simples.
A pesar que el Estado tiene buena parte de culpa al permitir la proliferación de esas escuelas, la población ha sido cómplice al matricularse en dichos centros de estudio con el argumento de la mala calidad de la educación pública.
¿Acaso una universidad privada diferente a las mencionadas párrafos atrás cuenta con instalaciones, planta docente y servicios escolares de mejor calidad que la mayor parte de las escuelas públicas? Si ya sabemos el destino final de esos jóvenes egresados de malas universidades privadas, ¿por qué seguir insistiendo en esa opción?
Al día de hoy, México tiene un problema educativo el cual no tiene solución pronta en buena medida debido al actuar de la misma población.























