Silbé, pero no vino   Â
Escrito por José Carlos GarcÃa Fajardo   Â
La incapacidad de responder a ese niño que se despierta en un cuerpo viejo y se pregunta: “¿qué ha pasado?â€â€¦ a eso se le llama vejez.
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 Ayer tomé el Metro, el vagón iba lleno y me puse en el centro agarrado a una barra. Entonces, una mujer de mediana edad se levantó y dijo: “Siéntese, por favorâ€. Me volvà hacia los lados buscando a quién se dirigÃa, pero mirándome, insistió: “SÃ, usted, siéntese aquÆ“¿Se va a bajar?†“No, pero siéntese ustedâ€. Le di las gracias mientras ella ocupaba mi lugar.
Era la primera vez que alguien me cedÃa su asiento en un transporte. Me alegraba de que hubiera personas que cedÃan el paso o el asiento a una mujer embarazada, a un discapacitado o a una persona mayor. Era algo que, hasta hace unos años, era tan normal que no llamaba la atención.
Lo que me maravillaba era que fuera a mÃ. A la persona que se ve cada mañana en el espejo y que reconoce el paso del tiempo. Durante bastantes años, esa impresión duraba el tiempo de afeitarme.
Recordé que el año pasado caminaba por la orilla de la playa con dos de mis nietas, de cinco y seis años. Otros niños jugaban y nos dieron un balonazo, aunque iba sin fuerza. Les dije que debÃan tener cuidado pues habÃa marea alta: “Pues no andes por aquÃ, viejoâ€. Viejo, viejo, viejo. Mis nietas me miraban y me acerqué a ellos, “Seguro que tenéis abuelos que ya son mayores como yo, ¿qué os parecerÃa si alguien les llamase viejo como si fuera un insulto? O a vuestra madre y a vuestro padre dentro de unos años. Nunca se es viejo aunque se pueda estar viejo, pero eso no es maloâ€. No dijeron nada, pero algunos se sentÃan incómodos, y cuando seguimos caminando oÃmos que lo abroncaban.
También recordé que, cuando era estudiante y luego profesor, subÃa las escaleras de mi facultad sin darme cuenta del paso del tiempo. Durante años las he subido de dos en dos, y hasta corriendo. Más tarde, me di cuenta de que lo hacÃa del lado de la pared, junto a la barandilla. Después, comencé a detenerme en los descansillos para saludar a alguien, pero no registré el dato.
Lo que sà hizo sonar las alarmas fue cuando, en mi despacho, se me cayó una hoja de papel y silbé para que volviera a la mesa. Claro, me tuve que levantar y recogerla. Pero se me hizo una luz, nunca antes hubiera hecho semejante tonterÃa.
Lo viejo es considerado tal porque es algo caduco, pasado, que intenta introducirse en el presente y ser idóneo otra vez. Lo curioso fue que, un dÃa, mientras daba una conferencia, conté la anécdota y todos nos reÃmos. Imaginar a un profesor de 73 años, que pesaba 95 kilos, medÃa 1,84 y con un cierto prestigio, silbándole a un folio, no dejaba de tener su aquel.
La verdad es que ya lo habÃa ido notando en la piscina, desde hacÃa años, pero no lo registraba ya que la memoria recordaba los largos diarios. Igual fue sucediendo en la montaña pero lo habÃa ido dejando, porque dizque no tenÃa tiempo o me ocupaba en otras cosas.
Cuando, hace tres años, un hijo me invitó a una partida a caballo, campo a través, siguiendo a los galgos tras las liebres, me di cuenta de que ya hacÃa más de 15 años que habÃa dejado de montar, con uno u otro pretexto.
Sin embargo, fui. No podÃa arrugarme. Recordé que siempre me habÃa invitado pero andarÃa ocupado o de viaje. TenÃan preparado el caballo más adecuado, tranquilo y que se despatarraba para que me subiera. Éramos unos treinta jinetes y la cabalgada duró más de tres horas. Lloviznaba, los sembrados estaban embarrados. Por mis huesos, músculos y alma pasaron todas las imágenes que ahora afloraban el respeto y el miedo. Pero por lo que nunca iba a olvidar aquella jornada por los montes toledanos fue por la respuesta que un joven y fuerte jinete, que montaba un caballo hispano árabe entero, le dio a otro que habÃa lamentado la suerte de los perreros bajo la lluvia. Y el otro mozarrón de unos veintitantos le espetó mientras espoleaba su montura “¿No te jode? ¡Que hubiera nacido obispo!â€
No es por nada pero, mientras bajábamos una pendiente el hacedor de obispos se pegó una leche tremenda dando vueltas por el barro, junto con su caballo.
Lo cierto es que, junto a la satisfacción por la amabilidad de la mujer en el Metro, recordaba que, la noche de la playa, sentÃa mis ojos brillantes y húmedos, mientras me lavaba los dientes ante el espejo.
Ahora evoco a Serrat “… quizás llegar a viejo serÃa todo un progreso, un remate, un final con besoâ€. En lugar de arrinconarlos en la historia, convertidos en fantasmas con memoria. Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina. O simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos encima un viejo…
La vejez no es más que un pasado hecho presente, escribió Thomas Mann. Lo viejo es considerado tal porque es algo caduco, pasado, que intenta introducirse en el presente y ser idóneo otra vez. Δ
José Carlos GarcÃa Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Director del CCS. (CCS)
























