ESCRITORIO DEL EDITOR
A nadie se le escapa que el dinero es, desde sus mismos orÃgenes, una convención humana.
Hubo alguien, allá en la noche remota de los tiempos, que decidió atribuir a determinados metales (preciosos los llamamos, aunque su precio se lo otorga nuestra imaginación) un valor para el comercio: eligió el oro y la plata, como podrÃa haber elegido los cantos rodados de las playas; o dicho con mayor precisión, eligió el oro y la plata en lugar de los cantos rodados de las playas porque estos últimos eran demasiado fáciles de conseguir y habrÃan provocado una «hinchazón» de riqueza imposible de soportar.
La disponibilidad escasa de los metales preciosos garantizaba que la riqueza no se desmandara; y, sobre todo, que circulara bajo el control de quienes tenÃan capacidad para extraerlos de las entrañas de la tierra, que acabaron siendo los reyes, o aquellos a quienes los reyes concedÃan licencia para hacerlo. Hubo un momento de la historia en que el «dinero real» (que, sin embargo, era una convención humana) se convirtió en «dinero fiduciario». Las monedas de oro o plata fueron sustituidas por certificados (billetes o pagarés) que aseguraban la existencia de un depósito suficiente de oro o plata que el tenedor podrÃa hacer efectivo, presentando tal certificado en la entidad emisora de la moneda.
Era, pues, un dinero más «irreal» todavÃa que el «dinero real», pues además de aceptar una convención humana aceptaba que los compromisos asumidos por los humanos merecen «fiducia», confianza. Pero seguÃa siendo todavÃa un dinero fundado, ya que no en la realidad natural (pues la naturaleza no ha determinado que el oro y la plata tengan más valor que los cantos rodados de las playas), en una realidad convenida: el certificado todavÃa representaba un derecho exigible por su dueño, a cargo de quien lo emitÃa.
Este «dinero fiduciario» fue poco a poco siendo sustituido por lo que, no sin ironÃa, denominamos «dinero fÃat» («hágase», en latÃn), que ya no promete a su portador entrega de oro o plata alguna, que ya no se apoya en realidad convenida alguna, sino que es producto de un acto discrecional del gobernante, que «crea» por decreto un dinero que carece de respaldo. Durante algún tiempo, este «dinero fÃat» «los billetes y monedas que todavÃa hoy manejamos en nuestras transacciones» llegó a representar, siquiera en parte, un valor convencional que se podÃa hacer efectivo, puesto que el emisor disponÃa de reservas de oro y plata suficientes. Pero, a medida que el uso del «dinero fÃat» se fue generalizando, dejó de tener equivalencia real alguna. Hoy, las reservas de oro y plata que obran en manos de los bancos emisores son meramente simbólicas; y el valor que poseen los billetes y monedas que intercambiamos es tan sólo nominal, ni siquiera fundado en la confianza, sino más bien en un engaño que todos admitimos (por miedo o avaricia), en nuestra dependencia «¿esclavitud?» del gobernante que lo ha «creado» por decreto.
Aceptamos que esos billetes poseen el valor que en ellos se especifica como los súbditos crédulos de la fábula aceptaban que su rey iba vestido, cuando se paseaba en porreta por las calles de la ciudad. Pero aún la imaginación humana ideó otra forma de dinero aún más separada de la realidad; un dinero que propiamente no puede ser designado «convención», puesto que no existe sino como ficción incorpórea, representada mediante cifras que se pasean como fantasmas por las terminales informáticas.
Este «dinero imaginario» empezó siendo una traducción en dÃgitos del «dinero fÃat» que circulaba en las transacciones comerciales: pero pronto fue engordando, mediante operaciones bursátiles y especulativas, hasta duplicar, triplicar, cuadriplicar (y asà hasta el infinito) el «dinero fÃat» existente; a su condición voluble y quimérica suma otro rasgo fatal: cada vez que ese dinero imaginario se hace efectivo (o sea, cuando el especulador quiere «cobrar» el fruto de su especulación), detrae esa cantidad del «dinero fÃat» circulante, con lo cual lo reduce cada vez más; o bien obliga a los gobiernos a «crear» más «dinero fÃat» por decreto (o sea, a darle a la manivela de estampillar billetes), con lo cual su valor «su poder adquisitivo» cada vez es menor. Se puede mantener la ficción por más o menos tiempo, pero la ficción acaba dándose de morros con la realidad; y cuanto más se trata de mantener la ficción, más morrocotudo es el morrazo: pues la realidad es que ese dinero imaginario que se ha convertido en la piedra angular del sistema es «por parafrasear a Góngora» humo, polvo, sombra, nada
























