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Fue el destemplado grito de José Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y que hoy se repite y se escucha en cada uno de los poblados de los dos mil cuatrocientos cuarenta y cinco municipios de la República y en otros muchos puntos de ésta nuestra América Latina, mismos que viven bajo el fuego de las bandas de organizaciones criminales y que pelean contra el gobierno buscando controlar el gran mercado económico derivado de la estulta prohibición internacional existente de producir y traficar estupefacientes, impulsada desde hace ya muchos años, por el Organismo de las Naciones Unidas que, como ya sabemos, lo controlan los países mayormente industrializados y que se ven beneficiados a su vez por el tráfico ilegal de armas que ellos mismos producen.

En México ya suman miles los muertos y desaparecidos por una guerra sin cuartel que se da internamente entre las propias organizaciones productoras y comercializadoras de drogas, así como entre éstas y las mismas autoridades militares y judiciales gubernamentales. Ambas aprovechan las condiciones de marginalidad de millones de empobrecidos para incorporarlos tanto a las bandas delictivas como a las diversas policías, al ejército y a la Armada de México.


Las condiciones sociales de pobreza y marginación de nuestro pueblo, es el germen para hacer “leva” de cientos de jóvenes que sin esperanza alguna de un mejor provenir se van al crimen organizado. Por otra parte, fue lastimosa y sigue siendo triste realidad, la actitud asumida por el gobierno pretoriano de Calderón, el que hiciera promoción en preparatorias y universidades para contratar a jóvenes estudiantes para incorporarlos a la policía judicial.

¡La pobreza suma y crece el descontento nacional!; la falta de un porvenir, de un trabajo bien remunerado, ha inducido a los jóvenes sin esperanza, a integrarse en ambas bandos.

Por la vorágine de una criminalidad sin normas ni reglas y sin respeto alguno a género, posiciones económicas o edades, fueron arrastrados. Para el campo oficial

se enlistaron como policías y sin la experiencia suficiente han sido todos sujetos utilizados para incrementar los recursos económicos de las bandas y para satisfacer la estulticia de un presidente que afortunadamente ya no lo es y, desde luego, para llenar los panteones.

Miles de millones de dólares se han gastado en esta guerra sin cuartel entre policías y ladrones; esta guerra ha sido una insensatez enorme del gobierno que ya no es, y el que ahora gobierna, no debiera seguir en el propósito de gastar la pólvora en infiernitos, sino invertir en generar fuentes de trabajo mejor remuneradas; en producir los alimentos que ya estamos necesitando y que nos vemos obligados a importar debido al descuido gubernamental que en el campo se ha tenido; o bien, en incrementar el ridículo porcentaje del 0.33 porciento del PIB aprobado para destinarlo a la investigación en ciencia y tecnología. De continuar así, el gobierno seguirá perdiendo no solamente a los jóvenes que son la esperanza de la humanidad, sino el porvenir de todos, pues el circo que vivimos se puede transformar en una guerra de guerrillas, sin que ésta tenga final alguno.

A los reclutados por el crimen, no les importa que la ruta a seguir sea la equivocada o tal vez ni siquiera piensan así; lo que quieren es tener recursos que nunca han poseído y poco analizan o ni les importa saber que en ese camino la vida se acaba rápidamente. Saben que el disfrute de los recursos económicos, de las drogas y de los placeres mundanos les serán limitados, pero no importa, prefieren esa condición a la miseria a la que han estado condenados por un sistema político que ha privilegiado a poderosos y potentados.

Las recientes informaciones proporcionadas por la Auditoría Superior de la Federación, muestran la poca transparencia con que se han manejado los recursos nacionales; la información huele mal, pues conocemos que muchos estados y municipios están prácticamente en quiebra; sus gobernantes dilapidaron una gran fortuna; se dedicaron prácticamente a operar para satisfacer aspiraciones económicas y, como los marginados, ¡a placeres mundanos! que, debido al poco Estado que tenemos, les fue posible.

“¡Cuando hay gran bonanza para unos cuantos; cuando éstos cuantos no respetan ni reglas ni normas éticas constitucionales y sólo operan para satisfacer ambiciones propias o de quienes están cerca de ellos, no puede esperase otra cosa que el levantamiento de los marginados y el grito de ¡Viva la Muerte! por todos los rincones de México.