El asesinato de la activista Marisela Escobedo. La desaparición y muerte de migrantes. El robo a los oleoductos de Pemex que provoca una explosión en Puebla. Las marchas en favor del grupo criminal La Familia en Michoacán. La inseguridad que crece dÃa con dÃa a pesar de los esfuerzos del gobierno de Felipe Calderón. SÃntomas de lo que el escritor Michael Lewis llama un “colapso moral”. Ese punto al cual llega una sociedad que ha perdido la cohesión, el sentido colectivo, los valores compartidos, el mapa mental que permite funcionar como paÃs. DifÃcil reconocer que es asÃ. Más difÃcil aun terminar el 2010 sabiéndolo. Pero todo indica que, a pesar de los avances democráticos que ocurrieron en la década pasada, llevamos un buen tiempo sistemáticamente saqueando y maltratando a México. Y la culpa no es sólo de la clase polÃtica rapaz; la responsabilidad también reside en ciudadanos que emulan las peores prácticas que ocurren en los pasillos del poder: evaden impuestos, pagan mordidas, se vuelven cómplices de la corrupción que denuncian. Peor aún, no confÃan en sus compatriotas. La ausencia de ese valor fundamental para la consolidación democrática y la prosperidad económica, como lo escribiera Francis Fukuyama en su libro Trust, lleva al surgimiento de una sociedad atomizada, corroÃda, descompuesta.
Nos hemos acostumbrado al saqueo colectivo; hemos aprendido que el paÃs funciona asÃ. Allà están los estratosféricos salarios y bonos y pensiones y beneficios de los que arriban al sector público. Allà está un sistema educativo que ni siquiera sabe cuántos maestros y burócratas tiene, mientras los mantiene de forma vitalicia. Allà está un sistema de seguridad social que genera incentivos para la informalidad, mientras desparrama recursos. Allà está el gasto público repartido entre los gobernadores, un hoyo negro que evade la fiscalización. Allà está el paÃs paralelo, resistente al cambio y atorado en las costumbres extralegales, antiinstitucionales, informales. Casi no importa donde termina el desperdicio y comienza el robo; lo primero enmascara y propicia lo segundo. Se asume que cualquiera que trabaja en el gobierno puede ser sujeto de la corrupción, de la complicidad, del encubrimiento. Quienes tienen tratos con miembros del sector público asumen que siempre se puede llegar a un acuerdo personal tras bambalinas. Quienes pasan su vida en el “servicio público” emergen con mansiones multimillonarias y casas de fin de semana en los destinos más codiciados. Quienes no encuentran un Estado capaz de ofrecer seguridad personal buscan la protección ofrecida por capos en lugar de policÃas.
El rasgo cultural -tanto causa como sÃntoma del colapso moral- es la resistencia de tantos mexicanos a pagar impuestos. La vasta mayorÃa de los trabajadores autoempleados hace trampa, evade, soborna, promueve la contabilidad creativa. Los mexicanos nunca han aprendido a pagar impuestos, y no lo han hecho porque pocos son penalizados. Es una ofensa social menor, como cuando un hombre no le abre la puerta a una mujer, o habla con la boca llena. En México el nivel de evasión es extraordinariamente alto y el nivel de recolección es deprimentemente bajo. Como la mayorÃa de los mexicanos, a excepción de los contribuyentes cautivos, no paga, la sanción a personas que no lo hacen parecerÃa arbitraria. Y quienes son detectados practicando la evasión o la elusión llevan sus casos a las cortes, donde languidecen durante años. Mientras tanto, millones de mexicanos insisten en pagos en efectivo, ocultan o lavan dinero, logran la condonación. El sistema tributario facilita que la sociedad entera haga trampa. La cantidad de energÃa social que se dedica a doblar la ley en México es monumental. Y lo peor es que hemos perdido la capacidad para la sorpresa ante lo que deberÃa ser visto como comportamiento anormal. El Estado mexicano no sólo es corrupto; también corrompe. Eso lleva a que los mexicanos tengan pocas cosas amables que decir sobre sà mismos o sus compatriotas. En lo individual, los mexicanos son generosos, leales, amables. Pero en lo colectivo demuestran lo peor de sà mismos: evaden impuestos, sobornan a polÃticos, mienten para obtener un beneficio personal. La total ausencia de fe social se convierte asà en un cÃrculo vicioso. La epidemia de la mentira, la trampa, el robo y la corrupción hacen imposible la vida cÃvica y el colapso de la vida cÃvica simplemente instiga patrones cada vez peores.
La única esperanza ante este diagnóstico desalentador se encuentra en esos mexicanos -empeñosos, valerosos, combativos- que se niegan a participar en el colapso moral de su paÃs. Los que insisten en la transparencia en lugar de la opacidad. Los que optan por la construcción en vez de la destrucción. Los que se niegan a ser parte del desmantelamiento. Y que ante lo que contemplan rehúsan esquivar la mirada o perder la fe. Como escribiera famosamente Margaret Mead: Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos puede cambiar al mundo. Es la única cosa que lo ha hecho.
























