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Hoy, Rosario, Espino, Arce, Cirigo, Fox, Alberto Begne, Lía Limón, y muchos otros que pasan desapercibidos por su poca importancia o por su nula presencia, dejan a un lado (tal vez con la excepción de Chente, que sigue siendo el mismo folklórico payaso) viejas formas de pensar, de actuar, tirando por la borda su respetabilidad y principios ganados cuando militaban en sus diferentes frentes ideológicos en los que afirmaban, verdaderamente creían, pero por su conducta a, sólo simulaban para rescatar o pescar ambiciones políticas o tal vez, si les damos crédito, por sólo su desesperanza en el porvenir.

En el ayer no tan lejano eran pilares de principios, de coraje, de anhelos compartidos; veíamos, por ejemplo, en las Rosarios, rosario de virtudes que podían haberlas conducido a otros niveles más altos, pero desgraciadamente una de éstas se enamoró y terminó ahumándose, hasta casi desintegrarse de sus antes aliados políticos. Muchos allegados a R. Robles derramaron lágrimas de tristeza por ver a su amiga en conflictos inesperados que parece terminaron con ese su espíritu de lucha que tenía en aquellos a días de lideresa universitaria que representaba al Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México.No hace muchos meses que veíamos todavía a un quijotesco Manuel Espino, golpeando el yunque con su martillo ideológico para forja su arma y ya, lanza en ristre, irse con todo vigor contra el desgastado, pero aun poderoso, Calderón, que lo había corrido de Acción Nacional. Denodado, golpe a golpe, iba a la ofensiva en contra de su partido y no se rajaba. Lo veíamos decidido a recuperar sus derechos, por lo que regresaba puñetazos periodísticos por la agresión contundente que recibía de sus antes compañeros de los que había sido “su presidente”.


No han sido los únicos que han abandonado la trinchera de muchos años para pasarse a las filas del candidato presidencial por el PRI. Hay entre éstos, viejos luchadores en la montaña guerrerense, quienes también hoy abaten sus armas al antes odiado enemigo y ahora aliado.

En el grupo de diferente ideología que pide aliarse, como en los botes de tamales, los hay de dulce, de chile y de manteca y algunos sin sal ni sabor, presentan un plan a Peña Nieto, curiosamente denominado “Concertación Mexicana”; es decir, proponen un tratado para acordar y coordinar estrategias para que las cosas salgan de tal manera que se logre un resultado para el buen efecto del conjunto. Firman un plan entre varios para ir en contra de “uno” que antes fue su aliado y más que aliado, cabeza de grupo, argumentando que lo que buscan es un “estadista” y como si tuvieran una varita mágica que los guiara, encontraron en…. ¡Enrique Peña Nieto al estadista que no existe en México!

¡Nadie ajeno a este grupo que tenga un sentido regular de las cosas se traga esa patraña. Esa reunión pues, entre personajes de diferente ideología que busca ir contra un tercero seguramente que no lo hacen gratuitamente, pues en forma normal, ante un cambio así de filosofía, tan repentino en quienes habían practicado durante muchos lo contrario, lo hacen por conveniencia particular. Ese tipo de acuerdos son actos de traición a pensamientos propios y los conocemos porque no son los primeros ni los últimos.

Desde luego que no será la última de las acciones traidoras que se cometan en contra de los principios y recordemos para terminar estas Repercusiones, que en el incipiente México, Vicente Guerrero, que había destrozado las fuerzas de Iturbide, éste, llamado Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburú, acude y convence a Guerrero de hacer un acuerdo como el que hoy nos ocupa.

Guerrero escribía a Iturbide: “Si en éstas ,como usted dice, reinan las ideas liberales que conceden a los hombres todos sus derechos, nada le cuesta en ese caso el dejarnos a nosotros el uso libre de todos los que nos pertenece, así como nos lo usurparon durante tres siglos. Si generosamente nos dejan emancipar, entonces diremos que es un gobierno benigno y liberal pero si como espero, sucede lo contrario, tenemos valor para conseguirlo cn la espada en la mano”.

En 1829, Vicente Guerrero fue nombrado presidente constitucional pero, destituido a los pocos meses, sufre una traición y es fue fusilado en Cuilapan.