opinionEl conocimiento indispensable para la acción gubernamental es más bien modesto. No se trata de un profundo saber histórico, ni de un complejo discernimiento filosófico, ni de una actualizada técnica económica; sino, simplemente, de conocer lo fundamental para entender la textura de la circunstancia y adentrarse seriamente en los asuntos sobre los que el político se pronuncia y en los cuales debe ocuparse.
El político, pues, debe saber, por lo menos, dónde está y de qué habla. Pero eso precisamente es lo primero que ignoran muchos, destacadamente los gobernantes del panismo empoderado. No es el desconocimiento de las transformaciones geopolíticas de los tiempos recientes, sino la ignorancia sistémica, producto de la cerrazón conservadora
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Felipe Calderón, como es evidente, navega a oscuras. Y a oscuras está todo su gobierno. La ignorancia es impotencia en lo que a transformación se refiere; deviene en violencia, inseguridad, incluso salvajismo, cuando se aplica como herramienta de acción gubernamental.
Mucho se ha dicho acerca de las razones por las cuales el panismo empoderado no ha logrado producir reformas sustanciales, de fondo, duraderas. Los publicistas de Calderón, como anteriormente los de Vicente Fox, aventuran que la culpa es de los electores: los votantes repartieron el sufragio de tal manera, que hacen prácticamente imposible el acuerdo.
Otros defensores de la ineptitud presidencial panista, sugieren que la culpa la tienen las instituciones: imperan reglas hechas para otros tiempos, no sirven a la hora de gobernar democráticamente. No se detienen a observar que la improductividad está en el corazón del panismo empoderado: en el titular del Ejecutivo, el de ahora o el de un sexenio atrás.
En su ignorancia de lo elemental, en su incapacidad para ver más allá de su círculo íntimo, de sus obsesiones viscerales, de la realidad paralela que ha construido para salvaguardar su imagen. El drama es que ya estamos viviendo la docena trágica. La buena noticia es que este año termina.
México se encuentra, pues, inmerso en una severa crisis política que ha encendido inumerables focos amarillos y otros alarmantemente rojos en varios sectores. La división interna de los partidos políticos, incapaces de superar sus propias diferencias, pese a los maquillajes de unidad que intentan; la notable impericia de los negociadores del gobierno para llegar a acuerdos con los actores sociales y la ausencia de un mando que imponga orden en el grupo que gobierna, tienen sumido al país en un caos que comenzó como una bola de nieve y se convierte en avalancha.
La estrategia del PRI para lograr un apoyo más o menos cohesionado a Enrique Peña Nieto, debe interesar al país entero, porque sigue siendo el único partido con presencia nacional, porque sigue disponiendo de una maquinaria poderosa alimentada por militantes auténticos.

Más allá de las torpezas reales o inventadas en torno al exgobernador del Estado de México, subsisten poderosos cotos de poder que buscan imponer condiciones y acotar al inevitable candidato, en algunos casos con las mejores intenciones, en otros, para garantizar intereses y componendas.
Debe hacerse notar que la bien orquestada campaña de desprestigio contra Peña Nieto –quien no es superficial, ni es ignorante, ni carece de preparación–, aprovecha la proclividad de la sociedad mexicana a dejarse guiar por lugares comunes, acusaciones fáciles en cuanto escandalosas y estridentes y, en fin, la sospecha que se nutre de la leyenda negra contra el PRI.
Cierto, los gobiernos priístas cometieron errores, cayeron en comportamientos inexcusables y, en algunos casos criminales. Pero se olvida el saldo de la construcción del México moderno, de la existencia, durante décadas, de una permeabilidad social que ofrecía horizontes reales para el desarrollo con justicia y equidad.
En el PRD, la candidatura de Andrés Manuel López Obrador parece decidida de manera tersa; y sus apologistas y leales seguidores, muchos de ellos fanáticos, intransigentes e intolerantes, proclaman a los cuatro vientos el paraíso por venir, mientras su presidente legítimo (¿en pos de la relección?) reparte anticipadamente nombramientos y prebendas.
Falta que se decante la oposición interna. Las tribus perredistas no están de acuerdo, no han fumado la pipa de la paz: no las pierdan de vista. Y dentro del perredismo hay, por supuesto, personas sensatas, responsables, con sentido social auténtico y una visión de Estado incipiente, mas no por ello menos reconocible. Al tiempo.
En el PAN, la ausencia notable de liderazgo –ni Calderón ni el lamentable Gustavo Madero lo ejercen– ha colocado al partido como laboratorio de ensayo de una ruptura interna de grandes proporciones. Hasta Ernesto Cordero, delfín del calderonismo, protesta por las maniobras tras bambalinas y el juego sucio en múltiples pistas.
Muchos de los altos mandos panistas están conscientes de que su partido se encamina hacia la derrota en julio; por ello, buscan aprovechar la maquinaria gubernamental para descarrilar el imparable convoy priísta. No dudo que haya exgobernantes procedentes del PRI que deban ser llamados a cuentas; pero hacerlo ahora, en vísperas electorales y a granel, tiene un inocultable tufo sectario que debiera alarmar a la sociedad.
En términos generales, el tiempo parece haberle dado la razón a Lino Korrodi, el olvidado fundador y líder de los Amigos de Fox, cuando sentenció que el PAN es un partido autista o dirigido por autistas, encerrados en su propio mundo.
Por lo que corresponde al gobierno, el escenario no es mejor. Todo este conjunto de desacuerdos, intereses cruzados, intrigas palaciegas, afecta severamente la marcha del país. Lo peor de todo es que siguen ausentes las propuestas de fondo, los planteamientos sustanciales que invoquen y promuevan la diferencia. El cambio en 2012 debe servir al país, a los mexicanos, no como el de 2000.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.