Actualmente educar es formar individuos con una conciencia cívica y una actitud ciudadana. La educación tiene un objetivo específico: la creación de sujetos capaces de participar, crítica, reflexiva y dinámicamente, en la construcción de sociedades democráticas y justas, plurales, tolerantes y solidarias.
Educación y democracia son dos valores de indisoluble nexo. Por lo que es impostergable reflexionar en torno al significado de la democracia en el marco de la política educativa, su problemática y retos fundamentales.
Por supuesto pensamos en una democracia más allá del régimen político y jurídico, rebasando incluso la concepción de una acción democrática que se agota en la jornada electoral. Tampoco es la idea de política limitada a la actividad partidista en la lucha por el poder.
Se trata aquí de la concepción constitucional precisada en el artículo tercero: como la constante mejora económica, social y cultural de la sociedad en su conjunto. En tanto que en el terreno educativo, se concibe como la organización práctica concreta de los sujetos democráticos.
Pensar en el papel de la educación en la construcción de la democracia implica contextualizar a la sociedad contemporánea, sus relaciones de poder económico, el control político e ideológico; la lucha despiadada por los mercados y ganancias, el aumento de la productividad, el enriquecimiento absurdo para unos cuantos y la irracionalidad técnico-instrumental. Caracterizar nuestra sociedad es reconocer el desempleo y sus consecuencias, la frustración, exclusión, desvalorización, deshumanización, violencia, angustia y excesos (miseria, riqueza, placer).
La educación actual representa una contradicción: educar como instrumento de control político e ideológico o en un proceso constructivo de conciencias cultas y críticas; también enfrenta un reto: democratizar a la educación y a la sociedad Lo que significa igualdad de oportunidades de acceso a la cultura y al progreso, a partir de la formación de una conciencia y de una actitud de ciudadanía.
Educar para la vida democrática tiene evidentes implicaciones éticas, así como un humanismo incluyente, una cultura de respeto a los derechos humanos y un pluralismo político, cultural e ideológico…
Para lograr la democracia como convivencia habitual y cotidiana se requiere: diálogo, comunicación, reflexión, comprensión y, sobre todo, participación. La democracia es un ideal de progreso material constante, lo que implica necesariamente la igualdad social sin menoscabo de la libertad individual.
Sin embargo la vida cotidiana lo que muestra es violencia, indiferencia, desprecio, exclusión, impunidad, corrupción, ineptitud e imposición arbitraria, entre otros aspectos que se sintetizan en: antidemocracia.
La democracia es el ejercicio responsable, libre y autónomo de la ciudadanía, caracterizada ésta como el pleno ejercicio del derecho, pero también el cumplimiento de las obligaciones y, sobre todo, la capacidad de demandar el cumplimiento de obligaciones, programas, metas, etc. de los gobernantes, dirigentes, líderes y burócratas, como la esencial forma de ejercicio cívico, a partir de una conciencia ciudadana formada, entre otros factores, por la educación.
La educación ha desempeñado un papel central en la construcción y ejercicio de la democracia, así como en procesos de concientización para la apropiación de espacios democráticos.
La democracia es el proceso de mantener vigente y llevar a la práctica la aplicación de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones de los ciudadanos, a través de la lucha por la apropiación, construcción y resignificación de proyectos colectivos alternativos.
Históricamente la demanda democrática se remonta a la Revolución Francesa, de la mano de la ilustración, es decir, de la educación y la cultura. En México la sociedad prehispánica y sobre todo la colonial fueron particularmente antidemocráticas; la conquista significó una brutal imposición y su régimen consecuente fue la negación de la calidad de humano para el conquistado, por lo tanto es también la nulidad de derechos de participación democrática. La lucha por la independencia fue también el reclamo de espacios políticos. A lo largo del siglo XIX se enfrentaron las ideologías: liberales, federalistas y republicanas contra las conservadoras, monárquicas y centralistas, con escasa participación popular como no sea la de las armas; la consolidación de la República se tradujo con el porfirismo en miseria para el pueblo y nula participación democrática lo que, a su vez; derivó en el movimiento armado de 1910-17.
La institucionalidad de la Revolución significó una especie de democracia dirigida, un presidencialismo y un sistema político unipartidista controlado sectorialmente, lo que redujo la participación ciudadana a sus límites mínimos, a lo largo del siglo XX, en cuya segunda mitad ocurrieron eventos, en el plano internacional, que hicieron patente la necesidad de democracia: la revolución cubana, la expansión y posterior derrumbe del socialismo real, los movimientos estudiantiles del 68, etc… En México tres años fueron esenciales: 1985, 1988 y 1994: el sismo que sacudió y provocó la movilización ciudadana, la primera derrota del sistema político, y el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, respectivamente.
La modernidad significa subjetivación, la persona se reconoce como sujeto, frente a otros sujetos, sin jerarquías y sin posiciones sociales, políticas y culturales. Se trata de una toma de conciencia, de un darse cuenta, de la adquisición de una conciencia clara de haber estado viviendo como súbditos subordinados, frente a un régimen autoritario, corrupto y antidemocrático. México ha sido país de presos políticos, tortura, racismo y discriminación, en un contexto de desigualdad persistente, de distinción sectaria entre los que mandan y los que obedecen, los que tienen para derrochar en ostentosos lujos y los que sobreviven con lo estrictamente indispensable.
Para el poderoso es la negación del carácter humano del otro, mientras que para los desposeídos se trata de la aceptación natural de la subordinación. Para unos pocos el disfrute de todos los derechos, sobre todo el del progreso; para muchos: obligaciones, trabajo y marginación. Estos son los marginados, delincuentes, locos y nacos.
La democracia se construye, es decir, se forma, se con-forma y se transforma. Es por lo tanto un proceso pedagógico, educativo, inscrito en la posibilidad de ejercer el pensamiento y la praxis política, para constituirse como ciudadano y como sujeto de Derecho.
La democracia –y por lo tanto la educación—es la lucha por espacios democráticos, sociales, campos dinámicos de tensiones, de avances y retrocesos, en el ejercicio de una democracia efectiva.
En esa necesidad de abrir y organizar espacios de participación democrática, el saber se ve también involucrado en la disputa por la democracia. Por lo tanto la educación es un campo de lucha ideológica, entre fuerzas favorables o contrarias a la democracia.
Se hace necesario, en consecuencia, un trabajo político-cultural de creación de alternativas contrahegemónicas, en el sistema escolar (de la organización curricular a la gestión educativa) y en la organización de la sociedad civil.
La democracia es construcción social, a partir de constituirse como sujeto de Derecho, en un proceso de subjetivación, es decir, un reconocimiento de las propias necesidades y del derecho a satisfacerlas, pero también de un reconocimiento de la persona como sujeto frente a otros sujetos de Derecho.
Los principios básicos de la democracia son la libertad, igualdad, participación y solidaridad. Pero no en el discurso, en la praxis. Los valores de la democracia son: la tolerancia, la responsabilidad en la formación del ciudadano, la participación en la civilidad, el respeto a la diversidad y la inclusión de las minorías en los proyectos nacionales.
La formación de docentes significa una lucha contra las fuerzas neoconservadoras, cuya tarea de éstas es inhibir la participación democrática y fomentar actitudes simuladoras de democracia.
Hablar de democracia –o mejor, de democracias—es referirse a expresiones de prácticas concretas de poder, normas institucionales, formas de organización, doctrinas e intereses grupales e individuales. Estos son algunos de los contenidos de la democracia, que cambia por supuesto en los diversos contextos específicos.
Practicar la democracia significa aprehender, tener conciencia de derechos y responsabilidades, facultades y obligaciones, implica la libertad de ser distinto, el respeto a las divergencias, creación de consensos y, particularmente, participación. Pero es también lucha constante contra las prácticas demagógica de representación y participación sin mayoría, sin consenso. En educación es estar en contra del oscurantismo burocrático y sus principios: fe y certidumbre, adiestramiento, competencia, excelencia, calidad empresarial y evaluación de resultados cuantificables.
El trabajo educativo, sobre todo en la formación de docentes, es cooperación, comprensión y producción colectiva de conocimiento, implica reflexión analítica, crítica; es participación activa en la polémica de la democracia.
La democracia no se enseña, se adquiere por contagio. No se agota en la participación política, es por disposición constitucional: el sistema de vida fundado en el constante mejoramiento de la vida económica, social y cultural del pueblo.
























