asesino

La semana pasada empezó el juicio contra el terrorista noruego que cambió a mi país el pasado 22 de julio. Anders Bering Breivik mató a 77 personas en dos atentados, primero con una bomba contra las oficinas del primer ministro (que se encontraban casi vacías), y luego en la isla Utøya donde mató a sangre fría, cara a cara, a 69 jóvenes (varios menores de edad) que atendían una reunión de la sección de jóvenes del partido laborista del primer ministro. ¿Su explicación? El Estado noruego y particularmente el partido laborista son un peligro contra la existencia de la raza aria, al permitir una invasión musulmana en Europa y Noruega. Está orgulloso de ser el artífice del acto más violento a nivel mundial cometidos por una sola persona en tiempos de paz, y su único arrepentimiento es no haber matado a más personas.
Increíblemente para la gran mayoría, el terrorista tiene sus admiradores y seguidores. Para nosotros, sus actos son tan horrendos que no podemos imaginar sus pensamientos. No podemos ponernos en su lugar; es imposible imaginarse disfrutando de disparar a docenas de jóvenes inocentes y al final reírse de todo. Es imposible, pensamos, para una mente sana planear durante años un ataque de esta dimensión. Pero Breivik insiste en que no está loco, que es responsable de sus acciones y puede ser juzgado por lo que hizo. Breivik insiste en que los ataques fueron planeados como un ejército planea atacar al enemigo. Para él, los jóvenes no eran inocentes, eran el enemigo que amenaza al futuro de su país. El terrorista quiere la pena máxima y ser juzgado. Le emocionaba el juicio, porque lo que quiere, más que todo, es contar su historia y concienciar a los europeos de la gran amenaza y el enemigo que está presente.

En Noruega, la pena máxima para cualquier criminal es de 21 años, y si la corte establece que el juzgado tiene o tenía enfermedades psicológicas que limitan su uso de la razón, se quedará en un hospital en vez de ir a prisión. Muchos han comentado que 21 años no está cerca de ser la justicia que merece; menos si tomamos en cuenta las buenas condiciones de las cárceles noruegos. Aunque podría pasar el resto de su vida en un hospital, a muchos no les parece un castigo suficiente. Nadie quiere enfrentarse con Breivik en la calle en unos años, cuando la generación afectada de sus acciones apenas tendrá unos 40 años. Se podría argumentar que la ley noruega, tanto como la sociedad, no se había imaginado que podría pasar algo así.
Sin embargo, lo que hemos visto en los nueve meses que han pasado desde los ataques, es una reivindicación de algunos valores muy importantes: decidimos que la civilidad y el estado de derecho es más importante que la venganza. El amor vencerá al odio, y por eso reconocemos los derechos de Breivik y lo juzgamos estrictamente siguiendo la ley. La ley tiene la posibilidad, además, de la extensión de su encarcelación cada cinco años si se considera que el reo es un peligro para sí mismo o lo sociedad. Es poco probable que Breivik salga de la cárcel. A pesar de eso, es más importante enfocarnos en nuestra humanidad que en sus acciones inhumanas.
¿Breivik está loco, o sólo tiene pensamientos y una ideología que no podemos aceptar? Fácilmente podemos pensar que está loco porque sus acciones no se pueden justificar. Pero tenemos que considerar la posibilidad de que haya más personas como él y que en su concepción del mundo, sus acciones son perfectamente razonables. Lo mejor que puede hacer la sociedad al enfrentar estos casos difíciles, es enseñarle al terrorista –y al mundo– que no nos jugamos su juego, que estamos juntos contra este tipo de atrocidades, y que el amor hacía la sociedad que hemos construido y los valores de derechos inalienables son más fuertes que el odio de un sólo hombre.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.