Eutanasia, o “muerte asistida” es un tema tan viejo como la humanidad. Por estas fechas nuevamente adquiere notoriedad a raÃz de la muerte del Dr. Jack Kevorkian este junio pasado. Kevorkian, patólogo norteamericano al que sus detractores llamaron “Dr. Muerte” por su dedicación e insistencia a atender a pacientes desahuciados, terminales, esos que agonizaban sin ninguna esperanza en medio de dolores insoportables.Â
 El Dr. Kevorkian cobró notoriedad mundial a finales de los años ochenta el pasado siglo, cuando anunció la apertura de su consultorio para ofrecer “orientación hacia la muerte. Su notoriedad aumento en 1990 cuando colaboró por primera vez en la muerte de una persona, acto que, contra varios consejos legales, publicitó ampliamente mostrando esa convicción tienen las personas que están completamente seguras de su actuación. Finalmente, en el año de 1999, es encarcelado, acusado de homicidio por haber ayudado a morir a una un paciente con esclerosis lateral amiotrófica.
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 Imposible permanecer neutral ante sus argumentos, la sociedad se dividió entre quienes lo apoyaban y aquellos que lo veÃan como la reencarnación de Satanás. Sus opiniones y acciones llevaron a la sociedad a proponer cambios. Los enfermos terminales o personas aquejadas por problemas irreversibles deberÃan contar con el derecho de solicitar suicidio asistido. En los Estados Unidos, donde cada Estado se rige por leyes propias, en Washington y Montana el suicidio asistido es una práctica que ya se lleva a cabo de acuerdo a lineamientos médicos estrictos. En Suiza también existen dos centros donde se ejerce el suicidio asistido
 Los Estados Unidos, son en realidad un paÃs un paÃs un tanto cuanto mojigato, donde existen millones de personas de alto nivel educativo que suponen que la Biblia es un documento cientÃfico. Para esas personas la muerte la decide Dios y no los humanos. Por eso hay castigos para quienes se suicidan. No hay religión que tolere la muerte voluntaria y la sociedad no sabe cómo enfrentarla. Se limita a rechazar el suicidio o a considerarlo un acto de cobardÃa.
 Literalmente eutanasia significa “buena muerte”, pero quizá sea eso el único detalle en el que todos estén de acuerdo. El tema es conflictivo como pocos, y por su amplitud se presta para que cada persona exponga, con mayor, menor o nulo sustento, su personal opinión. El problema, como siempre, no es el sostener opiniones antagónicas, sino que el opinante sepa de que está hablando
  En México no existe una legislación clara que aborde la eutanasia. Es muy conveniente legislar sobre el tema  partiendo de la base de que vivimos en un estado laico, donde la iglesia, cualquiera que esta sea, católica, presbiteriana, anglicana, testigos de Jehová etc. no tienen injerencia de los aspectos legales de la República.
 Temas como este jamas se deben legislar “al vapor”. Deben integrarse diversos grupos de trabajo con Médicos, Abogados y Psicólogos. Pueden agregarse sociólogos, historiadores y algún otro representante de las áreas de Humanidades. Y, a riego de irritar a los fundamentalistas no veo la conveniencia de incluir en esta discusión a los sacerdotes y menos del rito católico, ¿por qué?, muy sencillo, ellos deben obedecer y acatar una serie de dogmas, que para ellos son verdades absolutas no sujetas a discusión. Su posición es previsible y la posibilidad de acuerdos con ellos es inexistente.
 Se trata de legislar para casos de pacientes terminales, con daños irreversibles, con dolores intratables mediante el arsenal terapéutico habitual. Pacientes que, con plena conciencia de su situación, debidamente informados de su padecimiento y enterados de sus nulas alternativas para un tratamiento útil, decidan que la vida que les queda, habitualmente semanas, ya no tiene ni va a tener una calidad aceptable para ellos.
 Un paciente con un cáncer en etapa terminal, con siembras en pulmones, hÃgado, huesos, consumido, esquelético, sin control de esfÃnteres, sufriendo constantemente por las dolorosas metástasis en columna y la invasión neural, y que para colmo está plenamente consciente de su situación, debe, a mi juicio, poder escoger, por elemental humanidad, la posibilidad de acortar y terminar su agonÃa en el momento que el lo desee. Sostener lo contrario, exigir que se prolongue el sufrimiento por semanas, sin esperanza alguna, muestra una crueldad y un desprecio absoluto por la dignidad del paciente.Â
 La vida no es una obligación. La medicina tiene lÃmites. Las personas tienen dignidad, son autónomas y son libres. Al dignificar la muerte se dignifica la vida. De ahà que el suicidio asistido sea un derecho. Todo eso nos enseñó Kevorkian.
Alejandro Vázquez Cárdenas
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