ESCRITORIO DEL EDITOR.
El martes pasado, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo presentó, por medio de su oficina en México, el Informe sobre el desarrollo de los pueblos indÃgenas en México: El reto de la desigualdad de oportunidades. El documento confirma algunas de las peores sospechas de quienes hemos trabajado en temas de desarrollo y evidencia lo grave que es la desigualdad generacional en nuestro paÃs.
Aunque el documento es extremadamente cauto al formular juicios acerca de las razones profundas de la situación que padecen los pueblos indÃgenas, que algunos llegan a comparar con una suerte de condena de por vida, hay datos evidentes de las responsabilidades involucradas: la educación, la cultura, la mentalidad fatalista y de resignación pasiva, la baja autoestima, la inequidad de género, la discriminación…pero no nos engañemos ni busquemos culpables.
Lo que explica la situación de los pueblos indÃgenas y de las poblaciones de afro-mexicanos en las costas del PacÃfico y el Golfo, asà como de millones de mexicanos que viven en condiciones de extrema pobreza en el paÃs, es principalmente la polÃtica.
Cuando el PNUD habla de las profundas diferencias que existen en el ingreso, incluso entre la población indÃgena, y el acceso a servicios educativos y de salud, es inevitable reconocer que nos enfrentamos a problemas de tipo polÃtico.
Y no son los problemas polÃticos tradicionales de los ochenta o los noventa, sino que ahora tienen que ver con eficacia y dificultad de dirigentes y funcionarios de todos los partidos para construir acuerdos que permitan reformas de fondo. Ahà están, por ejemplo, las crÃticas hechas casi al mismo tiempo por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos acerca del funcionamiento del sistema educativo en México.
La polÃtica en México, lejos de ser una actividad noble, que facilite la construcción de soluciones reales a los problemas que afectan al paÃs, ha terminado por ser el origen de muchos obstáculos y de intereses particulares. La polÃtica es vista no como el espacio de lo posible, sino como una actividad dominada por conflictos y pretextos, de homo sapiens convertidos en homo videns controlados por medios de comunicación.
Resulta paradójico que asà sea, cuando reconocemos avances polÃticos alcanzados en los últimos 20 años, pero es más, mucho más, lo que falta por hacer. Por otro lado, muchos de los que dicen llamarse “polÃticosâ€, le apuestan al abstencionismo y a la anulación de boletas como medio para alcanzar el triunfo en procesos electorales, hecho que se contrapone a la obtención del voto con la confianza de la ciudadanÃa y el fomento a una polÃtica de altura que defina el rumbo de nuestro paÃs atendiendo al cambio de época y de circunstancias históricas.
¿Qué traba los acuerdos necesarios para aumentar las transferencias a los pueblos indÃgenas, de modo que sea posible sacarlos de la postración en que se encuentran? ¿Qué traba las reformas necesarias en materias tan diversas como lo fiscal o lo educativo?
En ambos casos se trata de problemas vinculados con la polÃtica y con la capacidad de nuestros polÃticos para lograr acuerdos, superar el encono y mirar por el bien del paÃs, pero también falta la participación ciudadana, que las masas se conviertan en sociedad organizada que opina, exige y supervisa.
Es tiempo de superar las trabas, dejar atrás la polÃtica del fracaso y apostarle a una polÃtica que construya acuerdos, resuelva problemas y rompa los cÃrculos viciosos que explican la condición tan difÃcil de nuestros pueblos indÃgenas.
No faltan diagnósticos. Lo que falta es voluntad polÃtica, eficacia y acción. Incluso, antes de contar con el Informe del PNUD, ya sabÃamos que los programas de combate a la pobreza, que iniciaron a principios de los ochenta con los trabajos de la ahora desaparecida Comisión de Planeación de Zonas Marginadas, la Coplamar y que, con variaciones, hemos continuado en las últimas dos décadas, no han sido capaces de reducir sustantivamente la pobreza.
Urgen reformas; urgen mejores programas para superar eficazmente los problemas; que superen el asistencialismo y la dádiva humillante; que promuevan el trabajo, la organización comunitaria y el deseo en cada persona de salir adelante y de valerse por sà misma sin depender del gobierno ni de los demás. Urge recuperar el orgullo de cada persona para ganarse el pan de cada dÃa con el sudor de su frente y que se avergüence de tener que pedir limosna, esperar que otro le dé o que el gobierno lo mantenga. Sobre todo, urgen acuerdos que hagan viable a la polÃtica y que devuelvan la esperanza a los indÃgenas mexicanos.
























