Estando ya en la celebración del  Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, me he dado cuenta que, entre varias decenas de artÃculos y comentarios referidos al tema, hay una omisión general de lo ocurrido en 1820 –el año previo a la Declaración de la Independencia- y un acuerdo tácito para denigrar nuestras principales figuras de la Independencia que, por ser general, parecerÃa que obedece a una consigna oficial o, en el mejor de los casos, a una autocensura de quienes han escrito sobre ello.
Tal es el motivo de este escrito con el que no pretendo reivindicar a nadie, no ofender a persona o grupo alguno, ni tratar de modificar hechos históricos que, si bien son poco mencionados en nuestros “libros de historiaâ€, muchos prestigiados escritores –nacionales y extranjeros los han tratado y divulgado en el mundo entero. Me concreto a resumir, en lo posible, lo escrito por historiadores de la talla de Lucas Alamán, José Banegas Galván, José Vasconcelos, Alfonso Junco, Lesley Byrd Simpson, Joseph H. L. Schlarman, entre otros, por ello y en obviedad de tiempo, en general no pongo entrecomillados los párrafos que de ellos entresaqué y me concreto a mencionar –al final del artÃculo- las obras consultadas.
Después de la fallida aventura de Francisco Javier Mina, iniciado con su desembarco en Tampico el 15 de abril de 1817 y concluida con su fusilamiento el 11 de noviembre de ese mismo año, el movimiento insurgente quedó prácticamente aniquilado, con tan sólo la supervivencia de Vicente Guerrero –habÃa rechazado el perdón que por medio de su padre le ofrecÃa el Virrey- y de Pedro Ascencio Alquisira con sus guerrillas que actuaban en el sur del paÃs. Aunque el Virrey contaba con suficientes tropas para acabar con ellos, sabÃa del alto costo en vidas e implementos que implicaba, por lo que casi los toleró y hubo una aparente calma de casi tres años.
Mientras casi nada importante ocurrÃa en México, en la PenÃnsula se daba la insurrección del coronel Rafael Riego, quien el 1° de enero de 1820 obligó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. La insurrección de Riego se impuso casi en forma incruenta por habérsele unido los liberales y los masones que, de tiempo atrás, venÃan luchando por destronar al Rey e imponer la citada Constitución de 1812, plagada de normas anticlericales y respaldada por la llamadas Juntas Patrióticas que, por su proliferación y excesos, fueron suprimidas por las mismas Cortes el 21 de octubre de 1820. El partido constitucionalista español –entre cuyos dirigentes sobresalÃan eminentes masones- se dividió en dos grupos principales, los extremistas y los moderados, aquéllos tratando de imponer leyes anticlericales y contando con la mayorÃa de los diputados que representaban en las Cortes a México y otras regiones del Imperio Hispano-americano. Lucas Alamán dice que, cuando las Cortes de España estaban suprimiendo y encadenando a las órdenes religiosas, un diputado de México pidió y obtuvo la supresión de los betlemitas, dedicados a la educación pública, la de los hipólitos –que cuidaban a los locos- y la de los juaninos, que atendÃan a los enfermos, además de los jesuitas y otras órdenes ya suprimidas en España.
Estas noticias alarmantes llegaron a México en abril de 1820 que, como es natural, causaron gran inquietud entre peninsulares, criollos y mestizos que veÃan, unos como una nueva era de libertad para el paÃs, otros como campo propicio para aumentar su riqueza –como ya habÃa ocurrido antes- con la supresión de la órdenes y la incautación de sus bienes. Pero muchos hombres reflexivos, asà españoles como criollos, temÃan que tales noticia fueran precursoras de una nueva erupción violenta de quienes todavÃa pretendÃan la independencia de México y que se contaban por miles y miles.
Con tales antecedentes, y siguiendo la ya ancestral costumbre, surge el Plan de La Profesa –llamado asà por haber sido iniciado por MatÃas Monteagudo, Superior del Oratorio de San Felipe, en la iglesia de ese nombre en México- en donde hombres prominentes se reunÃan con la idea de encontrar un plan que evitara los horrores de una guerra, como la que aún no terminaba del todo, pero también y quizá como intención principal, con el oculto fin de impedir que el paÃs obtuviera una independencia total de la corona española. AsÃ, encontraron una fórmula que, por cierto, poco diferÃa de la forma de pensar de Hidalgo: Fernando VII, ahora forzado por la insurrección de Riego, como lo fue antes por la invasión napoleónica, contra su voluntad habÃa jurado la Constitución de 1812, por tanto era inválida en México y, mientras no quedase libre, la Nueva España debÃa ponerse en manos del Virrey Apodaca, que gobernarÃa según el código antiguo (Ley de Indias), especialmente adoptado para las necesidades de México. Los criollos tendrÃan iguales derechos polÃticos que los peninsulares y, a la libertad absoluta del monarca español se decidirÃa qué camino tomar.
El Plan parecÃa, a más de conciliador, factible de realizar y sin derramamiento de sangre si encontraban el hombre adecuado para llevarlo a la práctica, hombre que debÃa ser de armas, de gran influencia con los soldados y, sobre todo, de gran magnetismo o atracción personal; pensaron que ese era el Coronel AgustÃn de Iturbide.
Iturbide, como es bien sabido, habÃa nacido en Morelia el 27 de septiembre de 1783, era hijo de español (vasco) y mexicana criolla, ambos de bastantes recursos económicos y buena educación que les permitieron dar a su hijo una formación integral, primero en el seminario de Valladolid y después, a los 15 años de edad, como administrador de la hacienda paterna. Al poco tiempo abrazó la carrera de las armas y a los 22 años se casa con Doña Ana MarÃa Huarte, otra ilustre moreliana e hija de no menos ilustres padres.
Debemos recordar que cuando Hidalgo llegó a Valladolid habló con Iturbide y le prometió hacerlo Teniente General si se unÃa con sus fuerzas al movimiento insurgente, cosa que no aceptó Iturbide y, más tarde, en su manifiesto de Liorna, se justifica diciendo que se rehusó entonces porque le pareció muy mal trazado el plan de Hidalgo, que no conseguirÃa su objetivo y que todo se traducirÃa en desorden, violencia, destrucción y derramamiento de sangre. Tal parece que el conocimiento que Iturbide tenÃa de la polÃtica y recursos bélicos de la corona española –elementos desconocidos o ignorados por Hidalgo- le hicieron ver proféticamente que el movimiento Insurgente estaba condenado a un largo e infame camino o al fracaso total, a pesar de que él –en su interior- deseaba la total independencia de México.
La idea del pensamiento interior de Iturbide no es mÃa, es Don Alfonso Junco quien dice: “En el fondo de su corazón él (Iturbide) querÃa la independencia. México, que ya tenÃa 300 años de edad, semejaba a una hija de familia que llegaba a la edad en que anhelaba establecer su hogar. El deseo de la independencia era un natural resultado del desarrollo polÃtico, y México habÃa recibido de España una civilización maravillosa, admirada por Alejandro de Humbolt, unas Leyes de Indias, que son un monumento de sabidurÃa magnánima, la paz de tres siglos y, en general, un buen gobierno en manos de virreyes a veces sumamente competentes, justos y paternales, como Mendoza, Velasco, Revillagigedo y otros, y sólo habÃa que lamentar abusos que se presentan en todo gobierno, y en todo paÃs y en las colonias de toda nación. Todo eso habÃa quedado trastornado al ser España invadida por Napoleónâ€.
Una cosa que hemos olvidado la mayorÃa de los mexicanos, incluida una multitud de morelianos, es que, en su tiempo, Iturbide se puso de parte de la conservación del orden, representado por el gobierno del virrey, tal y como lo hizo George Washington al pelear por Inglaterra durante la guerra contra los franceses y contra los indios americanos. Nunca he sabido que en Estados Unidos alguien o algún grupo o partido –de cualquier tendencia ideológica- lo haya tachado de traidor, como algunos la han hecho (y lo siguen haciendo) con Iturbide.
Para cuando se elaboró el Plan de La Profesa, Iturbide tenÃa 37 años, no comandaba tropas, llevaba una vida sin contratiempos y hasta rica -quizá con ratos licenciosos con la hermosÃsima “Güera RodrÃguezâ€- en la ciudad de México, pero le inquietaban las noticias recibidas de España y estaba atento a los acontecimientos que pudieran llegar, es decir, le pasaba lo que a todo militar retirado en cualquier parte del mundo: mudo temporalmente, pero no ciego a los acontecimientos polÃticos de su patria. Asà las cosas, es seguro que Apodaca percibió el rumor de que algo se fraguaba o fue informado por algún indiscreto o espÃa del propio virrey, por lo que habló con Iturbide de las terribles circunstancias por la que pasaba Fernando VII y de sus consecuencias en la Nueva España, pero ninguno de los dos se comprometió a nada, y en la nada hubiera quedado aquella reunión a ser por lo ocurrido en Veracruz cuando, el 30 de mayo de 1820, Apodaca se enteró que desde el 24 de marzo se habÃa recibo el sobre sellado con la Constitución de Cádiz y que el gobernador, José Dávila, presionado por los comerciantes españoles de Veracruz (casi todos ellos pertenecientes a diferentes logias masónicas) habÃa jurado tal Constitución y comprendÃan las ventajas que les proporcionarÃa su espÃritu anticlerical. Apodaca, temiendo se repitiera lo acaecido en Veracruz, juró la constitución al dÃa siguiente.
Aunque Apodaca tuvo que moderar las cláusulas y provisiones antieclesiásticas –aprobadas por presión de los masones que dominaban el Congreso de Cádiz- para evitar la resistencia popular, el hecho de haber aceptado tal Constitución cambió totalmente el panorama y visión de los integrantes del Plan de La Profesa y, en general, de la mayorÃa de criollos y mestizos, abriendo el camino para que los inconformes fundamentaran su ambición de una total independencia.
Iturbide rumiaba las ideas que hacÃa tiempo habÃa concebido y pensaba que, de tener algún alto mando en el ejército, él podrÃa conseguir la independencia sin el derramamiento de sangre por ambos bandos que, desde su inicio, se habÃa distinguido esta guerra de casi diez años. Una vez más fue favorecido por la suerte (quizá ayudada ésta por las intrigas palaciegas con el virrey) al renunciar el General Armijo por motivos de salud (como a veces sucede en este siglo XXI) a la jefatura de la zona meridional -Michoacán y Acapulco- y Apodaca lo designa sucesor en tan importante cargo militar que incluÃa, entre otras cosas, la lucha contra Vicente Guerrero y sus seguidores. Antes de salir a su nuevo cargo logra que se le nombre General Brigadier y se le asigne su antiguo batallón de Celaya, con el que habÃa logrado importantes victorias sobre los insurgentes.
Salió de México el 16 de noviembre de 1820 con 2479 soldados, y el dinero dado por el Virrey, muchos de los cuales eran de tierra frÃa y no ocultaban su disgusto al verse obligados a marchar y luchar en una de las zonas más calientes e insalubres de la República, además que muchos habÃan escuchado de las múltiples derrotas que Vicente Guerrero habÃa infringido, con su sistema de guerrillas, a fuerzas realistas que los superaban en número. Iturbide, con su trato afable y convincente –o con la insidia que le atribuyen sus detractores- aplacó a los inconformes y confió sus planes a uno de sus oficiales, Francisco Quintanilla, y más tarde al resto de los oficiales que, en forma increÃble, guardaron el secreto.
Los primeros encuentros con las fuerzas de Guerrero le significaron serios descalabros, aunque no fueron derrotas francas, por lo que se dio cuenta de lo mucho que se prolongarÃa la lucha en esas condiciones y decidió pactar con los insurgentes escribiendo, el 10 de enero de 1821, una carta a Guerrero en la lo instaba a someterse al Virrey y conseguir la paz del paÃs. Guerrero le volvió la petición pidiendo a Iturbide que él, y sus fuerzas, se pasaran a su lado para conseguir la pronta independencia, a la que dio respuesta el 4 de febrero enviando a Antonio Mier y Villagrán para que conferenciaran con Guerrero en Chilpancingo. Al tiempo que despachaba a varios agentes confidenciales a informar a otros jefes insurgente, Negrete y Torres entre ellos, escribÃa al Virrey Apodaca para darle a conocer que Guerrero habÃa aceptado someterse pero que, para no apresurar ni poner en peligro el pacto, era conveniente dar a Guerrero el mando del sus tropas, un tanto inconformes por la irregularidad en sus pagos y que él se habÃa comprometido a regularizar, por lo que requerÃa dinero para concretar sus planes.
Iturbide mandó detener un convoy que transportaba 525,000 pesos que, supuestamente, los comerciantes mexicanos mandaban a Manila para su inversión en las casas que comerciaban productos con la Nueva España, aunque la mayorÃa de los escritores y comentaristas de la época, Lucas Alamán entre otros, coinciden en que muchos ricos comerciantes, estando secretamente a favor de la independencia, simularon tal envÃo para hacerlo llegar a Iturbide sin despertar sospechas y sin malquistarse con las autoridades virreinales. Asà las cosas, el 24 de febrero de 1821 Iturbide firmó y proclamó su famoso plan, en la población de Iguala que le dio nombre, y mediante el cual se lograba la paz y la independencia de México, El Plan de Iguala.
Sobre el Plan de Iguala, el historiador Lesley B. Simpson (1891-1984, Profesor Emérito de la Universidad de Berkeley, Cal.) dice: “El plan de Iguala hecho por Iturbide tenÃa muchas cosas que lo recomendaban a un paÃs cansado de guerras. Proclamaba la independencia completa e inmediata de España, agradando al mismo tiempo a los criollos y a los insurgentes; proclamaba también el trato un trato igual para criollos y españoles, atenuando con eso la alarma perpetua de los gachupines; proclamaba asimismo la supremacÃa de la religión católica y la intolerancia para las demás y, lo más asombroso y significativo de todo, colocaba las garantÃas de todas esas cosas en manos del ejército, que por ese motivo se llamó Ejército de las Tres GarantÃas o Trigaranteâ€.
El plan, que previamente habÃa sido impreso en la ciudad de Puebla, el mismo dÃa de su proclamación fue enviado al Virrey, al Arzobispo de México, a muchos generales y a las Cortes de España, fue dado a conocer a todos los oficiales de su ejército reunido en Iguala, siendo jurado por todos ellos al dÃa siguiente; le ofrecieron a Iturbide el tÃtulo de Teniente General, pero no lo aceptó y optó por el de Jefe del Ejército de las Tres GarantÃas.
En el mismo plan se daban las normas para establecer una monarquÃa constitucional que, unido a la intolerancia religiosa antes mencionada, ha provocado acervas crÃticas que subsisten después de casi doscientos años porque, dicen, revelaban las secretas ambiciones de su forjador, pero tales crÃticas se olvidan del espacio y del tiempo, juzgan con la mentalidad y entorno del año 2010 lo planeado entonces. Para explicar la intolerancia religiosa basta observar lo que ha pasado –y pasa- en muchos paÃses, Inglaterra por ejemplo: Se deben recordar las sanguinarias medidas que impuso Isabel I, que fueron complementadas, sucesivamente más enérgicas, hasta tiempos de Jorge II, con una serie de leyes para abolir la religión católica; el primer proyecto –llamado de Alivio para los Católicos- fue rechazado en 1778 y tan sólo se consiguió la aprobación de una mÃnima parte en 1810, siendo hasta 1829 en que fue sancionada. TodavÃa en 1926 fue que se abolieron muchas disposiciones anticatólicas que, aunque casi no se aplicaban, eran vigentes.
El haber elegido el sistema monárquico se debió a que era la mejor forma de gobierno conocido en la época, todos los paÃses europeos tenÃan monarquÃa y no habÃa de dónde escoger, ya que el intento de la efÃmera y sanguinaria República de Francia –asesinada por Napoleón Bonaparte- habÃa dejado amargos recuerdos, y el posible ejemplo de la aún joven república de los Estados Unidos tenÃa antecedentes y consecuencias totalmente diferentes a las de México, puesto que en las colonias que la formaban (ocho) sus gobernadores eran designados por la Corona y la asamblea legislativa era elegida por un pequeño número de ciudadanos privilegiados, es decir, no hubo independencia y no todos los ciudadanos eran iguales.
Lo que sigue es muy conocido por lo mucho que sobre ello se ha escrito, la salida de Apodaca y la llegada del último Virrey Juan O’Donjú el 30 de julio de 1821; el Tratado de Córdoba que abrió la puerta para la proclamación de Iturbide como regente y después como emperador; la triunfal entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, “coincidentemente†el dÃa en que Iturbide cumplÃa 38 años, y su famoso desvÃo para marchar bajo el balcón de la “Güera RodrÃguezâ€.
Vinieron después las disputas y pleitos para la integración del Congreso Constituyente que, con la Regencia, debÃan gobernar al paÃs; las luchas entre las Logias (Escocesa y Yorquina) por la preeminencia en el Congreso, la defensa de Iturbide que en el Congreso hizo Don ValentÃn Gómez FarÃas, su coronación como Emperador de México el 21 de julio de 1822; la caÃda del imperio y el destierro del monarca, que salió de Veracruz el 12 de mayo de 1823.
La realidad de México en este año 2010, Bicentenario de la Independencia, y según mi particular punto de vista, es que nunca hemos tenido una auténtica república, desde su nacimiento siempre ha sido un régimen personal, de mando único de quien ocupa la presidencia. Durante los casi setenta años de partido único, y durante los diez que van de alternancia, el que manda y dispone es el presidente que, en el mejor de las casos busca –y casi siempre obtiene- el respaldo del legislativo. Lo que sà conseguimos, quizá tardÃamente, fue acabar con los “planes†que fueron un distingo para México desde los ya citados, siguiendo con el Plan de Casa Mata (1823), Plan de Ayutla (1854), Plan de Tcubaya (1857), Plan de la Noria (1871), Plan de Tuxtepec (1876), y los muchos que hubo durante el primer tercio del siglo XX, que fueron sino una forma de justificación para apoderarse del gobierno por la fuerza, por lo que cabe aquà lo escrito por un historiador en 1941: “La fuerza sólo puede ejercerse por los militares, luego el Plan es el instrumento por el cual un jefe militar presenta su conducta como aceptable a todo el paÃs. Los Planes algunas veces significan algo, y más a menudo quieren decir que alguien quiere el poder y lo que éste trae aparejado. Todos los gobiernos de México, desde Iturbide hasta hoy, han sido implantados por la fuerza de las armas y justificados por en Plan. Asà pues, el Plan debe considerarse como la constitución fundamental del paÃsâ€.
Yo encuentro razonable que el actual régimen federal trate de no “hacer olas†con la figura de Iturbide –de lo contrario agregarÃa otra macha a la piel de tigre que lo distingue- pero el que se permita, peor aún, que se promueva la denigración de las figuras de Hidalgo y Morelos me resulta inexplicable, como también es inexplicable el sospechosos silencio de los llamados “grupos liberales†(las logias masónicas, entre ellos), que se han unido a esta oscura conspiración.
BibliografÃa consultada:
Alamán Lucas. Historia de México, III.
Banegas Galván Francisco. Historia de México, I.
Bravo Ugarte José. Historia de México.
Byrd Simpson Lesley. Many Mexicos.
Schlarman Joseph H.L. México, Tierra de Volcanes.
Junco Alfonso. Un Siglo de México.
Vasconcelos José. Breve Historia de México.
























