“La mayorÃa de los héroes es como algunos cuadros, para estimarlos no hay que verlos demasiado cercaâ€: Rochefoucauld
Se llegó el dÃa. Este pasado miércoles celebramos el tan justamente sonado bicentenario de nuestra independencia, es decir festejamos y celebramos la libertad y la autodeterminación que, aun no plenas, alcanzamos entonces como nación.
Lo primero que me viene a la cabeza al recordar la lucha por la independencia es que la historia –lógicamente- en gran medida en nuestro paÃs ha sido escrita y contada, preponderantemente, desde una perspectiva parcial -no necesariamente falsa, simplemente incompleta- por un grupo polÃtico que detentó de manera monopólica el poder durante décadas, cuya ideologÃa influyó de manera determinante para que ciertos hechos y ciertos actores fueran exaltados y reconocidos y otros, en cambio, fueran menospreciados o llanamente excluidos a pesar de tratarse de sucesos o personajes que en su momento se significaron por representar nobles ideales y al igual que los que han acaparado la mayorÃa de los tributos estuvieron dispuestos a sacrificarse por la patria.
Afortunadamente la historia se reescribe cada dÃa y en los últimos años, desde diferentes foros, se nos han ido presentando nuevas versiones de nuestro pasado en las que, haciendo justicia, se nos describen más humanos, con sus aciertos y con sus yerros, a los otrora inmaculados próceres de la Independencia o de la Reforma o de la Revolución, por ejemplo.
Simplemente preguntémonos ¿por qué celebramos, los mexicanos, el inicio de la Independencia -16 de septiembre de 1810- y no su consumación -27 de septiembre de 1821-, como lo hace prácticamente la totalidad de los paÃses verdaderamente democráticos en el mundo? Esta pregunta cobra más relevancia si consideramos que ni a Hidalgo ni a Allende, cuando arrancaron en Dolores Hidalgo el movimiento libertario, les cruzó por la mente, ni remotamente, la idea de independencia. Ellos se levantaron en armas contra “el mal gobierno†que se sufrÃa en la Nueva España, pero sus acciones no sólo no se planearon contra la corona española sino hasta en su defensa debido a la invasión francesa, lo cual fue patente desde agosto de 1808 cuando el pueblo de San Miguel el Grande envió una carta al Virrey en la que ponÃa a disposición las vidas de sus habitantes, resueltos a darlo todo en contra del invasor Napoleón y que se refrendó dos años después en la madrugada del 16 de septiembre con el grito de ¡Viva Fernando VII!, entre otras consignas.
No se trata de desacreditar a Hidalgo o a Juárez o a Zapata o de enaltecer sin razón a Iturbide o a Miramón o a cualquier otro. No, se trata simplemente de redimensionar con honestidad las ideas y las acciones de cada quien, valorando y festejando todas aquellas aportaciones que de gran provecho hicieron a la vida polÃtica y social de nuestra patria, pero también deplorando aquello que significó abuso, arbitrariedad y violencia, haya sido quien haya sido él o los autores más allá de cualquier afinidad en convicciones o creencias, es decir, reconstruyamos la historia lo más objetivamente posible, desterrando tanto la “sacralización†como la “satanización†que han construido pasados gobiernos, parcial e injustamente por intereses ideológico partidistas, de la mayorÃa de quienes han sido protagonistas de los momentos definitorios de nuestro derrotero polÃtico.
Ahora bien, además de rendirles, justamente, honor a los héroes de la Independencia ¿qué podemos asumir para nosotros de esta conmemoración? Lo menos es reflexionar sobre qué debemos hacer y de qué manera, tanto sociedad como gobierno, para contribuir a la construcción de un México mejor.
Como respuesta a la primera cuestión -¿qué debemos hacer?- sigue plenamente vigente, hoy en dÃa, la contestación que dio José MarÃa Morelos, el dÃa previo a la instalación del Congreso de Chilpancingo, a su entonces secretario Andrés Quintana Roo, quien le preguntó: “¿Qué ideas tuvo usted acerca del gobierno que debemos dar a la Nación? ¿Qué principios vamos a dejar consignados en la Constitución que hemos de discutir en breve tiempo?â€. Morelos le contestó: “Soy siervo de la Nación porque esta asume la más grande legÃtima e inviolable de las soberanÃas, quiero que tenga un gobierno dimanado del pueblo y sostenido por el pueblo, que rompa todos los lazos que la sujetan y que acepte y considere a España como hermana y nunca como dominadora de América.- Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales pues del mismo origen procedemos; que no haya abolengos ni privilegios; que no es racional, ni humano, ni debido, que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barrendero como a los del más rico hacendado y dueño de minas; que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario;… que tengamos una fe, una causa y una bandera bajo la cual todos juremos morir antes que ver nuestra tierra oprimida como lo está ahora (ahora, ahora lo está por la delincuencia) y que cuando ya sea libre, estemos siempre listos para defender con toda nuestra sangre esa libertad preciosa; que…â€. “No me diga usted másâ€, le interrumpió Quintana Roo…
Respecto a la segunda cuestión -¿de qué manera?- muchas respuestas podemos encontrar en nuestra en nuestra historia, como ejemplo cito una:
Hubo un lapso de tiempo, después de la muerte de Morelos en que el panorama para los insurgentes era realmente desesperanzador, pues quedaban muy pocos en la lucha y las autoridades realistas habÃan recuperado el control del paÃs. Precisamente ante ese escenario, Vicente Guerrero de origen mestizo-mulato, primero arriero luego teniente, ante el ofrecimiento de indulto hecho por el Virrey Apodaca, a través de su mismo progenitor Pedro Guerrero, contestó: “Señores, este es mi padre, ha venido a ofrecerme el perdón de los españoles, yo siempre lo he respetado, pero la patria es primero”.
Dos cosas no pueden dejar de llamar nuestra atención en este último relato: primera, la congruencia de Vicente Guerrero, un hombre de convicciones que hace corresponder lo que piensa y lo que dice con lo que hace; la segunda cosa, que complementa necesariamente a la primera, ya que no basta la congruencia en el quehacer humano, consiste en tener un noble fin, Guerrero toma una decisión anteponiendo generosamente el bien de todos, el bien de la patria por encima del bien personal o de la familia, o de cualquier otra agrupación que esté compuesta por solo un segmento de la sociedad. Â
La construcción de la patria es permanente, hagamos lo que nos toca para acrecentar la libertad, la igualdad y la justicia social, que mucho nos falta.























