ESCRITORIO DEL EDITOR.

Los países que hasta hace poco se distinguían por sus grandes rezagos y por la brutal desigualdad entre su población, incluida su abultada cantidad ciudadanos de pobres, ¿cómo solucionaron el problema?

1.- Encontraron que la única manera eficiente e inteligente para combatir la pobreza fue apostarle al crecimiento económico, para ello decidieron adoptar las políticas públicas fiscales que promovieran la inversión.
2.- Optaron por brindar educación de calidad a sus habitantes.
3.- Decidieron con seriedad impartir justicia.
4.- Consiguieron los recursos económicos en cualquier parte del mundo para invertirlos en infraestructura y abrieron los espacios a las empresas para que se establecieran con el objeto de que generaran empleos e impuestos.
5.- Proporcionaron seguridad jurídica y física a los inversionistas y adecuaron la legislación laboral para que fuera competitiva.
6.- Se impusieron combatir la corrupción con determinación.
Lo demás es palabrería de probada ineficacia.

Algo indispensable para que este cambio funcione es obligarnos a la clara rendición de cuentas en los tres ámbitos de gobierno, es inaceptable la opacidad con que manejan los recursos públicos, en particular los gobiernos de los Estados y municipios.

Resulta obvio que en México carecemos de una buena infraestructura, faltan puertos, aeropuertos, carreteras, sistemas de comunicación eficientes, internet de alta velocidad, trenes interestatales y urbanos, petroquímicos, generación eléctrica abundante y confiable, explotación petrolera en aguas profundas, obra hidráulica etc. También es evidente que el Estado no tiene los recursos para modernizar al país. ¿Qué hacer? Conseguir el capital que esté dispuesto a invertir en México con reglas claras.

Se debe hablar directamente con el pueblo, explicarle los motivos y la razón del atraso, proponerle un plan de avances concretos, con tiempos definidos, si hay trasparencia en las asignaciones de los diferentes proyectos y se garantizan las inversiones, se podrán generar millones de empleos en un lapso corto, se mejorarían los ingresos públicos, la ciudadanía tendrá mejores oportunidades de conseguir trabajos mejor remunerados, tendríamos servicios públicos de primer nivel y se revitalizaría el raquítico mercado interno.

Si sometemos estas propuestas al laberinto legislativo, implicaría condenarlas al fracaso, los legisladores son prolijos y obedecen a ideologías partidarias, aunque la mayoría de éstas lastimen a sus electores.

México no evoluciona porque los actores políticos son los mismos desde hace muchos años, los profesionales del columpio, de vez en cuando incrustan una cara nueva pero condicionada para obedecer los mandatos de sus jefes; son minoría los auténticos innovadores y progresistas que, en la práctica, resultan aplastados por esa masa pestilente y corrupta que tienen arrinconadas a las mayorías del país a padecer la indigencia.

Es empresario y analista político.