Las alianzas del PAN-PRD son simple y llanamente para evitar que el tricolor gane elecciones.

El primer e inmediato análisis de la elección del pasado 4 de julio ha sido ?las alianzas funcionan?, de hecho en términos reales de confirmarse los resultados hasta hoy conocidos sólo Jorge Herrera en Durango llegaría sin hacer alianzas, pero la expresión se aplica específicamente a la alianza PAN-PRD que mostró que existe una forma, al menos a nivel estatal, para detener lo que parecía la aplanadora priísta.

Es pronto para adelantar si ese fenómeno se puede repetir en otros estados porque no sólo se requiere a los partidos, sino a candidatos que encabezan esas alianzas, por el momento no se ve a un Gabino Cué, a un Mario López Valdez o a un Moreno Valle en Coahuila, Nayarit o Edomex que son los tres estados priístas que tendrán elecciones antes de la elección presidencial. El discurso de las dirigencias del PAN y del PRD de que las alianzas son el instrumento para buscar el cambio en estados de caciquismos priístas no deja de ser retórica, sus alianzas son simple y llanamente para evitar que el PRI gane, sin más calificativos, por ello hicieron también alianza en Chiapas y, por ello, ya piensan en una posible alianza en Guerrero, donde ahora se dirá que es una alianza para que no haya cambio o, en sus palabras, para no regresar al pasado, las palabras son lo de menos, las alianzas PAN-PRD son una especie de realismo electoral, son una forma de decir ?para competirle al PRI sólo aliados, aun en los estados que gobernamos?.

Otra mirada

Pero otra lectura de los resultados del 6 de julio, también válida, es el reclamo ciudadano por un cambio, no importa si son alianzas o no alianzas, apenas así se entiende­ que de las 18 gubernaturas que se han disputado entre el 2009 y el 2010, y de las 24 capitales de estado, haya habido alternancia en nueve estados y 11 capitales; es decir, la mitad de esas posiciones ha cambiado de partido en el gobierno y ahí han sido derrotados todos los colores con o sin alianzas, con buenos o con malos candidatos, los ciudadanos buscan cambios y deciden dar oportunidad a nuevos actores, eso se llama alternancia y parece ser una característica muy presente en dos años de comicios en México, que les sirva de experiencia a quienes hoy gobiernan cada rincón del país.

En las condiciones actuales del sistema de partidos en México, ningún instituto político posee 50% de los votos, nadie se ha acercado siquiera a 45% a nivel nacional desde 1994, por ello cada vez que los otros dos partidos grandes hacen una alianza, en ese momento hay competencia; si el PAN y PRI se unieran en el DF seguramente el triunfo del PRD que domina desde 1997 se pondría en riesgo en todas las delegaciones; si el PRI y el PRD se unieran para competir contra el PAN en Guanajuato, seguramente el bastión más fuerte del PAN estaría en entredicho, y de la misma manera las alianzas PRD con PAN son competitivas de inicio en todos los estados priístas, en cada caso la definición la darán los candidatos. Una vez establecido que cada partido puede aliarse para buscar beneficios electorales, la pregunta es ¿con cuál debe aliarse? ¿Con cuál partido puedo transitar no sólo en la contienda electoral sino en un gobierno? Y justo ése sigue siendo el cuestionamiento a las alianzas que este año vimos, ¿cómo harán coincidir sus visiones de gobierno que, aunque lo nieguen, son lejanas? Me atrevo a decir que poco influirán los partidos y que cada gobierno tendrá el estilo y la ideología personal del candidato que ganó, por ahí otorgará algunas posiciones para pagar compromisos, pero hasta hoy ninguna de los tres gobernadores que han llegado con esa alianza han podido convivir con ambos y terminan quedando mal con alguno.

Entre todos los ganadores y perdedores del 4 de julio, el que más gana, por mucho, es Felipe Calderón, no sólo porque se detiene al partido que parecía ya cogobernar, sino porque una derrota de las alianzas hubiera sigificado un handicap negativo en la renovación de su dirigente en diciembre, la oposición interna reclamaría los malos resultados del 2009 y el 2010 e intentaría poner un dirigente no afín al Presidente; hoy ese escenario es más favorable para el Primer Mandatario, ya puede estar pensando si se reelige a Nava o se promueve otra dirigencia. Al final, el Presidente del PAN durante la contienda por la candidatura presidencial de ese partido será quien Calderón decida, ése no es un triunfo menor.

Y por último, sin duda para las encuestas estas elecciones arrojan un saldo negativo, más allá de explicaciones racionales o justificaciones la percepción, que a fin de cuentas es la materia de la que se nutren las encuestas preelectorales, es que los estudios demoscópicos fallaron. De nada sirve decir que el porcentaje de aciertos fue mayor a 95%; o que no hubo una sola encuesta de salida, de cualquier empresa y en cualquier estado, que equivocara al ganador; o que los conteos rápidos resultaron como siempre precisos. La percepción de que las encuestas fallaron se genera por un simple y válido motivo: los porcentajes obtenidos difieren de lo que preveían en su conjunto todas las encuestas conocidas e incluso las encuestas de salida.