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Si creo que lo que somos es el producto de nuestro pasado; si estoy convencido de que lo que somos hoy va a construir inexorablemente lo que seremos mañana… Entonces ¿estamos condenados? ¿No hay posibilidad de escapar a esta inercia? Si tengo inquietud y no me acaba de gustar mi vida; si quiero salir de esta espiral… ¿Cómo hacerlo? ¿En qué momento? ¿Qué me llevará a ese cambio en que sienta que mi vida es una vida que vale la pena vivirla?
Estas preguntas me han estado bombardeando durante mucho tiempo hasta hoy en que al releer un simple párrafo que pronunció K hace muchos años, lo he visto claro (¿Recuerdas lo de la fruta madura?). Y digo releer porque esas líneas las había leído en otras dos o tres ocasiones. No estaba preparado. Pequeñas tomas de conciencia (pequeñas observaciones, pequeñas reflexiones), me han ido preparando para el momento decisivo: El de la comprensión, el impregnarme de ella.

Hablaba K de la relación entre las personas, de nuestro “posicionamiento” individual frente al mundo que nos rodea (subjetividad frente a realidad; interrelación ego/ambiente externo), cuando apareció un párrafo al que en anterior lectura había subrayado pero que no me había dado la respuesta simplemente porque en aquellos momentos no la estaba buscando.
Cuando hablamos de “cambio en la inercia de la vida”, siempre pensamos en algo espectacular y tangible: Me casaré con ella, cambiaré de trabajo, me divorciaré, iré a otro lugar (huiré), la mataré porque es mía… El problema en la operación es que “vamos dentro”, en otras palabras, que el principal causante del conflicto no se queda atrás, sino que se va con el “cambio”. ¿Es posible desde esa dinámica torcer el destino? Esperamos llegar a un punto en que digamos: “Voy a dar un giro a mi vida. Haré esto y a partir de ese momento será diferente.” Eso no es posible. Cualquier cosa que se haga está condicionada por el pasado y la inercia te lleva hacia algo previsible, si se estudia la trayectoria. Simplemente hay que pararse en cualquier instante, ahora mismo por ejemplo, y mirar ese momento (dentro, fuera, todo el momento) lo más plenamente posible.
No hay que cambiar nada, no se tiene que buscar el “buen camino”, no sirven los cambios radicales (son perfectamente previsibles e inevitables)… lo único que vale es parar y ver, detener el mundo y observar plenamente. Decidir que no hay nada más importante que el momento presente, el ahora. La clave no está pues en el camino, no está en el progreso, no es la evolución; no se trata del crecimiento personal, ni la reflexión o racionalización, lo que importa es saber parar el mundo y mirar.
Lo que pasa es que nuestro concepto del tiempo está entre el pasado y el futuro debido a los parámetros de nuestra mente, por lo que el presente para nosotros casi no existe. Nuestro cerebro prácticamente siempre está enfrascado entre el pasado y el futuro, el presente se nos escapa entre estos dos conceptos. ¿No te ha pasado nunca ir en el coche, llegar media o una hora después, y preguntarte: “¿Ya he llegado? ¡Qué rápido ha sido!” ¿Qué quiere decir esto? Pues que hemos ido enfrascados en nuestros pensamientos (proyecciones de pasado y futuro) y conduciendo automáticamente. El momento presente se nos ha escapado. Hemos sido unos autómatas. ¿No nos estará pasando algo así en nuestra vida?
¿Cómo solucionar esto? Nos encontramos con reforma sobre reforma, con parche sobre parche. ¿Hay alguna posibilidad de pasar ahora, en estos momentos, a una “nueva situación” de verdad, sin el lastre del pasado ni la expectativa de futuro?
Uno no llega a como es ahora por casualidad; se ha venido gestando en el pasado. Pero es que ¿al presente se puede llegar de otra forma? Es inevitable que al presente nos lleve el pasado. Por lo tanto deberíamos considerar la posibilidad de que la clave no sea el camino (el pasado) sino el presente en el que se está. Mientras que en un caso estás ofuscado y te ves envuelto en la espiral de la que casi es imposible salir (no sabes que estás inmerso en ella), en otro eres consciente de ello en esos momentos y esto hace que se genere una nueva causalidad que te hace ver, que hace que seas consciente de las cosas, que no se vaya por la vida como un sonámbulo, reaccionando a base de impulsos egoístas, inconscientes. El proceso del camino es el mismo: Unas cosas llevan a otras.
La cuestión, pues, es el lugar en que te encuentras, no el “camino”, con sus mecanismos propios. Por una parte tenemos pequeños cambios que no cambian la esencia y por otra cambios cuya deriva lleva a otros estados. Tanto uno como otro (caminos) llevan a “más de lo mismo”; los dos tienen bucles de realimentación positiva, unos en un sentido y otros en otro (+/-). También existen bucles neutros.
Bueno, la verdad es que tal y como voy escribiendo mis sentimientos, mis sensaciones, comienzo a tener mis dudas. Han sido muchos años preguntándome y sin ver clara la salida. Es como si hubiera visto directamente la luz de una estrella y ahora tuviera que estar mirándola de reojo para entreverla. No quiero que se me escape. Voy a releer de nuevo el párrafo de K que me ha llevado a pensar que esa es la solución.
K dice que para descubrir, uno debe examinar lo que ocurre, ver lo que realmente “es”. No lo que nos gustaría que fuera, no lo que me dicen que es, no cambiando en base a un futuro proyectado, sino observando lo que en realidad ocurre ahora (está ocurriendo). Sólo en la observación del hecho (como es en realidad) existe la posibilidad de cambiarlo (pero de verdad, profundamente).
El hecho de vivir momento a momento, alerta, observando sin condicionantes (pasado y futuro), viendo plenamente, con la mirada limpia… ese es el verdadero cambio. El de verdad. No es espectacular. Uno navega en él y casi no se da cuenta, pero ese cambio se produce en el presente (lo que yo no acababa de comprender) e inevitablemente cambia el futuro.
Esto da energía. Cuando se ve la posibilidad, cuando uno ve el producto es cuando surge la energía necesaria desde el interior. Cuando se tiene la idea de que el cambio no es posible y aparece la resignación, entonces esa energía no aparece y se disipa.
Al observar vemos que cada uno vive confinado en su propio mundo con todo lo que eso conlleva. Y K habla de los amores interesados que no son el verdadero amor.
Resumiendo: El pasado no existe, aunque tiene su peso. Cuando aparezca simplemente hay que sentirlo, observarlo plenamente, sin actuar, sin concluir. El futuro tampoco existe; cuando nos sorprendamos proyectando, elucubrando sobre él, percibiremos plenamente lo que nos está ocurriendo, lo veremos. “A ver si va a ocurrir que no existe nada…”. No. Existe el presente. Si cuando se manifiesta el pasado lo vemos… este se diluye; si la observación quita peso al futuro cuando este se presenta… en el único momento que se puede “actuar” (comprender) es en el presente (lo único que existe). Si percibimos plenamente el presente, comprendemos. ¡Este es el cambio! Sólo se puede producir en el presente. Las cosas ya no serán igual desde ese momento, se habrá salido de la espiral. Ya nunca será lo mismo.
Caña a quien impide que la Humanidad despierte, sólo por intereses egoístas.