El país está peor que nunca. Y lo más curioso es que, a nivel banqueta, la opinión pública cree lo contrario. ¿A qué puede deberse? A pura y simple falta de información, o a su exceso.

Le falta información a quien se tiende en la hamaca de la desinformación para no saber de temas “feos”. Alguien así tiene la idea de que, sea como sea, las cosas ya son lo que son, así que nada qué hacer. ¿Pero cómo “son” las cosas, cómo saberlo?

Desde las primeras poblaciones que existieron, se estableció una diferencia entre quienes sabían y quienes no. Las sociedades fueron aumentando en complejidad y en distancia entre los ilustrados y los neófitos. Los brujos, magos, jefes, gobernantes y sacerdotes tenían las respuestas. Esta información les da credibilidad, y con ello poder: poder para bien de la comunidad, para llegar a la verdad justa, para elegir la senda del desarrollo que beneficie a todos.

Dicen que el poder corrompe. Si partimos de esta afirmación difícilmente rebatible, es fácil suponer que en algún punto este poder comenzó a ser utilizado no sólo para despejar la ignorancia, sino para beneficio personal. En tales circunstancias, la opinión comunitaria pudo ser orientada para guiar las acciones colectivas hacia donde el sabio quería.

Poco a poco el sentido del líder que beneficia a la comunidad cambia de servidor público a gobernante. En un sentido social, dudo mucho que esta estructura sea más avanzada que la que conservan los Huicholes, por ejemplo: el gobernante no se postula, sino que es elegido por la comunidad sin que él pueda negarse al encargo; durante su gestión se olvida de su vida personal, que dedica a trabajar por sus iguales; su cosecha y su familia quedan a cargo del resto de la comunidad.

En nuestro mundo “civilizado”, a ningún gobierno le gusta ser interpelado y a ningún poderoso le gustaría que las cosas cambiaran. Para conservar las cosas como están, se valen de la difusión de una idea perversa: ellos le dicen a la gente “cómo son” las cosas. Esto es lo que se llama “el discurso de la dominación”, idea desarrollada por lingüistas como Teun Van Dijk y Noam Chomsky entre otros. A través de los medios de comunicación se nos explica con obsesión que, “haiga sido como haiga sido”, las cosas ya son como son.

La derrota final de la comunidad llega cuando la masa no sólo se convence, sino que se apropia de estas ideas y las repite con la seguridad del antiguo sabio: “Vamos ganando esta guerra”; “En los últimos 10 años el país ha tenido gobiernos humanitarios”; “AMLO se entrevistó con la Maestra Gordillo”; “Es igual a todos” y más. Cada vez que usamos el gentilicio “mexicano” como adjetivo peyorativo, reforzamos el discurso de la dominación y llevamos al país a la ruina.

Se vale cuestionar al púlpito y al trono. Se vale exigirles que cumplan con sus encargos, que cambien lo que estén haciendo mal. Se vale que se equivoquen, sí, pero no a sabiendas ni que se nieguen a corregir sus actos que dañan al pueblo. Se vale revisar a los candidatos y votar en contra del discurso de la dominación. Lo que no se vale es ser ignorantes por comodidad… sobre todo, porque al final el resultado es mucho más incómodo que informarse.