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“Espero tener siempre suficiente firmeza y virtud para conservar lo que considero que es el más envidiable de todos los títulos: el carácter de Hombre Honrado”
George Washington

Ya en otras ocasiones hemos utilizado este espacio para compartir algunas reflexiones sobre la corrupción. La recurrencia en el tema, creo, de sobra se justifica. La corrupción es como un cáncer que enferma a la sociedad constituyéndose en uno de los principales obstáculos para el progreso y desarrollo. Lamentablemente esta enfermedad se encuentra  fuertemente arraigada en la cultura de nuestro país.

Así lo demuestra el último reporte del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2011 realizado por Transparencia Internacional mediante la recolección de datos durante los dos últimos años y publicado la semana pasada. Las fuentes de información toman en cuenta magnitud y frecuencia de los sobornos en el sector público, así como aplicación de normas contra la corrupción, transparencia y conflictos de interés. Ninguna nación del mundo es inmune a este problema, pero, definitivamente, existen grandes contrastes entre unas y otras. Esta reciente investigación ubica a México en el lugar 100, entre 183 países evaluados, con una calificación de 3 puntos en una escala de 0 (percepción de corrupción generalizada) a 10 (nula percepción de corrupción). Sin que sea consuelo, más bien preocupación, dos terceras partes de los países obtuvieron calificaciones menores a 5; México, desde 1998 en que empezamos a ser medidos, nunca ha obtenido más de 4 de calificación.
Transparencia Internacional define la corrupción como el abuso del poder o autoridad para obtener un beneficio propio ilegítimo, aplicándolo tanto al sector privado como al público, que es en el que se enfoca el IPC.
Como definición de corrupción prefiero aquella, por más general y más exacta, que la circunscribe al acto y efecto de echar a perder algo o a alguien, en otras palabras se podría expresar como la desvirtuación moral (tratándose de acciones humanas) o material (en caso de objetos físicos). En la administración pública lo más común, como expresión de corrupción, son el soborno, el tráfico de influencias, la extorsión, el peculado y el fraude;  todos ellos bastante conocidos por todos nosotros y no pocas veces consentidos si arrojan un beneficio directo a nuestra persona, negocio o familia. No sobra decir que la corrupción es el punto de partida o el sendero por donde ocurren muchos otros delitos.
Bueno, y ¿ante la corrupción qué? La respuesta creo yo es: para que no haya corrupción lo que necesitamos es honestidad; algunos propondrían conceptos similares como pudieran ser integridad, honradez, decencia o rectitud.
Todos comprendemos perfectamente el concepto de honestidad, sin embargo no es tan sencillo definirlo. Decimos que una persona es honesta cuando la conducta humana desde el punto de vista moral se tiene en alta estima o se considera valiosa, es decir cuando moralmente el comportamiento de la persona se considera digno. Ser honesto implica ser sincero, apegarse a la verdad y obrar conforme las propias convicciones, respetando en todo momento a los demás, tanto en lo personal como en lo que les pertenece o corresponde en justicia.
Una persona honesta no permite que sus deseos o inclinaciones gobiernen sus actos sino la recta razón, sin que esto signifique forzosamente conflicto. Para el honesto el propio interés para ser pretendido primero debe armonizarse con el interés de los demás, con el bien de la comunidad. Un hombre honesto manifiesta integridad al expresar armonía y congruencia entre lo que piensa, lo que dice y su comportamiento.
El problema para que haya más gente honesta y menos corruptos es que la honestidad, así como la mayoría de los valores, se aprende fundamentalmente durante la infancia, poco se puede hacer, en este aspecto, en etapas ulteriores de la vida. No tendremos adultos honestos si no tenemos primero niños honestos. Poder inculcar el valor de la honestidad en un niño -como una impronta- requiere el testimonio cercano de los que él quiere respeta o aprecia. Los valores pueden explicarse y pregonarse con charlas o discursos pero no es de esta manera como se transmiten. Las virtudes, es decir la práctica de los valores, más bien se propagan por contagio.
De aquí la enorme responsabilidad de papá, mamá, los maestros y cualquier otra autoridad que tenga que ver con la formación de niños y jóvenes. Un error muy común es celebrar la astucia de los pequeños cuando mediante alguna artimaña o ardid se apropian de cosas ajenas o logran beneficios desproporcionados, ya sea porque lograron engañar a un maestro o le tomaron el pelo a algún compañerito.
Estos niños cuando sean grandes repetirán este tipo de acciones, solo que entonces serán maestros que les cobrarán a su alumnos para aprobarlos, o ciudadanos que intentarán sobornar a la autoridad para que no los sancione por alguna falta o para obtener algún privilegio al margen de la ley,  serán quizá funcionarios públicos que no contarán con las convicciones necesarias para frenar  a la ambición que tan naturalmente surge cuando se tiene poder. Nadie nace con vicios o delincuente o corrupto. Ser honesto es esencialmente cuestión de formación en valores, luego ayudará un poco vivir en un Estado de Derecho donde nadie esté por encima de la ley; por cierto siempre y cuando la ley esté impregnada también de valores morales y que no se trate simplemente de preceptos que se hayan impuesto arbitrariamente por mayorías, o bien acordado en un intercambio de conveniencias facciosas entre grupos políticos.
Así, no cabe duda, como expresó en días pasados la Secretaría de la Función Pública, el Poder Legislativo debe aprobar las iniciativas que fortalezcan el marco legal anticorrupción; el Poder Judicial impulsar sanciones efectivas y expeditas a funcionarios y particulares que incurran en actos de corrupción; los gobiernos estatales y municipales desarrollar políticas de prevención y combate a la corrupción; el sector privado fortalecer mecanismos de autorregulación; y la sociedad en su conjunto a denunciar y condenar los actos de corrupción. Todo esto es necesario y urgente, pero no nos engañemos, si no queremos corrupción la apuesta tendrá que ser formar a nuestro niños y jóvenes en la honestidad.