Publicado en la Revista Gurú PolÃtico del martes 3 de enero de 2012
Al revisar el panorama del año recién finalizado y las perspectivas que se abren en 2012, es importante considerar y evaluar las serias interrogantes que surgen de nuevo respecto a la viabilidad de la democracia representativa electoral multipartidaria.
No se trata, desde luego, de un problema teórico o académico, ni, mucho menos, de un asunto menor. Si la democracia no ha de funcionar adecuadamente en las naciones de América Latina, pese a que sin ser un sistema perfecto, es el mejor o el menos malo de los que el género humano ha podido diseñar para su convivencia en el respeto a la ley y a los derechos de los demás, el horizonte luce sombrÃo y borrascoso.
La prescindencia de la legalidad democrática y la amenaza de reactivación de las utopÃas radicales, intolerantes y destructoras del ultraizquierdismo –siempre de la mano del ultraderechismo, tan fascista el uno como el otro–, es una realidad ominosa al sur del rÃo Bravo. Un escenario similar puede anticiparse para México, no como única posibilidad, ciertamente, pero sà como algo mucho más grave que un mero ejercicio de imaginación.
La solidez institucional mexicana solÃa ser y parecer muy superior a la de una clara mayorÃa de las naciones latinoamericanas; y el proceso de ampliación y modernización de la vida democrática llegaba con raÃces profundas, ubicables por lo menos en el sexenio de Luis EcheverrÃa Ãlvarez; con un significativo impulso durante el mandato de José López Portillo.
Tuvo un tránsito lento, pero indudable, con Miguel de la Madrid y recibió un importante impulso durante el mandato del satanizado Carlos Salinas de Gortari, hasta que Ernesto Zedillo asumió de lleno la responsabilidad de desmontar la maquinaria del autoritarismo y del sistema de partido virtualmente único, que durante décadas osciló entre la respuesta idónea para la realidad del paÃs y el menor de los males.
El estancamiento provocado por Vicente Fox; la desordenada y torpemente anticipada carrera rumbo a la sucesión de 2006 –en la que incluso figuró su esposa –, fueron factores, junto a otros más, como el rezago económico, que dieron paso franco a la polÃtica adversarial extrema.
Las intentonas de golpes de mano y de la ganancia en el rÃo revuelto de la incertidumbre, fueron aprovechadas por los pescadores de la ingobernabilidad, hasta el desenlace de un proceso electoral caracterizado por la duda, la desconfianza, la resistencia de una parte de la sociedad, que permitió al panismo empoderado conservar el mando, sin la capacidad de ejercer el poder con visión de Estado, sensibilidad polÃtica y compromiso social.
Los mexicanos, como los latinoamericanos en general, abrazaron con fe de conversos una certeza infundada: que la democracia los conducirÃa a la prosperidad. Lamentablemente no ha sido asÃ: la democracia es una medicina fuerte, que tiene que ser dada al paciente en dosis adecuadas. Si le da demasiado, mata al paciente.
Pero el problema no estriba en la democracia per se, sino en el saqueo y la violación de los derechos ciudadanos que se escudan tras algunos procesos electorales en América Latina. Por ello se complica el panorama de interrogantes alrededor de la ampliación y la modernización democrática que México ha intentado consolidar desde hace ya varias décadas.
Las promesas tras el fenómeno del 2 de julio de 2000 fueron muchas y los resultados, pocos y nada convincentes, conforme se consuma la docena trágica del panismo empoderado; pues a partir de 2006, con Felipe Calderón, el deterioro nacional se agudizó aceleradamente, montado sobre la militarización de una seguridad cada vez más insegura.
El singular caso de México ha sido objeto del análisis de especialistas polÃticos nacionales y extranjeros, dadas las caracterÃsticas del sistema que durante más de 70 años existió en el paÃs. Siete décadas de un régimen autoritario por lo general benevolente –el ogro filantrópico de Octavio Paz–, al mando del PRI, establecieron en el paÃs una forma evolucionada y superior de lo que se ha denominado Restricted Democracy Practice, práctica democrática restringida.
Luego de más de 11 años, el instrumento de Fox para llegar al poder, convocar a un falaz voto útil y sacar al PRI de Los Pinos, el PAN, se ha desgastado y ha perdido prestigio y fuerza; el panorama luce desértico y desencantado ante la reacción poco convencida de los electores y las graves paradojas originadas por una cada vez más onerosa parálisis polÃtica.
El proceso electoral de medio sexenio, que debió constituir una nueva evidencia del buen funcionamiento del aparato democrático en México, se tradujo en la amenaza del desencanto de la democracia. La promesa de un nuevo paÃs tras el periodo autoritario, constituyó para no pocos el eje de construcción de una nueva democracia; y sin embargo, la mayorÃa de los actores y factores participantes se haya inmersa en un proceso de estancamiento
Sin embargo, una sociedad gravemente amedrentada por el desempleo, la pobreza, la inseguridad y la ineficiencia de los sistemas de seguridad, educativo y de salud, se niega a participar en la polÃtica del paÃs que alguna vez parecÃa poder satisfacer sus expectativas. Los mismos motivos que llevaron de manera dinámica y acelerada a la transformación del electorado en la década de 1990, son los que ahora dan origen a la inconformidad de quienes a partir de su voto, dieron el poder al panismo recargado.
Los asuntos pendientes en materia de seguridad, respeto a los derechos humanos, migración, corrupción, condiciones laborales, educación, salud y economÃa, aquejan cotidianamente a la sociedad mexicana, que prefiere responder al gobierno mediante un distanciamiento de la polÃtica.
A esto puede seguir, conforme a los ciclos debidamente documentados en la historia reciente, la opción del descreimiento en la vida institucional democrática, en la búsqueda de salidas no institucionales o no partidarias y, en última instancia, en la reivindicación del autoritarismo como única respuesta, pero exacerbado en la visión de la mano dura.
Las campañas de desprestigio se suman a la gran difusión que los partidos intentan hacer de las demandas sociales; sin embargo, lejos de que este tipo de publicidad favorezca a la competencia, el hartazgo de los votantes se hace cada vez más patente.
Sin lugar dudas, a esta odisea polÃtica por la que atraviesa México se le puede añadir la incompetencia, como rasgo del que alguna vez Gramsci denominó prÃncipe moderno, pero que hoy es incapaz de brindar representación, propuesta y acción inmediata y a largo plazo. Digamos que el prÃncipe panista no llega ni a bufón de la corte y su saldo nada tiene de lúdico y todo, absolutamente todo, de trágico.
Periodista y escritor. Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad del Valle de Atemajac, en Guadalajara, Jal. Ha sido reportero, jefe de sección, jefe de información, jefe de redacción, subdirector y director de diarios y revistas, asà como colaborador y conductor de programas en radio y televisión, guionista, productor y director de videodocumentales. Enviado especial y corresponsal de guerra en más de 30 paÃses. Editorialista de Excélsior. Presidente del
























