En la película “Atrapado sin salida” R.P. McMurphy ha cometido estupro y por ello se ve ante la opción de entrar a la cárcel o fingir demencia para ser recluido en un hospital psiquiátrico; ésta es parte de la trama en la que Jack Nicholson da vida a ese personaje que termina siendo tratado como un verdadero deteriorado mental sin estarlo realmente.
La película transcurre dentro de un hospital psiquiátrico. Pero se tiene la idea de que lo mismo pasa fuera de ellos: una vez que sabes que alguien es esquizofrénico lo tratas como tal. Por eso dicen que las etiquetas psiquiátricas son estigmatizantes, ya que nos sesgan para comportarnos ante los enfermos mentales de manera que los dañamos. ¿Pero es cierto?
EL EXPERIMENTO DE ROSENHAN
Todo comenzó por ahí de 1973 cuando David Rosenhan publicó uno de los más famosos artículos de la historia de la psicología llamado “On being sane in insane places”. En ese texto se describe cómo ocho colaboradores, incluyendo al mismo Rosenhan, todos ellos sanos fingieron demencia para ser internados en 12 hospitales psiquiátricos (exhibieron ansiedad y alucinaciones auditivas); 11 de ellos fueron etiquetados como esquizofrénicos y uno como maniaco depresivo.
Una vez admitidos, dejaron de fingir sus síntomas y actuaron normalmente para ver si los médicos del hospital podían detectar que no estaban locos. De las cosas que más sorpresa causaron es que, en promedio, se les retuvo por 19 días, hasta que se les aprobó su salida, poniendo en su expediente que su enfermedad estaba en remisión. Los pseudopacientes observaron abuso y negligencia hacia los otros internos por parte de los cuidadores del hospital y lo atribuyeron a la etiqueta psiquiátrica; de ahí nació la idea de que los diagnósticos psiquiátricos son malos.
QUIENES CREEN EN ESO HOY
En la actualidad, hay multitud de fuentes de información que declaran que las etiquetas diagnósticas son perjudiciales. Tenemos por ejemplo, el sitio de Internet llamado “No More Psychiatric Labels” (http://www.causes.com/causes/615071-no-more-psychiatric-labels/about) que nos dice cinco cosas: los diagnósticos psiquiátricos no son válidos, incrementan el estigma, no ayudan a las decisiones médicas, ha empeorado el pronóstico de las enfermedades mentales y se imponen las creencias occidentales acerca de las enfermedades mentales a otras culturas. El estudio de Rosenhan es aun hoy en día uno de los más citados y utilizados dentro de la psicología. Es parte de varios libros de texto, como el de Ronald Comer de Psicología Anormal; se le cita cómo uno de los más grandes experimentos de la psicología del siglo XX y en una serie de audioseries conducidas por Daniel Robinson, se afirma que el estudio de Rosenhan demostró que una vez que a uno le ponen una etiqueta, nos la vamos a quedar por siempre.
LAS CRÍTICAS
Un experimento de este tipo es muy llamativo y fue objeto de especial atención por los medios masivos de comunicación (pueden ver en YouTube varias entrevistas que se le hicieron a Rosenhan); pero también llamó la atención de los académicos.
En general se le criticó que utilizó una metodología defectuosa, ignoró datos relevantes y llegó a conclusiones apresuradas. Quien más críticas le realizó fue Robert L. Spitzer en ese entonces parte del Departamento de Higiene Mental de Nueva York, uno de los creadores del DSM (manual para poner etiquetas psiquiátricas) y de los más influyentes psicólogos del siglo XX.
Sus críticas fueron devastadoras: cuando los psiquiatras dieron de alta a los pseudopacientes dijeron que estaban en remisión, lo cual significa que no presentaban más los síntomas por los cuales entraron al hospital.
Argumentaba que si alguien se toma un cuarto de litro de sangre y va a un servicio de emergencias de un hospital vomitando sangre, es esperable que quienes atienden a los pacientes se comporten como si tuvieran a alguien con una úlcera gástrica, pero eso no quiere decir que no sepan detectar un sangrado por úlcera.
Además, Spitzer le pidió a Rosenhal que le diera acceso a sus datos para verificar sus conclusiones, pero jamás se los dio; desde entonces, otros investigadores le han pedido que les dé copias de sus grabaciones de los hospitales y nunca se los ha entregado.
Puesto que la investigación de Rosenhal había levantado tanto polvo sobre este problema y jamás dejó que se hiciera una revisión independiente, se creyó oportuno realizar investigaciones, pero que ahora sí estuvieran más controladas y abiertas al escrutinio de los científicos.
En una de ellas, se utilizó un reporte escrito de un paciente que podía tener la etiqueta psiquiátrica (desorden bipolar), o bien una descripción conductual (periodos alternados de depresión y grandiosidad), ambos, o ninguno; variando las etiquetas y las descripciones conductuales, los investigadores pudieron determinar cómo estos factores influyen en los juicios que las personas tienen acerca de la enfermedad mental. Su conclusión es que el rechazo que se hacía de los trastornados mentales se debe más a su conducta aberrante que a la etiqueta que se les ha aplicado (Lehman y cols., 1976); esta conclusión ha sido corroborada en estudios posteriores.
Más aun, diversas investigaciones, han encontrado que las etiquetas en vez de estorbar pueden ayudar. A unos niños se les etiquetó con déficit de atención y sus escritos fueron calificados más positivamente que los niños normales; niños catalogados como deficientes mentales los calificaron más favorablemente; o bien, hizo que los maestros adoptaran una posición más favorable hacía niños diagnosticados con desórdenes del lenguaje.
Por último, podríamos argumentar que los diagnósticos son confidenciales, por lo tanto, si nadie sabe del diagnóstico no puedes ser estigmatizado; a menos que no te importe el diagnóstico y se lo cuentes a todo el mundo, por lo tanto, tampoco la etiqueta te va a causar problemas.
La película de “atrapado sin salida” termina con un final un tanto deprimente porque al protagonista le realizan una lobotomía como una manera de controlarlo; la película me gusta, pero desde el primer momento que la vi no dejé de sentirme que le estaban exagerando. A final de cuentas, todos tenemos un poco de poeta y loco.
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* Departamento de Neurociencias, Universidad de Guadalajara.

























