De entrada se debe dejar asentada una realidad; una verdadera opinión no es la simple ocurrencia que surge de botepronto al calor de la discusión sobre un tema. Tampoco es la verbalización que salta ante estímulos ideológicos. La opinión es un producto cognitivo elaborado, básicamente un juicio; y un juicio surge de la relación, según un orden coherente y lógico de conceptos; y los conceptos, a su vez, son producto de una elaboración abstracta. Si la opinión no llega a la categoría de juicio, es, a lo sumo, un prejuicio.
Las opiniones, para ser consideradas como tales, deben estar fundadas en la razón y para ser respetables es obligado que tengan argumentos para justificarlas, no solo motivos.
Ubiquémonos en nuestra realidad, aclaremos si vivimos en una época científica o si seguimos estacionados en el medioevo intelectual. De primera intención quisiéramos pensar que estamos viviendo una era marcada por el triunfo de la razón sobre el dogmatismo, una época donde existe el predominio de la inteligencia y la educación por sobre la ignorancia y la estupidez.
Pero resulta que el avance tecnológico, académico y cultural se ha dado por y para una mínima parte de la humanidad. La inmensa mayoría de la población, del país que sea, en América o Europa, ya no se diga en Africa, tienen un nivel cultural bajo o muy bajo. Viven aislados de los avances culturales y educativos aunque sean capaces de sintonizar una televisión, medio picar el teclado de una computadora o de emplear diversos equipos de avanzada tecnología que ni remotamente sospechan por que y como funcionan.
Es preocupante la pobreza cultural y credulidad del mexicano promedio. ¿Cómo, de otra manera, podemos explicar la popularidad de cosas tales como la astrología, quiromancia, iridologia, ángeles, tarot y toda esa caterva de adivinos que proliferan como hongos? ¿El gran número de convencidos en que los extraterrestres nos visitan a cada rato, como si la Tierra fuera una especie de paraíso vacacional galáctico? Y lo peor, ¿Por qué razón un importante numero de mexicanos involuciona hasta convertirse en agresivos fanáticos seguidores de un desquiciado Mesías populista? Tal vez, el problema resida en que preferimos anteponer nuestras ganas de creer en algo que nos gusta, a examinarlo detenidamente, lo cual nos conduce fatalmente al autoengaño.
Vivimos una época en la que se escucha la opinión, equivocada para mí, de que todas las opiniones son respetables. ¡Cómo van a ser respetables todas las opiniones! Si algo les pasa a las opiniones es que no son todas respetables. Ubiquémonos: ¿Qué quieren decir con “respetables”? ¿Quieren decir que no podemos criticarlas?; si esto es así, si no podemos criticar ni debatir las opiniones ¿cómo vamos a avanzar en nuestro conocimiento? Y lo que es más importante ¿cómo vamos a averiguar si estamos equivocados? Hay que respetar a todas las personas, no a todas las opiniones. Si alguien dice que la Tierra es plana, podemos argumentar en contra de su opinión, podemos darle pruebas de que está equivocado. Lo que no podemos hacer es insultarle. Si alguien afirma con toda solemnidad que los negros o los indígenas son seres inferiores pues la raza aria es superior podemos tirar a la basura semejante opinión ya que resulta evidente que no tiene nada de respetable. Si escuchamos a un intoxicado integrante de alguna normal rural o de la CNTE opinar sobre la necesidad de eliminar los exámenes de selección y permitir la permanencia indefinida de un incompetente, podemos sensatamente calificar como una imbecilidad semejante opinión.
Cuando se propone una opinión, no se propone como quien se encierra en un castillo, blindado y acorazado, no se supone que sean todas válidas, sino que están abiertas a contrastarse con pruebas y datos. Si no, no son opiniones, son dogmas, y el lugar de los dogmas es del atrio para adentro. Y la idea de que es un signo de democracia el aceptar que la opinión de un patán ignorante, incapaz de razonar su postura, vale igual que la sólida opinión de quien conoce a profundidad el tema, me parece francamente aberrante.
Todas las personas son respetables, sean cuales sean sus opiniones, por el hecho de ser personas, pero no son respetables todas sus opiniones.
Nuestra democracia ha logrado que valga igual el voto de un intelectual que el de un analfabeta, el de un científico o un vándalo anormalista, el de un verdadero periodista y el de un amanuense de turbias finanzas; pero la verdad sería mucho más democrático que no hubiera analfabetos, anormalistas ni amanuenses.
PS. Amanuense, el que escribe al dictado, dicese de los “analistas” que venden su espacio al mejor postor. Defienden lo indefendible y venden su dignidad por un plato de lentejas.
























