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Hace ya bastante tiempo, de niño, escuché por primera vez como una persona le otorgaba a otra el apelativo de ser “el Perro del Hortelano”, aquel que ni come ni deja comer. Comprendí bien el significado de este dicho, que sigo escuchando en alguna ocasión cada vez que regreso a España. Lo que no sabía cuando oí por primera vez esta expresión, es que en una futura etapa de mi vida la podría aplicar tan bien. No a una persona, sino a un conjunto de ellas: los ciudadanos y ciudadanas PH.
En muchos lugares del mundo existe cierta especie de rechazo, desconfianza, extrema vigilancia… a las actividades solidarias. Esta actitud es llevada a cabo por gran parte de la sociedad, aunque sobre todo, por aquel sector de la población que posee un perfil muy característico: no tiene interés ni experiencia en ninguna actividad solidaria. Ni en países en Vías de Desarrollo, ni en su propia localidad. Ni con personas cercanas, ni con personas desconocidas. Suele tener mucho trabajo o asuntos pendientes, y es por ello que le queda poco tiempo para ese tipo de actividades altruistas. Es a este sector de población, a quien dedico el peculiar título de este texto.

Quizá se podrían incluir algunos matices más a la descripción de este tipo de ciudadano o ciudadana: por ejemplo el no estar informado de qué posibilidades hay para combatir la pobreza o sus causas, ni tampoco querer estarlo. Y como no, el ciudadano Perro del Hortelano no siente algún tipo de responsabilidad o culpa en el hecho de que haya, por ejemplo, mil millones de personas que pasan hambre en el mundo. La descripción se completaría con una segunda parte: el ciudadano PH es, a la vez que todo lo anterior, el primero en valorar y criticar cualquier iniciativa solidaria. Es más, opina sobre ellas como si fuera la persona más capacitada y experta en la materia. El resultado de sus opiniones es en la mayoría de los casos negativa o de rechazo, y suele ir ligada a la justificación de su poca o nula implicación en todo aquello que rodea la solidaridad: mejor ayudar a nuestro país que también hace falta, quien me garantiza que la ayuda llegue, las ONG están politizadas, el que se va a trabajar al Tercer Mundo es porque huye de algo, las voces contra el hambre o del deterioro del Medio Ambiente son demagogia…los argumentos de rechazo hacia lo solidario pueden ser infinitos. En definitiva, el ciudadano PH no es solidario… ni deja serlo. Ni ayuda, ni deja ayudar.
Tratando de ser razonable, la primera parte del comportamiento de este sector de la población es en cierta medida entendible: para ser una persona solidaria hay que modificar hábitos de consumo y estilo de vida, pensar en los demás, tomar conciencia, y una serie de cosas que requieren un cambio de actitud y sobre todo, asumir que si no se es una persona solidaria no es por no poder, sino por no querer. Quizá ya no entiendo tan bien la segunda parte de la actitud del ciudadano PH: el rechazar la labor solidaria de otras personas. Aunque de nuevo, e intentando ser razonable, esta forma de actuar es un clásico del ser humano: criticar el comportamiento ajeno para justificar el propio, cuando éste sea erróneo.
Es posible que quien lea este artículo comience a desarrollar cierta repulsa por este tipo de ciudadanía. Sin embargo, y por el bien del mundo al revés en el que vivimos, de lo que se trata es de cambiar pacíficamente la actitud de los ciudadanos PH: aceptándoles, entendiéndoles, y modificando su actitud desde un comportamiento integrador. ¿Cómo? Predicando con el ejemplo, y mostrando el camino a seguir. ¿Es una tarea fácil? No lo es, pero nuestro mundo se lo merece, y la ciudadanía PH le perjudica mucho más de lo que imaginamos. A partir de ahí comencemos a dar ejemplo: siendo solidarios, y contribuyendo a que otras personas también lo sean.
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