Los mexicanos nos caracterizamos por ser los mejores directores técnicos de la selección nacional, al mismo tiempo de ser grandiosos críticos de cine, melómanos, estrategas políticos, urbanistas y jueces. Sin embargo, de todas estas grandiosas habilidades que residen en cada uno de nosotros, el que tiene implicaciones un poquito más graves es el de juez.

Me explico.

 

 

Si recuerdan, hace no mucho tiempo se hizo bastante popular un documental llamado Presunto Culpable, en el que se nos mostraba de una manera muy cruda la podredumbre de nuestro sistema de procuración e impartición de justicia. ¿Cuántos de nosotros no salimos mentando madres del cine pensando que la injusticia en México es algo de todos los días? ¿Cuántos de nosotros no sentimos impotencia y rabia al ver el comportamiento del ministerio público y del juez? ¿Cuántos de nosotros realmente no nos encanijamos por el cinismo de los policías judiciales? ¿Cuántos no nos solidarizamos del presunto culpable porque pensamos que igual podríamos ser nosotros los próximos clientes de un sistema judicial de porquería?

Creo que el documental logró algo realmente importante: sacarnos de nuestra área de confort, de nuestra resignación ante un sistema de justicia bananero, de nuestra idea absurda de que la justicia es algo que se da únicamente en países “desarrollados” y lo único que nos queda es pedirle al santo de nuestra preferencia, que nunca, de los nuncas, lleguemos a ser clientazos de este sistema podrido o de alguno de sus adalides. Sin embargo, lo que le hizo falta al documental es sugerirnos, darnos una idea, aunque remota, de qué se debe hacer para cambiarlo. Reconozco que nos hizo pensar en lo que está del carajo, pero faltó que nos diera más pistas sobre cómo hacer para hacer que el en México el proceso judicial funcione y la justicia no sea sólo un sueño guajiro.

De hecho, hay un concepto muy importante, central, que rondó por todo el documental de manera subliminal: el debido proceso. ¿Y eso qué diablos es? Se preguntarán. Pues es nada más y nada menos que algo así como EL PROCEDIMIENTO LEGAL por excelencia del sistema de justicia de un país que se precie de ser justo y civilizado. Cuando existe el debido proceso y es respetado por las autoridades, ese caminito entre el delito y la pena se da de manera más que correcta. Se documenta cada uno de los pasos del proceso de investigación de un delito. Se registra perfectamente cada acción que la autoridad realiza para dar con el o los responsables de un delito y ubicando como la pieza más importante, LA EVIDENCIA. El debido proceso es entonces ese conjunto de acciones que la autoridad investigadora (las procuradurías y sus ministerios públicos) realizan para indagar un delito. Lo documentan absolutamente todo, recaban cualquier evidencia (onda el CSI de su preferencia) y siempre dentro de lo que la Ley establece. En el debido proceso no se fabrican testigos, ni mucho menos culpables. En el debido proceso la evidencia juega un papel determinante, no los dichos de testigos protegidos. En el debido proceso se pone a disposición del ministerio público al presunto culpable, no ante las cámaras de televisión. En el debido proceso se abre un expediente ministerial y se integra adecuadamente, con todas, absolutamente todas las pruebas que sean necesarias para demostrar la responsabilidad de un presunto delincuente. En un debido proceso, la carga de la prueba, o la obligación de demostrar la culpabilidad de un presunto delincuente es de la autoridad, no del acusado. En el debido proceso se es inocente, hasta que la autoridad correspondiente compruebe lo contrario. En el debido proceso un juez determina, como resultado del análisis de las pruebas que le presenta un ministerio público si es o no culpable. En el debido proceso la opinión pública no juzga, no sentencia, no declara culpables. En el debido proceso los medios de comunicación no son ministerios públicos. En el debido proceso impera la ley y el Estado de Derecho. En el debido proceso, todos somos iguales ante la ley.

Y todo esto va a cuento porque ninguno de nosotros tenemos los suficientes elementos para saber si Florence Cassez es inocente o culpable, pero lo que si sabemos con certeza es que la autoridad federal falló en integrar una averiguación previa, falló en presentar de manera inmediata a la presunta culpable ante la autoridad ministerial, falló en respetarle su derecho consular, falló en construir un cuento mediático de acción, falló en no respetar el debido proceso y eso, en un verdadero Estado de Derecho, contamina todo el proceso judicial.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que en el caso Florence Cassez no se respetó el debido proceso y ello provocó que no existiera certeza sobre la totalidad del proceso judicial, lo que lo vició de origen. El show mediático montado contaminó todo el proceso, fue como le llaman los expertos en justicia, la manzana podrida que contaminó el canasto.

Creo que ya es el momento de que todos contribuyamos a que el sistema de justicia penal de nuestro país cambie, de una vez por todas y la justicia no sea sólo un sueño.

Comencemos por apoyar su cambio.