México no es un país de lectores. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha estimado en sus estudios sobre Hábitos de Lectura, que en nuestro país, sólo el 2% de su población está acostumbrada a leer, en contraste con países como Japón que cuenta con 91% de población lectora, Alemania con 67% o Corea del Sur con 65%. En este tenor, los mexicanos leemos 2.8 libros por año, lo cual ubica al país en el penúltimo lugar  mundial en lo referente a hábitos de lectura.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señaló en el estudio “Panorama de la Educación 2011” que entre 2003 y 2006 los resultados de lectura de los alumnos mexicanos registraron un leve incremento de 10 unidades (400 a 410 puntos) mientras que entre 2006 y 2009 aumentó en 15 unidades (410 a 425 puntos), pese a la leve mejoría, nuestro país continúa ocupando los últimos puestos; y en el estudio citado, se destaca que esto se debe a que los estudiantes poseen poca capacidad de análisis y comprensión de los textos que leen.


La UNESCO en el libro “La Promoción de la Lectura” establece que la lectura es uno de los medios más eficaces del desarrollo sistemático del lenguaje y la personalidad: “Influir en el lenguaje es influir en el hombre”. Aunado a ello, señala que esta actividad requiere una intensa actividad del cerebro, ya que durante el proceso de entrada, distinción, clasificación y almacenaje de datos, actúa un número casi infinito de células, que al combinar conceptos para formar oraciones y estructuras de lenguaje, genera un proceso cognitivo y lingüístico.

En ese contexto,  la Secretaría de Educación Pública (SEP) define a la lectura como “un proceso interactivo de comunicación en el que se establece una relación entre el texto y el lector, quien al procesarlo como lenguaje e interiorizarlo, construye su propio significado. (…) la lectura se constituye en un proceso constructivo al reconocerse que el significado no es una propiedad del texto, sino que el lector lo construye mediante un proceso de transacción flexible en el que conforme va leyendo, le va otorgando sentido particular al texto según sus conocimientos y experiencias en un determinado contexto”.

En nuestro país, con frecuencia se ha considerado a la lectura de libros como objetivo de  estudio y aprobación de exámenes, para así obtener un título y conformar un currículum que posibilite el éxito o el reconocimiento. Asimismo, se percibe a la lectura como algo instrumental y escolarizado; olvidando que ésta es un bien intangible que posibilita el desarrollo del espíritu crítico y la recreación del sentido a partir de las ideas y enseñanzas contenidas en los libros. Aunado a ello, es común asociar el valor de la lectura recreativa a una actividad propia de ociosos, soñadores e intelectuales.

La Encuesta Nacional de Lectura realizada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) en el año 2006, arrojó datos e indicadores relevantes que permiten una mejor comprensión del estado general del hábito de la lectura en nuestro país. El promedio de libros leídos en el año es de 2.9, con cifras superiores para los jóvenes de 18 a 22 años (4.2 libros), los mexicanos con formación superior (5.1 libros) y los de niveles socioeconómicos medio alto y alto (7.2 libros).

Sin embargo, poco más de la mitad de los mexicanos de 12 años y más (56.4%) reportó que lee libros; 30.4% reportó haberlos leído en algún momento de su vida, y 12.7% señalo nunca haber leído libros. Sólo el 30% declaró leer más –aunque la mitad señaló no recordar cual fue el último libro que leyó-, 13% dice jamás haber leído un libro y 40% dice leer menos ahora. Llama la atención que 40% de los encuestados dijo nunca haber estado en una librería. En lo referente a los distintos materiales de lectura, 56.4% de los entrevistados señaló leer libros, 42.0% periódicos, 39.9% revistas y 12.2% historietas.

A la pregunta ¿Cuál es su libro favorito?, el porcentaje más alto lo obtuvo la Biblia (4%), seguida de Juventud en éxtasis (1.6%), Don Quijote de la Mancha (1.4%), Cien años de soledad (1.2%), Cañitas (0.9%) y El Principito, Harry Potter, Volar sobre el pantano y Los hornos de Hitler (0.7%). En cuanto a autores, los más mencionados por los lectores fueron: Carlos Cuauhtémoc Sánchez (3.8%); Gabriel García Márquez (2.5%); Miguel de Cervantes Saavedra (1.4%); Octavio Paz y Carlos Trejo (0.6%).

Vale la pena señalar que por grupo de edad, los niveles más altos de lectura de libros se dan entre los jóvenes de 18 a 22 años, con 69.7%, y de 12 a 17 años, con 66.6%. Las diferencias asociadas a la escolaridad son muy pronunciadas, con porcentajes de 76.6% entre quienes tienen educación universitaria. Mientras que por niveles socioeconómicos, el porcentaje más alto se da en el nivel medio (79.2%), desciende ligeramente para la población de niveles socioeconómicos medio alto y alto (75.9%) y decrece conforme el nivel socioeconómico es más bajo.

La importancia de la lectura es tal, que la revista Scientific American en el artículo “Fiction hones social skills” de Keith Oakley, revela que: La lectura de cuentos puede afinar las habilidades sociales, ayudando a comprender mejor a otros seres humanos; Entrar en mundos imaginarios genera empatía y mejora la capacidad para asimilar los puntos de vista de los demás; Una historia romántica puede modificar la personalidad del lector, y en algunos casos, lo sensibiliza a nuevas experiencias y lo hace tener mayor conciencia social.

Si los ciudadanos debieran tener la obligación de acrecentar su imaginario cultural y literario, los políticos deben al menos conocer la historia del país, la Constitución Política, los grandes problemas nacionales y alternativas de solución. En el siglo XIX hubo una generación de políticos muy notables en el ámbito intelectual: Lucas Alamán, Matías Romero, José  María Luis Mora y Guillermo Prieto, entre otros. En ese contexto, en el escenario actual en el que se encuentra el país, se requieren cada vez más políticos con un perfil que responda a las necesidades de la presente sociedad mexicana.

Cabe mencionar que la citada revista Scientific American, publicó en su versión online un artículo titulado “10 Books that will sharpen your mind” en el que se comenta que leer buenas novelas mejora la interacción social, el manejo de emociones y la sensibilización ante otros seres humanos. Entre los libros recomendados se encuentran: Orgullo y Prejuicio de Jane Austen; Madame Bovary de Gustave Flaubert; Anna Karenina de Leon Tolstoi; y Desgracia de J. M. Coetzee, entre otros.

Por otra parte, Gabriel Zaid, señala que “los libros se pueden diseñar los instrumentos de navegación de una sociedad y la brújula que oriente el destino de los seres humanos” pero además,  resalta que “la democracia moderna es impensable sin la base cultural fundacional que aportan los libros y el uso racional de las palabras”.

En ese contexto, la Doctora María Cristina Rosas, señala entre las  principales consecuencias de la omisión de la lectura en la vida de las personas: las dificultades para la concentración -inclusive en el desarrollo de las tareas cotidianas-; baja retención de información; problemas de aprendizaje; una postura acrítica y pasiva; dificultades para tomar decisiones y elegir entre diversas opciones; limitaciones para la creatividad y la innovación; conformismo y aceptación del status quo.

Finalmente, es necesario destacar que la lectura es una actividad de producción de sentido, un ejercicio formativo, intelectual y espiritual, que incentiva el pensamiento, la autoafirmación y el disfrute. En ese tenor, la UNESCO, reconoce que el “derecho a leer” quiere decir también “derecho a desarrollar cada uno sus propias capacidades intelectuales y espirituales en general, además de derecho a aprender y a hacer progresos”.

[email protected]

Simón Vargas Aguilar

Analista en temas de Seguridad y Justicia