Llega octubre y con el un aniversario mas de un mito, entendiéndose “mito” como un  relato imaginario y fantasioso.  A mas de cuarenta años de su muerte, la figura de Ernesto Guevara sigue siendo una fuente quimeras y fantasías. Y la mayor paradoja de la vigencia de un entusiasmo tan persistente, es que se  trata de una figura que en su corta vida pública, escasos diez años, acumuló más fracasos que triunfos. La otra cara de la paradoja es que si hubiese logrado realizar su proyecto, hubiera generado uno de los regímenes totalitarios más intolerantes del planeta.

Curiosamente, lo que parece despertar la admiración es precisamente su condición de perdedor. Perdió ante los economistas en su intento de imponer un sistema de producción destinado al surgimiento del “hombre nuevo”; ocasionando de paso el desastre económico cubano. En lo político, su lucha para el surgimiento de una sociedad ideal, se estrelló contra la realidad que imponen las normas culturales, producto de siglos de historia. Y por último, en lo militar,  el más rotundo de sus fracasos, el desenlace patético en el Congo, y el no menos dramático en Bolivia lo demuestran.

La otra paradoja, más sorprendente aún, es la desproporción existente entre la admiración que se le profesa en amplios sectores de jóvenes de escasa cultura y adultos resentidos, y el dogmatismo de su postura ideológica. Estos resentidos quieren ignorar que el actuar político de Ernesto Guevara se apoyaba en un dogmatismo inflexible que de haberse convertido en poder, hubiesen sido ellos sus primeras víctimas. No se debe olvidar que el primer campo de trabajo de “reeducación” que se abrió después de la revolución, destinados a aquellos que faltasen a la “moral revolucionaria”, fue iniciativa del Che.   Su personalidad intransigente lo acercaba más al estilo de un Savonarola que al de un líder preocupado por su pueblo.

No son pues ni los triunfos ni su idea de sociedad lo que mantiene la vigencia de esa figura. Es más bien la orfandad ideológica del mundo de hoy, regido por la mentira y la corrupción, la que conduce al culto que se profesa al hombre que marcó una época por haber sido consecuente hasta la muerte con  su prédica. Ante la carencia actual de figuras en donde apoyar la necesidad arcaica de los hombres de contar con un guía con quien identificarse o un redentor que les marque un camino, la figura del Che Guevara aparece como  un faro, una especie  de reserva afectiva.

En sus comienzos dudó entre ser médico, escritor, o un  hombre de acción; optó por esto último. Se adjudicó el papel de redentor y héroe,  poniendo su vida al servicio de los otros, y, como es propio al oficio de héroe, arrogándose el derecho de matar en aras de la salvación de otros hombres.

Para el Che participar en los combates significaba un goce y no dudaba en practicar el asesinato ritual; es una de las facetas de su personalidad que precisamente, ponen de manifiesto las diferentes biografías recientemente publicadas. “Cuando tenía en la mira del fusil a un soldado, disparaba sin remordimiento porque sabía que así estaba contribuyendo a luchar contra la represión”, dicen a manera de explicación de esa tendencia que nunca disimuló porque, sencillamente, era incapaz de disimulo. No era raro que ejecutara el mismo a los prisioneros.

Ernesto Guevara era un individuo audaz, disciplinado e inteligente pero sin la creatividad de un verdadero conductor como Fidel Castro. A esto se suma un carácter despótico y una absoluta intolerancia hacia sus adversarios ideológicos. No tenía, su fracaso en el Congo lo indica, y el desastre en Bolivia lo confirma, capacidad para el primer mando, fue un excelente teniente, pero nunca un capitán

El Che Guevara, que tanto lucho para destruir el capitalismo, se ha convertido ahora en una marca capitalista. Su imagen adorna desde jarros de café, encendedores Zippo, llaveros, billeteras, gorras, sombreros, pañuelos,  bolsos, jeans, y, por supuesto camisetas con la foto, tomada por Alberto Korda,  y que aún es, 44 años después de su muerte, el logo del revolucionario “in”.  

“Guevara: Anatomía de un mito” documental elaborado por Pedro Corzo y estrenada hace ya 6 años arranca  muchos de los laureles de la corona del  guerrillero. Basado en tomas auténticas y testimonios confrontables de primera mano, el documental nos perfila a un hombre carente de escrúpulos, sádico y arbitrario. Claro que si alguien no le agrada la realidad, no hay ningún problema; puede leer la almibarada y fantasiosa historiografía oficial cubana, los cuentos de Rius y documentarse en La Jornada. En ese universo será feliz.


Alejandro Vázquez Cárdenas
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