Abrió los ojos y vio el techo claro sin color definido, una cama contigua con una persona dormida ( esa persona parecía muerta), con los ojos a medio abrir, aún no entendía que estaba pasando. A sus 59 años seguía luchando contra el deseo dormido a ratos de su consciente inmediato y de antaño contra la marihuana y cocaína.

Una y otra vez en otros días (años) corría la vida con amigos de ideología y juerga, buscando un mundo justo y equilibrado bajo el discurso siempre válido y nunca acabado de: ¿qué mundo le dejaremos a nuestros hijos?, atestiguando en su juventud el movimiento de amor y paz en todo su esplendor de los años setenta; viajes a todos las entidades del sur del país conociendo y reconociendo en otros rostros lo que ya suponía desde su localidad: pobreza, marginación, abuso de poder, corrupción. Parecía que había ocurrido ayer, pues el corazón seguía latiendo fuertemente cada que alguien mencionaba temas sobre repartición de tierras, analfabetismo, agua, desarrollo sustentable, migración, desarrollo y progreso.

Ciertamente, tenía mucho que ver con su carrera profesional, Ingeniero Agrónomo, una carrera de trabajo primordialmente en el campo y  con la gente del campo, orientar los cultivos, cuidarlos, sembrar y cosechar, algo lógico y nunca cuestionado por su generación; obvio, quien siembra, cosecha, ni duda cabría, ¿en qué cabeza?, no solo era algo lógico, sino algo aprendido de las generaciones ya pasadas. No entendía entonces cómo era posible toparse jóvenes en las escuelas que deseaban obtener beneficios antes de trabajar en ellos, cómo podrían esos jóvenes ser apáticos al movimiento político y social que se vive día a día y  ¡menos!, ¿cómo podrían los jóvenes culpar a los padres por lo que hicieron o no hicieron al educarlos?, si la generación a la que él pertenecía prácticamente no se le pidió ni opinión para escoger carrera, ni todos tenían la posibilidad de llegar a una Universidad, por lo que era enervante observar el tedio con el que llegan algunos alumnos al salón de clase, en el que él impartía lógica en el bachillerato.

Sintió una punzada en la cabeza, como si alguien le golpeara intermitentemente en el lóbulo frontal derecho, pasó su lengua por los labios resecos…agua, vendría muy bien un poco de agua, movió las piernas y recordó que la diabetes le había dejado con un muñón en la extremidad inferior izquierda…malo, sí fue malo en su momento, pero él tenía en mente siempre un dicho que repetía su madre constantemente cuando le increpaban las borracheras cotidianas de su padre, casi al unísono sus hermanos, sobre todo las mujeres preguntaban, ¿Por qué le aguantas tanto? y ella respondía en un tono que se confundía con sabiduría “a todo se acostumbra uno, menos a no comer”.

Y sí, si se acostumbró a la prótesis que algunas veces lastimaba cuando pretendía correr en sus funciones de padre de su segunda familia, pero sobre todo le pesaba cuando ejercía sus funciones como supervisor de cosecha del gobierno federal, porque tenía que revisar los plantíos de jitomate, chile, melón y era inevitable sentir deseos de correr entre los surcos como niño en los campos agrícolas. Entró la enfermera a revisar el suero y se dio cuenta de que estaba consciente el paciente, lo miró con gusto y le dijo “qué bueno que ya despertó, estuvo inconsciente tres días, tuvo una sobredosis…”Esa palabra la había escuchado por lo menos cinco veces antes, sabía lo que significaba, lo que conllevó…mucha marihuana, polvo blanco, un poco de bebida para departir, arreglar el mundo, citar a Marx, Engels, escuchar música de verdad, un poco de Janis Joplin, los Beatles, comida, colores brillantes, luces, dolor de estómago, vómito, alucinaciones, golpes, confusión y en consecuencia crisis; terminar tirado literalmente, la desesperación de su segunda mujer,- muy joven por cierto -, quien tuvo que llevarlo a internar y seguramente el terror que vivieron sus dos niños más pequeños y aún con todo eso, seguía recordando en su memoria la sensación de sentirse “aliviado”, “aligerado”, “entonado con el mundo”, cuando la marihuana entraba en cada inhalación del último “churro” que juraba vería en el mundo.

Josefina, su hermana mayor le agarraba la mano y pensaba que también su madre tenía otro dicho: “candil de la calle, oscuridad de la casa”. Para qué dar clases, luchar por la patria, trabajar como burro para el gobierno, saber tanto de libros, si los hijos están creciendo solos, como si el tiempo no pasara, como si se pudiera regresar y volver a besarlos frente al kínder, más por él que por ellos, ¡ah, qué gran tontería!.